Nellie Campobello (1900-1986)

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Para muchos estudiosos, Cartucho de Nellie Campobello, es un antecedente directo de Juan Rulfo en Pedro Páramo. Sus frases, elípticas, de trato constante con el silencio, a veces casi imposiblemente breves, con metáforas súbitas donde la naturaleza humana deja de oponerse a la naturaleza. También la fragmentación de la historia es una de sus características. A cambio de describir las batallas o episodios extensos de los guerreros, Nellie, delinea los momentos más intensos, el anonimato popular y la transparencia literaria a manera de “tarjetas”. Parecería que a principios del siglo pasado Campobello era consciente de lo que ahora llamamos minificción y fractalidad, y no sólo de su esencia.

María Francisca Moya Luna (su verdadero nombre) nació con el siglo en Villa Ocampo, Durango; tras vivir en Parral y Chihuahua se muda a la Ciudad de México en 1923. Estudia Danza. Publica su primer libro de poemas y conoce a Martín Luis Guzmán con quien posteriormente tendría una intensa relación sentimental. En 1930 en la Habana conoce a Federico García Lorca; desde esa época es maestra de ballet en la escuela Nacional de Danza y aparece la primera edición de Cartucho. En l983 se presenta por última vez en público. Sus últimos años de vida acontecen entre nubarrones dignos de una serie policial al ser aparentemente secuestrada por las personas que la asistían, y que la mantienen oculta en Progreso de Obregón, Hidalgo, hasta su muerte, ocurrida también sin datos precisos.

Cuatro soldados sin 30-30

Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales. Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un “yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro de La Iguana”. Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de un muerto.

Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.

“Traen un muerto ―dijeron―, el único que hubo en el cerro de La Iguana”. En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.

Las sandías

Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, los dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenía sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa les gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.

La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.

El cigarro de Samuel

Samuel Tamayo le tenía vergüenza a la gente. No lo hacían comer delante de nadie. Cuando hablaba, se ponía encendido, bajaba los ojos y se miraba los pies y las manos. No hablaba. Cuenta Betita que siempre se iba a comer a la cocina. El general Villa no lograba hacer que se le quitara la timidez. “Entre hombres no es así ―le decía el general a Betita―; si lo vieras, hijita, pelea como un verdadero soldado. Yo quiero tanto a Samuel; cuando andábamos en la sierra, cuando cruzamos Mapimí, muertos de hambre y de sed, este muchacho, hijita, tan vergonzoso como tú lo miras, venía y me daba pedacitos de tortilla dura que me guardaba en los tientos de su silla. Me cuidaba como si fuera yo su padre. Mucho quiero a Samuel. Por eso te lo encargo.”

Un día Samuel, aquel muchacho tímido, se quedó dormido dentro de un automóvil; Villa y Trillo también se quedaron allí, dormidos para siempre. Cosidos a balazos. Samuel iba en el asiento de atrás, ni siquiera cambió de postura. El rifle entre las piernas, el cigarro en la mano, sólo ladeó la cabeza.

Yo creo que a él le dio mucho gusto morir, ya no volvería a tener vergüenza. No sufriría más frente a la gente. Abrazó las balas y las retuvo. Así lo hubiera hecho con una novia. El cigarro siguió encendido entre sus dedos vacíos de vida.

Publicado por Alfonso Pedraza 

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