Obreros jodiendo en la facultad

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Los obreros reciben órdenes. Los obreros no saben que son clase obrera. Es como si un pulpo supiera que es un molusco cefalópodo: eso lo sabe el zoólogo, no el pulpo. Los obreros tienen que quitar el cajero automático, empotrado en la pared de la fachada, y cambiarlo por otro más moderno, más seguro, mejor anclado al suelo. Para retirar el antiguo trasto -bastante más feo que un piano- los obreros usan un martillo pneumático. La pared es de hormigón, con hierros de encofrado que tienen que cortarse con una radial. El cajero está en el edificio de la universidad. No llevan cinco minutos con ese arma de demolición sonora cuando llega un administrativo de la facultad: una profesora se queja. Deben parar inmediatamente. El ruido molesta, así no se puede dar clase. No sólo es el ruido, son las vibraciones. Así no se puede comentar la égloga de Garcilaso, el poeta muerto de una pedrada. ¿Qué van a hacer los obreros? Dejar la máquina infernal, esperar a que termine la actividad docente, pasadas las ocho de la tarde. Volverán a esa hora, para continuar la demolición y el trabajo que queda pendiente. No terminarán antes de las doce de la noche. Por ruidosos. Por brutos. Por tener las manos gruesas y ásperas.
       Y tú, que no eres ni obrero ni profesor universitario, ¿de quién estás más cerca? De los obreros. Quizá eres ese obrero que lee y hace preguntas en el poema de Brecht. Hofmannsthal dice: “algunos, es obvio, tienen que morir abajo, donde los pesados remos de las naves rozan. Otros habitan junto al timón arriba, conocen el vuelo de las aves y las regiones de las estrellas”
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