El exhibicionismo de la felicidad

La tregua de la Navidad multiplica el estrés de la dicha y dilata los límites de la hipocresía

Una imagen de la competición de saltos navideña de Barcelona, en la mañana del 25 de diciembre.Una imagen de la competición de saltos navideña de Barcelona, en la mañana del 25 de diciembre. JOSEP LAGO AFP

 

La felicidad se ha convertido en una religión cuyo dogmatismo no hace otra cosa que malograrla. Más todavía cuando la redundancia de la felicidad navideña impone sus rituales de ficción. Ninguno tan grande como el nacimiento de Dios hecho niño. Ni tan obligatorio como la concordia familiar o la hipocresía que fomenta la amistad de los compañeros de trabajo.

Suelen premiarlos los patrones con el amaño de una cena dadivosa. Y acostumbran a precipitarse los efectos contrarios a los urdidos, sobre todo porque el alcohol es el suero de la verdad que frustra la pretensión de la bonhomía y de la concordia. Especialmente cuando la agenda de la actualidad introduce argumentos incendiarios. Llámese el procés. Llámese el baño del Barça al Madrid en la fiesta infantil del mundialito.

Felipe VI hizo el esfuerzo de invitarnos a enterrar el garrote unas horas. Su discurso parecía haberlo escrito el papa Francisco. Y fue un error tutear a los españoles. No ya porque hacerlo contradice la liturgia que emana de un antiguo poder sobrenatural, sino porque convierte al Monarca en un colega.

Amaos los unos a los otros, venía de decirnos Felipe VI, pero la recomendación cristiana que ya había proclamado Junqueras en el cautiverio de Estremera difícilmente puede sobreponerse a la crispación de los hogares, al derecho de injerencia del cuñado, a la guerra fría de la familia política —la guerra caliente se declara siempre en la familiar biológica— y a los propios límites de la felicidad navideña. Tantas veces nos la deseamos que parecemos dudar de ella.

Podríamos decirnos “te acompaño en el sentimiento”, una fórmula acaso más funeraria pero menos pretenciosa. Serviría para contener los comportamientos infantiles. No de los niños, que niños son, sino de los adultos. Que se ponen cuernos de reno voluntariamente. Y que entonan villancicos voluntariamente también, acaso con la picaresca de las versiones blasfemas.

No es nueva la tregua de la Navidad. El amor es el odio en estado de reposo, pero la novedad de las redes sociales ha convertido la divulgación y la propaganda de la propia felicidad en una obsesión estresante, en una nueva frontera de exhibición y en una patología social. Más que ser felices, necesitamos parecerlo. Y amontonar pruebas documentales de nuestra dicha en Instagram, en Facebook o en los fatídicos grupos de WhatsApp. Perseguimos ser aceptados. Necesitamos que nuestros amigos y allegados celebren el autoengaño del éxtasis.

Pascal Bruckner, autor de un ensayo sobre La euforia perpetua, habla de la felicidad como la penitencia invisible. No porque reivindique la aspiración de una vida desgraciada y triste en el camino expiatorio del masoquismo, sino porque el objetivo de llegar a ella en ausencia de dolor y de sufrimiento no hace otra cosa que alejarla y someterla al placebo del hedonismo, sin otra compañía que la zambomba y la botella de anís.

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