Lo terrible de estos crímenes

La dificultad de combatir la violencia machista estriba en que en ella no hay conspiración ni proselitismo: cada sádico toma su decisión a solas

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Lo cierto es que cada crimen machista va por su cuenta, con su historia particular detrás. Cada asesino asesina sin confabularse con otros (salvo en casos tan irresueltos como los de Ciudad Juárez, donde sí pareció haber conjura), ninguno necesita el aliento, el beneplácito ni la propaganda de sus congéneres. Contra eso es muy difícil luchar. ¿Endurecer las penas? Desde luego, pero no es algo que importe a los asesinos de sus parejas o exparejas, los cuales se suicidan con frecuencia —o más bien lo intentan— después de cometido su crimen (uno se pregunta por qué diablos no lo hacen antes). ¿Educar desde la infancia? Sin duda, pero no parece que eso dé mucho resultado: un alto porcentaje de adolescentes españoles ve hoy “normal” el control de sus “chicas” y hasta cierta dosis de violencia hacia ellas. Es deprimente, y da la impresión de que, lejos de mejorar las mentalidades, las vamos empeorando. No sé, cuando yo era niño, nos pegábamos de vez en cuando en el patio o a la salida del colegio. Las niñas, rarísimamente, y no pasaban de tirarse del pelo, poco más. Conocíamos, sin embargo, una serie de normas inviolables: era inadmisible pegarse con un compañero de menor tamaño o edad; también ir dos contra uno (“mierda para cada uno”, era la frase infantil); y, sobre todo, a una chica no se le pegaba jamás, en ninguna circunstancia. Eso se consideraba una absoluta cobardía, algo ruin, algo vil. El que lo hacía quedaba manchado para siempre, por mucho perdón que pidiese luego. Pasaba a ser un apestado, un individuo despreciable, un desterrado de la comunidad. Y esas enseñanzas se prolongaban hasta la edad adulta. A una mujer no se le pone la mano encima, a no ser, supongo, que sea muy bestia y se nos abalance con un cuchillo en la mano, por ejemplo. Pero éramos conscientes de nuestra mayor fuerza física y de que era intolerable emplearla contra alguien en principio más débil (insisto, sólo en lo físico).

Obviamente, no todo el mundo cumplía esas reglas, porque, de haber sido así, no habría habido en el pasado palizas de maridos a sus mujeres, y ya lo creo que las ha habido, probablemente más que hoy. Al fin y al cabo, durante siglos se consideró que no había que entrometerse en la (mala) vida de los matrimonios, y que esas palizas y aun asesinatos pertenecían a la “esfera íntima o familiar”, una verdadera aberración.Lo que sí es relativamente nuevo, algo cada vez más extendido, es que los varones maltratadores maten también a los hijos de la mujer, para causarle el mayor dolor imaginable. Ha dejado de ser una rarísima excepción. Los niños de mi época nos creíamos bastante a salvo, precisamente por ser niños incapaces de infligirle el menor daño a un adulto. ¿Cómo iban éstos a hacerle nada a una criatura no ya indefensa, sino inofensiva? Dudo que los críos de hoy se puedan sentir seguros, a poco que se les permita ver o leer las noticias. Las mujeres llevan siglos viviendo con un suplemento de miedo, al ir por la calle y aun en sus casas. Los niños, no, y quizá ahora sí. Lo peor es que, como sociedad, poco podemos lograr contra todo esto, más allá de exigir jueces más severos y repudiar a los maltratadores hasta el infinito. Pero es ingenuo creer que eso les va a hacer efecto. Es lo que tienen los crímenes personales, que nada disuade a cada asesino individual.

Javier Marias

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