LOS CABALLOS SALVAJES

LOS CABALLOS SALVAJES

De pronto cuidas a tu madre y no te reconoce. Tu madre quiere leche. Le da miedo tu figura y te llama Ernestina. Los caballos salvajes son tan solo una bonita ilusión. Nunca serás uno de ellos. Dios no existe y los santos ahora son hombres locos que aprenden con maestría a querer a los extraños. Ese extraño ahora eres tú, que sonríes y quieres a tu madre enferma. Porque solo un personaje se ilumina la cara y comprende que nada existe. Y que las madres, se supone, quieren a los hijos. Y que los hijos, se supone, deben adorar a las madres. Y que las madres deben adorar a otras madres y confundir sus manos con manojos de llaves. Por eso las madres siempre encuentran lo que se te ha perdido más rápido que tú. Porque dios ha muerto, y los caballos corren en círculos, engañados en su propia libertad. Ahora te sientes normal, no eres un dios, ni un hombre ni un personaje, ni una mujer que no existe sino en la imaginación de tu madre enferma. Al fin. Eres tú y caminas siendo tú, envolviendo tus pies en oscuras esferas para no volverte uno con el cemento. Pero extrañas la colilla, la ceniza del odio. Estás solo. Realmente solo. Tu amigo duerme en el sofá. Y tienes la certeza de una herencia. Pero aun así estás – solo – No le dices a nadie de tu soledad, es inútil. Oyes el relincho en la voz de una amiga. Reconstruyes paredes con la ayuda de una mosca. Duermes en el callado suelo de una habitación sin puerta. Ernestina ha quedado en llevarle la leche a tu madre. Vuelves del lugar de los vivos, subes los peldaños como pisando sarcófagos, porque sabes que te acercas a algo que ha dejado de existir. Iluminas de a poco la habitación. Sostienes la leche en la mano que no está enferma como un premio, como si tu mano fuese responsable de un deseo, un deseo tal vez inútil que no significa nada, pero un deseo que palpita. Y caminas hacia el último peldaño de la escalera. Ahora eres Ernestina, cumples tu papel. Sonríes con una sonrisa de mujer extraña que no conoces, de ángel asexual, con tus ojos oscuros como monitores apagados. Y con el vaso frío de leche en tu mano derecha, inhalas el cigarrillo. Lanzas la ceniza en los zapatos de tu madre. Aplastas la colilla cerca de su sábana blanca. Y te acercas a ella. De pronto tu madre te reconoce, pero le pide un abrazo a Ernestina. Sabe que su muerte es también la suya. Te reconoce en el cristal del vidrio, pero prefiere callar. Sus ojos lánguidos fijos en el vaso de leche helada, acercan sus brazos a Ernestina. Buscan en algún lugar de su memoria la forma de un abrazo.

Pamela Rahn

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