El consumo consciente y la dictadura de los supermercados

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La periodista Nazaret Castro llama a una profunda reflexión en La dictadura de los supermercados. Cómo los grandes distribuidores deciden lo que consumimos (Akal). A una reflexión y a una toma de conciencia sobre nuestros hábitos de consumo y sobre sus consecuencias en el medio ambiente, en el mundo del trabajo, en la economía en su conjunto y en nuestra propia salud. En una sociedad cada vez más preocupada por las consecuencias de sus actos, crecientemente sensible y más propensa a castigar y a premiar malas y buenas prácticas tanto en la política como en otros ámbitos de la vida, Nazaret Castro da herramientas para realizar un diagnóstico mucho más profundo del que hacemos habitualmente sobre nuestro día a día. Como dice Pascual Serrano en el prólogo, una vez leído el libro, nuestro paseo por el supermercado nunca será igual. Puede, incluso, que le busquemos alternativas (la autora da al final del libro algunas ideas).

Nazaret Castro pone el foco en la distribución: “El acento debe colocarse no sólo en qué consumimos, sino en dónde lo compramos (…) Pasa a menudo desapercibida la importancia creciente de la fase de distribución, y el poder, creciente también, de las empresas que, cada vez más concentradas, controlan esa fase”. Según explica la autora de un modo muy gráfico, la gran distribución moderna funciona como una especie de embudo: “Una multitud de consumidores y una multitud de productores se encuentran en el mercado a partir de un puñado cada vez más reducido de distribuidores y comercializadores, que son los que terminan poniendo las reglas en cuanto a los precios y al tipo de productos que llegan a los estantes del supermercado”.

Castro analiza las consecuencias que este dominio tiene en los productores (cada vez más concentrados porque los pequeños muchas veces no tienen margen para cumplir las condiciones de quienes distribuyen sus productos) y en los consumidores (en términos de mentalidad y hábitos). También desmenuza los efectos de la obsesión por “lo barato”, los precios bajos y cuestiona las decisiones supuestamente racionales del “naturalizado” ‘homo economicus’.

Pero volvamos a los efectos de la distribución contemporánea como un “embudo” y que actúa como una centrifugadora de los principios clásicos del intercambio. Porque borra el trabajo del productor, del que en la mayor parte de las ocasiones el comprador no sabe nada (recupera el concepto del “fetichismo de la mercancía”, que invisibiliza todo lo que pasa hasta que el producto llega a las manos de quien lo compra). Porque también elimina la figura del tendero, que se hacía responsable de los productos que tenía en la tienda, que recomendaba y que vendía, y la sustituye por el cajero con el que apenas interactúa el comprador. A veces, incluso desaparecen tanto el dependiente como el cajero y sus trabajos son sustituidos por el del propio consumidor, que se informa solo, carga, paga interactuando con una máquina y monta él mismo su producto en casa. Así, la decisión del comprador es aparentemente más libre y menos condicionada por el dependiente que no le persigue por la tienda ni le convence de lo bien que le queda un traje y cómo mejoraría de incluir unos buenos complementos. Pero la autora cuestiona continuamente la hipótesis de la libertad de elección y de consumo. Como también que comprar en grandes superficies sea más barato.

Un inciso: cuando hablemos de las grandes cadenas distribuidoras, no nos limitemos a pensar en los supermercados e hipermercados. También hay que tener en cuenta a las multinacionales que están poco a poco abandonando la producción, cuyo valor está mermando, para concentrarse en la distribución y en la creación de imagen de marca. En estas dos últimas actividades es donde ahora está el valor y el beneficio y, por tanto, la atención de las grandes compañías. ¿Por ejemplo Apple?

Nazaret Castro dedica varias páginas a la historia de la gran distribución en España, a sus cifras y a sus tendencias actuales, incluidas la desmaterialización y la digitalización, así como a las consecuencias tanto en la producción como en el comercio tradicional, respecto a los cuales no presenta una visión mítica y acrítica, sino todo lo contrario.

Además, relata cómo desde la distribución de los productos básicos, sobre todo alimentarios, pero también de higiene y limpieza, va extendiéndose el modelo a todos los campos del consumo, como al textil (donde analiza en profundidad el modelo de Inditex, para introducir el concepto de “obsolescencia percibida”, que completa al de “obsolescencia programada”), al del mobiliario (con la explicación del modelo de Ikea) y el editorial (con la emergencia de Amazon). Más adelante analizará también Wal-Mart, el mayor gigante de la distribución mundial, y Mercadona, el nuevo rey del sector en España.

Mencionábamos un poco más arriba que la obsesión por los precios bajos tiene consecuencias. Nazaret Castro reflexiona sobre el valor y sobre el precio, cada vez más distantes, por la devaluación del segundo o porque éste no recoge todos los costes que implican ni la fabricación ni la distribución de las mercancías: “Nuestra noción de precio justo incluiría una reflexión no sólo en torno al trabajo que hay detrás de los productos, sino también en torno a los costes ambientales”. Y lo escribe justo al explicar las consecuencias en la naturaleza del modelo de distribución contemporáneo dominante, que recorre demasiados kilómetros, atraviesa los mares en enormes contenedores, genera muchos residuos y, en definitiva, contamina demasiado, porque no se limita a intermediar entre lo que está más cerca, sino que se alimenta de la deslocalización. También lo menciona justo cuando relata los efectos en un empleo menguante y cada vez más precario. En definitiva: el modelo de distribución actual, a su modo de ver, reproduce el esquema de privatización del beneficio y socialización de los costes medioambientales y sociales.

Hacia el final del libro, antes de hablar de alternativas de consumo, Nazaret Castro explica las consecuencias que el modelo de distribución y los hábitos de consumo a los que nos empuja están teniendo en nuestra salud. Nazaret Castro afirma: “Para que las multinacionales engorden, tienen que abaratar costes y promover alimentos ultraprocesados que nos enferman”. Por eso reivindica el cocinar como un acto político “porque nos acerca a la alimentación, nos recuerda de dónde viene lo que comemos y nos ayuda a escapar de la mala alimentación que se nos ofrece en las góndolas del supermercado”.

La salud no está únicamente en lo que se ingiere o en lo que uno se echa en la cara o en el cuerpo para ser más bello o conservarse joven más tiempo -Castro también se detiene en el análisis de los efectos de la cosmética-, además tiene que ver con los estilos de vida, que cambian, según la autora, con la gran distribución moderna, para llevar a una insatisfacción permanente, a la pérdida de espacios públicos y a la sensación crónica de escasez de tiempo.

http://fronterad.com

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