INDELEBLE

Resultado de imagen para lugar vacío van gogh
Me gustaría mucho que De Hann viese un
estudio mío de una vela encendida y dos
novelas (una amarilla, otra rosa), colocadas
sobre una silla vacía (precisamente la silla de
Gauguin), lienzo de 30, en rojo y verde. Hoy
mismo estuve trabajando en su equivalente, mi
propia silla vacía, una silla blanca y barata con
una pipa y un paquete de tabaco. En ambos
estudios, al igual que en otros, he buscado un
efecto de luz mediante un color claro. De Haan
probablemente comprenderá exactamente lo
que busco, si le lees lo que he escrito al respecto.
Vincent van Gogh. Cartas a Theo,
17 de enero de 1889

Muerta hace cuarenta años, mi madre está cortando un corazón
en la mesa de la cocina.
Llueve en la puerta, aunque pronto va a ser aguanieve
y después, de acá al bosque,
va a nevar.

Los ventanales de esa casa se empañarían
en minutos,
y podríamos haber estado solos todo el fin de semana;
el resto de la ciudad, hasta donde sabemos, abandonada,
sin nada del otro lado del jardín, ni iglesia, ni gente.

Ahora está acá, en mi cocina, cortando un corazón:
un platito con sal cerca del codo, un puñado de harina
esparcida en la mesada, la radio encendida,
ella trabaja igual que siempre, ensimismada,
con el cuchillo de cocina que capta la luz de este mediodía invernal.

Nunca creí en fantasmas y no tengo un especial interés
de ver otra vez a mis muertos
¿pero cómo no aceptar lo que se niega a desvanecerse,
como el borrón de la pintura en que una mano o un bol de porcelana
oculta el pentimento de un pájaro cantor

atado, o esa mancha color amapola
que emerge una vez más
cuando blanqueamos la pared del lavadero?
¿Cómo podría el niño que hay en mí
poner en duda lo que me contaron

del amigo de un amigo de un amigo
que presenció esa luz que nadie podría explicar,
un resplandor sobre el estanque donde, hace décadas,
el hijo del panadero se cayó a través del hielo
en el azul parafina de Año Nuevo, cuando nadie miraba?

Recuerdo ese paseo de domingo
cuando paramos en la niebla súbita, los árboles,
una pausa en la blancura extensa como el cielo,
y ella en aquel vestido verde que tanto le gustaba,
tan vivaz que casi estoy ahí de nuevo

aunque no es el vestido ni ella, simplemente
es el color que me lleva hacia atrás,
el verde que te quiero verde en este mundo que no
cesa, mientras vamos pasando
incesantes, pero siempre

cambiando, verde que te
quiero… Y sólo por un momento quiero
detener su mano y decirle
que ya no comemos corazón, o no
en esta casa; no comemos

hígado, tripas o patas de cerdo hervidas
a fuego lento, durante horas, para extraer
sus jugos, pero cuando giro hacia ella
mi madre ya no está y la silla
está vacía, como el espacio muerto en el bosque

cuando talan un árbol, o para ser más preciso,
la silla en el famoso “lugar vacío” de van Gogh
que pintó al irse Gauguin, la luz de la lámpara de gas
azul en la madera pulida y el cabo de la vela, clarísima
y casi insoportable de tan viva.

JOHN BURNSIDE

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