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Vivimos en una mundo veloz, lleno de prisa —premura para despertar, para cambiar de lugar, para trabajar, para empezar y acabar, para desplazarnos, para llegar y para ir a dormir (para al día siguiente despertar, apresurados, a volver a hacer lo mismo). Esta es una dinámica en la que es fácil caer de manera inadvertida, y su velocidad no deja espacio para momentos de descanso, de contemplación, de silencio, y mucho menos de aburrimiento.

Estar ocupado en nuestras sociedades es sinónimo de ser exitoso, pero nada más alejado de la verdad. Por esto la importancia del tiempo libre (algo de lo que Theodor Adorno habló hace décadas) y, sobre todo, la importancia de permitirnos pasar periodos de tiempo en inactividad es tan importante, pues supone un necesario descanso de esa accidentada temporalidad que hemos creado y que es tan agotadora. El saber encontrar la belleza y la fertilidad en el aburrimiento (una condición completamente distinta a la depresión) es necesario hoy más que nunca. Pero ¿qué es realmente estar aburrido?

El aburrimiento es una construcción propia de nuestra era. En otras épocas, esta clase de sentimientos de apatía y parálisis se han llamado y definido de otras maneras. Uno de los ejemplos más tempranos proviene de las comunidades cristianas del siglo IV del norte de África; entonces, los monjes anacoretas conocidos como “Padres del desierto”, temían profundamente algo que llamaban acedia o el “demonio del medio día”, un sentimiento que se caracterizaba por la pereza y la inercia, algo que para ellos alejaba a los monjes de su necesario ejercicio espiritual. Para estos ascetas, además, la acedia era una señal de la necesidad de revivir las actividades espirituales, una especie de llamado.

Más adelante, especialmente durante los siglos XVI y XVII en Europa, los sentimientos de inmovilidad, pereza y apatía fueron llamados con un nombre un poco más familiar para nosotros: melancolía. Naturalmente, fue la aristocracia la clase más proclive a esta condición; pero también lo fueron los artistas —un recordatorio de la profunda relación que existe entre los espíritus melancólicos y la creación artística, y llevándolo un poco más allá, la necesaria hermandad que hay entre la contemplación (como una forma de inmovilidad) y la inspiración.

En la actualidad, el concepto de aburrimiento cubre un enorme espectro, y puede ir desde el sentimiento cotidiano que podemos percibir cuando no estamos haciendo nada (pero que generalmente nos hace desear estar haciendo algo), hasta el tedio más existencial, una apatía por el mundo que nos rodea y por nuestra propia vida. A pesar del desagrado que existe en nuestras sociedades hacia el aburrimiento, existe un poder estético en este estado, uno que sorprendentemente podría ser hermoso e, incluso, productivo.

Así, el simple hecho de prestar atención a nuestro aburrimiento (aún sumergidos en una vorágine de información, ruido y premura) podría resultar en una inesperada forma de meditación, en un estado de contemplación mística del lienzo en blanco, en una apreciación del vacío que siempre podríamos llenar, en un momento en el tiempo que nos permite aceptar, y tal vez apreciar, uno de los principios más básicos del universo en el que habitamos: la quietud como necesaria contraparte del movimiento.

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