Trump ladra, pero no muerde cuando se trata de México

Trump ladra, pero no muerde cuando se trata de México

Uno de los prototipos del muro que el presidente Donald Trump ha prometido construir en la frontera con MéxicoCreditJosh Haner/The New York Times

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SAN JERÓNIMO COYULA, México — Este precario poblado en las faldas del humeante volcán Popocatépetl es una de las comunidades en México que tiene vínculos profundos con Estados Unidos. Desde la década de los ochenta, miles de residentes se han encaminado “al Norte”, específicamente a Nueva York y a los Hamptons en Long Island. Durante décadas, los migrantes han mezclado cemento, han colocado ladrillos y han pintado los muros de casas ahí.

Muchas familias aquí dependen de las remesas que sus familiares les envían desde el Norte para pagar medicinas para los ancianos y útiles escolares para los jóvenes. Sus familiares en Estados Unidos usan el dinero que ganan para financiar una feria en el pueblo cada septiembre.

Cuando pregunté a una docena de personas en la plaza de la calle principal qué pensaban de Donald Trump, el presidente estadounidense, no me sorprendió que todas tuvieran una opinión negativa. “Trump es un hipócrita: emplea a mexicanos en sus construcciones y después nos ataca”, dijo Humberto Ramos, un hombre robusto de 40 años cuyo overol estaba salpicado de cemento. “Los mexicanos son los que más trabajan allá. Hemos ayudado a construir ese país”.

Pero al tiempo que los dichos de Trump enojan a los pobladores aquí, su primer año en el poder no los afectó tanto como ellos temían. Los migrantes les siguen enviando dinero y, de hecho, hay cálculos de que el año pasado se rompió el récord de envíos de remesas pues, según estimados del Banco de México, los mexicanos viviendo en Estados Unidos mandaron 26,1 mil millones de dólares tan solo entre enero y noviembre. No se ha dispuesto un solo ladrillo del “hermoso muro”prometido por Trump. Además, el intercambio comercial entre ambos países sigue creciendo.

“Había mucho miedo y pánico, pero en realidad las cosas no han cambiado para la mayoría de las personas”, dijo Éric González, un electricista de 35 años. González trabajó en Long Island durante nueve años, pero volvió en 2009 para comenzar un negocio propio y cuidar de sus padres. Cuatro de sus hermanos aún se encuentran en Nueva York y envían dinero.

“Ha sido más bien un ataque psicológico”, añadió. “La gente ve las noticias y se asusta, pero tienes que ver la imagen completa”.

Esta separación entre la retórica y la realidad refleja la relación profunda y arraigada entre Estados Unidos y México y la confusa agenda de la presidencia de Trump. Durante su campaña, Trump prometió golpear a México con un látigo triple: construir un muro y hacer que México pague por él; deportar hasta tres millones de migrantes, y reescribir —o deshacerse— del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El efecto combinado de estas tres acciones llevaría a México a una recesión profunda mientras tendría que hacerse cargo de millones de deportados y de una crisis diplomática con el poder militar más grande del mundo.

Tras un año en la presidencia, este escenario apocalíptico no ha sucedido. Trump sigue atacando a México en Twitter: “El muro lo pagará, directa o indirectamente, o como una reinversión a largo plazo, Mexico”, escribió el 18 de enero. Pero no hay plan para conseguir ese dinero en momentos en que el presidente estadounidense aún batallapara conseguir que el congreso de ese país dé dinero para el primer lote de cemento.

Dentro de Estados Unidos, las políticas contra los migrantes se han resentido mucho más que aquí. La revocación de la protección para los dreamers, quienes llegaron de manera ilegal cuando eran niños, ha dejado a cientos de miles temerosos de un futuro incierto. Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas han estado buscando a posibles migrantes indocumentados a bordo de autobuses o en tiendas de conveniencia 7-Eleven. Hay reportes cotidianos en televisión de cómo las deportaciones han desbaratado a familias.

Sin embargo, el número total de deportaciones ofrece más matices. Durante el año fiscal 2017, que terminó en septiembre, Estados Unidos repatrió a unas 226.000 personas, menos que cualquier año de la presidencia de Barack Obama. Una posible explicación para esa disminución es que, con Trump, los agentes de la Patrulla Fronteriza detuvieron a menos personas durante intentos de cruces fronterizos ilegales. En cambio, las autoridades migratorias se concentraron en los migrantes ya en el país; deportaron a 81.000 de ellos durante el año. Esa cifra implica que hubo más deportaciones desde las partes interiores de Estados Unidos que en 2016 y 2015, pero menos en total que durante la gestión de Obama.

Claro que las consecuencias de las posturas de Trump hacia México y los migrantes todavía podrían resentirse más. Las negociaciones sobre el TLCAN continúan y Trump sigue prometiendo que se retirará del acuerdo si no consigue lo que quiere. Las autoridades migratorias posiblemente encuentren nuevos pretextos para deportar a personas en cantidades mayores. La expulsión de cientos de miles de jóvenes que han crecido en Estados Unidos podría ser un desastre humanitario.

Pero los patrones migratorios también cambiarían sin importar lo que haga Trump. La migración desde México iba en caída desde antes de que Trump comenzara a hacer campaña. El Centro de Investigaciones Pew estimó en abril del año pasado que la cifra de mexicanos sin papeles que vive en Estados Unidos había caído de 6,4 millones en 2009 a 5,6 millones en 2016.

Varios factores, incluidos cambios demográficos en México, podrían haberse juntado para resultar en la disminución. El número promedio de hijos por familia ha caído estrepitosamente, lo que significa que hay menos personas dentro de la población de edad laboral y menos presión para que los padres tengan que proveer a más de sus hijos.

González, el electricista que trabajó en Long Island, es uno de ocho hermanos, pero él solo tiene un hijo. En México gana 250 pesos al día, unos 13 dólares, menos que los 17 dólares por hora que ganaba cuando pintaba casas en Long Island. Pero mientras observamos el Popo, dice que no tiene planes de regresar al Norte. “Aquí soy mi propio jefe y quiero construir mi negocio”, dijo. “Y este es un lugar hermoso”.

 

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