El tocino y la velocidad

La feminización del idioma alentado por muchas mujeres no siempre es un acierto pese a lo que crean

El tocino y la velocidad
Irene Montero, en la rueda de prensa tras reunión de Podemos y Ciudadanos en el Congreso, este jueves.(EFE)

Cuando yo era niño (soy muy mayor) se usaba mucho una expresión para definir la confusión de ideas, conceptos o simples formulaciones verbales: confundir la velocidad con el tocino. Hoy, como esa confusión es constante y habitual, ya no se utiliza, lo que no quiere decir que la superposición entre velocidad y tocino haya dejado de existir.

Como suele ocurrir con este tema, la polémica ha saltado desde el primer momento. Las redes sociales se han incendiado y todo el mundo ha comenzado a opinar sin reparar muchos de los que lo hacen, para qué, en que se trata de una cuestión de lengua, no visceral y mucho menos de ideología. Por decir portavoza o conserja no se es más feminista, de la misma manera que por decir miembro o joven, ya sea referido a un chico o a una chica, uno no es machista. Pero parece que mucha gente lo cree así, principalmente determinadas mujeres a las que su obcecación las lleva a creer que todos los hombres lo somos por definición, por lo que cualquier objeción a sus argumentos la toman como una agresión. Incluso cuando la objeción, como en este caso, es de sentido común, pues se trata de señalar una incorreción lingüística, no de otra cosa: si ya es difícil feminizar la palabra miembro, que es común en cuanto al género (el masculino o el femenino lo determina el artículo, no la palabra) mucho más lo será hacerlo con portavoz, cuyo segundo lexema, voz, es ya femenino por género (¿el masculino podría ser vozo?).

Siempre que entro en este jardín, ya sea por voluntad propia como ahora o porque alguien me pide mi opinión, recuerdo lo que decía Martin Luther King, el gran luchador por los derechos de los afroamericanos en su país y en el mundo: el peor racista es aquél que me da la razón cuando no la tengo, pues lo hace porque soy negro.

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