Extracciones: Hotel Insomnio [Charles Simic]

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Si hubiera que pensar en la poesía del estadounidense de origen serbio Charles Simic —Premio Pulitzer 1990 por The world doesn’t endy uno de los grandes poetas en lengua inglesa vivos— como un animal doméstico, seguramente el primero que se nos vendría a la cabeza sería un gato, más que por su sensualidad, que por cierto la tiene, por su carácter lúdico y escurridizo: un felino que, grácil, entra y sale de escenas íntimas o callejeras que luego recrea en su imaginación, sin obedecer a ningún proyecto salvo su propia curiosidad. Oh te queremos tanto, Charles, viejo minino.

Los poemas que leerán luego del salto fueron extraídos del libro Hotel Insomnio, publicado originalmente en 1992 y recientemente editado en Argentina por Zindo & Gafuri, a quienes agradecemos por hacernos tan felices. La traducción es de María Negroni y Federico Barea.

 

MUCHOS CEROS

El maestro está parado, mudo, ante una clase
De niños pálidos, herméticos.
El pizarrón detrás de él, tan negro como el cielo
A años luz de la tierra.

Es el silencio lo que ama el maestro,
El sabor de lo infinito en él.
Las estrellas como marcas de dientes en los lápices de los niños.
Escúchenlo, dice feliz.

 

EL ARTISTA

¿Te acuerdas de aquel loco
Que se ponía velas en el sombrero
Para poder pintar el mar de noche?
Solo, en esa playa vacía de Jersey,
Entrecerraba los ojos
Y agitaba el salvaje pincel.

Teresa dijo que había sacado la tonta idea
De una película que había visto una vez.
Como fuere, ahí estaba con barba y peludo
Como el diablo en persona
Apilando un color sobre otro
Mientras seguía de pie, observador,
Con las velas que le titilaban
Antes de apagarse una por una.

 

PENSAR CON CLARIDAD

Lo que necesito es un cerdo y un ángel.
El cerdo para que meta su nariz en un balde mugriento,
El ángel para que le rasque la espalda
Y le diga cosas dulces al oído.

El cerdo sabe qué le espera.
Aliéntalo, ángel niño,
Con ese cuento de la eternidad.
No busques en la cuchilla del carnicero
Un espejo para admirarte
Como una prostituta,
Ni lo incites levantándote el delantal
Manchado de sangre sobre las rodillas.

El cerdo dejó de comer
Y está entre nosotros pensando.
Ya la cresta del gallo fulgura
En la oscuridad de la mañana.
No canta pero sus ojos fulminan
Mientras se pavonea por el patio.

CHARLES SIMIC 

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