Goethe contra Newton: la búsqueda del color en la oscuridad

Goethe contra Newton: la búsqueda del color en la oscuridad

Isaac Newton llevaba tiempo observando el arcoiris y experimentando con un pequeño objeto con el que solían jugar los niños: un prisma. Con aquel objeto fue a la Royal Society. En una habitación oscura en la que entraba un rayo de luz solar, demostró que la luz blanca se descomponía en siete colores. En 1704 publicó sus conclusiones en Opticks, una obra que terminó con la creencia de que la luz era incolora.

Tras exponer su teoría, quedó asumido que los colores ya existían en la luz. Posteriormente, se supo que los ojos reaccionan a las ondas electromagnéticas de la luz, que nos llevan a percibir distintos tonos en función de la longitud de la onda.

Un siglo después de Opticks, las ideas de Newton sobre el color seguían imperando en la comunidad científica. Hasta que se alzó la voz más inesperada: la de un famoso poeta que antes sí estaba de acuerdo con el matemático.

«Como todo el mundo, yo también estaba convencido de que los colores están en la luz. Nadie me dijo nunca algo distinto, y nunca nunca encontré motivos para dudarlo, porque no tenía más interés en el tema», escribió Johann Wolfgang von Goethe.

Pero un día cambió de idea, precisamente porque empezó a interesarle el tema como nunca. Estaba mirando una pared blanca a través de un prisma y siguió siendo blanco. «Solo sobre un área oscura mostraban algo de color y, al final, en la ventana todos los colores brillaban… No me llevó mucho tiempo saber que había algo significativo en relación al color. Dije en voz alta, como por instinto, que las enseñanzas newtonianas eran falsas».

«Consideramos los colores, en la medida en la que se dice que pertenecen al ojo y que dependen de una acción y de una reacción del mismo. Después, atrajeron nuestra atención por cómo se percibían en medios incoloros o a través de ellos. Finalmente, dónde podíamos considerarlos pertenecientes a sustancias particulares», escribió Goethe.

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Teoría de los colores (Zur Farbenlehre), publicado por primera vez en 1808 (el mismo año que Fausto), constaba de tres partes: una didáctica, una controvertida (contra Newton) y una histórica. En su libro, Goethe afirmaba que los colores que observamos dependen de la percepción del ojo y pueden influir en la conducta humana, así como asociarse con distintos tipos de personalidad.

Además de aportar un precedente de la psicología del color, Goethe abordó aspectos como las sombras coloreadas, la refración, el acromatismo y el hipercromatismo. Aunque su obra iba más allá de la crítica a Newton, esta fue la parte que más trascendió.

Ya en la introducción, Goethe ninguneaba a Newton por omisión: «El intento de describir y clasificar el fenómeo de los colores sólo se ha dado dos veces: primero, de la mano de Teofrasto y, en tiempos modernos, por Boyle», escribió el autor de Fausto.

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Cuando comenzó a aludir a Newton, Goethe aseguró que el principal error del científico fue «creer más en las matemáticas que en las sensaciones de su ojo». Si bien no se sentía especialmente orgulloso como poeta, sí encontró un motivo para justificar su faceta egocéntrica: «Pero de ser yo el único en mi siglo que conoce la verdad acerca de la teoría de los colores… ¡Eso es de lo que estoy orgulloso y lo que me da un sentimiento de superioridad sobre muchos».

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En base a estas consideraciones, estableció tres tipos de colores: fisiológicos, físicos y químicos. «Los primeros son fugaces y no se podrán retener. Los segundos están pasando, pero duran un tiempo. Los últimos pueden llegar a ser permanentes». Decía Goethe que decidió llamar fisiológicos a los primeros porque «pertenecen al ojo». Él consideraba este tipo de colores una condición necesaria para la visión.

El color es en sí un grado de oscuridad

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Hasta entonces, y en base a la definición de color que había dado Newton, se creía que la oscuridad era la ausencia de luz (y que no tenía que ver con los colores). Con Goethe, tanto la oscuridad como la percepción del ojo dejaban de ser pasivos y cobraban especial relevancia a la hora de dar lugar a los colores. Si Newton pensaba que estaban en la luz, Goethe expuso que tanto la luz como la oscuridad y el ojo daban lugar al tono. Además, el poeta y científico hablaba tanto de una percepción subjetiva y de una influencia del color en la conducta humana como de una relación directa con las emociones.

Mientras que la mayoría de físicos rechazaron las ideas de Goethe, Thomas Johann Seebeck y Hermann von Helmhold las secundaron, aunque el primero las terminó criticando. Filósofos como Schopenhauer y Wittgenstein y artistas como Turner y Kandinski se mostraron encantados con sus ideas. No obstante, sabían que lo que había escrito Goethe no llegaba a ser exactamente una teoría.

Dibujo de Klee inspirado en la teoría de Goethe

Dibujo de Klee inspirado en la teoría de Goethe

Personalidad y color

Una década antes de Teoría de los colores, Goethe había publicado, con el filósofo Friedrich Schiller, Rosa de los temperamentos. Ahí relacionaba colores y personalidad de manera curiosa y también supersticiosa: Poeta y filósofo consideraban que cuatro temperamentos (colérico, melancólico, sanguíneo y flemático) daban paso a 12 tipos de personas: tiranos, héroes, aventureros, hedonistas, amantes, poetas, oradores, historiadores, maestros, filósofos, pedantes y gobernantes. Todos ellos se correspondían con 12 colores en la Rosa de los temperamentos.

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Goethe creía que solo existían dos colores puros, el amarillo y el azul, y que los demás solo eran derivados de estos. El amarillo le parecía una luz manchada y el azul un principio de oscuridad. «El amarillo es una luz que ha sido disminuida por la oscuridad; el azul es una oscuridad alzada por la luz», escribió. El padre del romanticismo alemán pensaba que vemos amarilla cualquier luz sutilmente emborronada, mientras que la oscuridad vista a través de un objeto semitransparente se convierte en azul.

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Goethe creó lo que denominó «diagrama de la mente humana». Colocó un triángulo que contenía el rojo, el amarillo y el azul (cuando los colores primarios todavía no eran magenta, amarillo y cian) y, en base a éste, trazó un diagrama que incluía la carga emocional que asignó a cada color.

Relacionó el amarillo (el color más próximo a la luz) con la suavidad, la alegría y la emoción. En el azul encontró un principio de oscuridad que asoció a la paz, pero sobre todo a una paradoja: le pareció que producía tanto excitación como reposo. El rojo fue el color de la gravedad, del atractivo, del calor, de la pasión y la vitalidad. El violeta simbolizaba la madurez, el misticismo, la melancolía y la magia, así como la dignidad. En el naranja vio las cualidades del amarillo y del rojo, que unidas daban lugar a la energía, la infancia, en salvajismo, el entusiasmo y el ardor. Por último, el verde le pareció un liberador y reconfortante símbolo de juventud y frescor.

La biblioteca Hagerstrommer y Beinecke Rare Book & Manuscript Librarydigitalizaron recientemente las imágenes de Teoría de los colores.

Goethe contra Newton: la búsqueda del color en la oscuridad

POR VIRGINIA MENDOZA
Periodista y antropóloga. Autora del libro ‘Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada’. Empecé a escribir en los márgenes de los prospectos. Ahora en Yorokobu.
http://www.yorokobu.es/

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