Messi andando

Ves a Leo caminando, mientras el resto pierde la cabeza, y es inevitable saber que va a ocurrir algo

Messi, contra el Getafe.

Messi, contra el Getafe. ALBERT GEA REUTERS

 

Ver a Lionel Messi andando, a punto de entrar en acción y dar la vuelta al partido, pero aún no, será uno de los privilegios de los que tuvimos la suerte de vivir estos tiempos. Ese andar, la aparente inacción con la que se mueve en algunos instantes por una banda, o por el centro, mientras el balón ondea en otro sitio, es un acto de inteligencia, una víspera del fuego, no muy distinta a la engañosa tranquilidad de la apertura en ajedrez, cuando las blancas mueven, por ejemplo, peón e4.

Nos puede parecer una decisión todavía inocua, igual que esperar, casi quieto, a que te llegue el balón, pero sabemos que a esa altura la mente del ajedrecista ya se encuentra, en realidad, quince movimientos más delante, en el futuro. Eso significa que mientras Messi marcha desganado, alejado del meollo de la jugada, tiene medio gol en el bolsillo, porque en su cabeza –y lo más maravilloso, también en la nuestra– ya recibió el balón y se fue de tres rivales, tiró una pared con Iniesta, y ahora está a punto de dejar la pelota en la red. Es el futuro, pero con Messi ya lo vimos pasar.

Las genialidades no necesitan prolegómenos. Coincidí en una redacción con un periodista de local. Sabía buscar buena información y escribía en un teclado a cuatrocientas sesenta pulsaciones por minuto, sin equivocarse. Eso le permitía, al llegar al periódico, perder mucho el tiempo en el café, en maquetación, en la rotativa, en los baños, en otras mesas, al teléfono. De repente, empezaba la música. Sonaba como una radio que al encenderse tiene el volumen a tope, por despiste. Tecleaba escapando del fuego, no sé qué fuego. Al acabar, siempre el primero, flotaba en el aire la idea de que el resto éramos unos inútiles.

Todos conocemos a jugadores que no paran de correr, que van de aquí para allá, procurando vivir sin aliento. Al final de partido resumes su contribución al fútbol en que recorrieron, pongamos, trece kilómetros. Conocí una tienda de ropa cuya estrategia consistía en parecer un hervidero. Los empleados movían las pilas de pantalones de un estante a otro, colocaban las camisas donde estaban los jerseys, desnudaban los maniquíes, los vestían, pedían el café a domicilio, y curiosamente, la tienda siempre estaba vacía. Ya cerró.

Ves a Messi caminando, mientras el resto pierde la cabeza, y es inevitable saber que va a ocurrir algo. No es como cuando camina otro jugador, lo que seguramente solo significa que, en lo que a él respecta, está muerto. Si camina Messi, todo puede pasar, porque su cambio de lentitud a vértigo será cuestión de un chasquido, y en ese paso de caminar a desbocarse reside parte de su genialidad. Cuando el defensa percibe el crujido ya es tarde para defenderse.

¿Qué significa que la gacela deje de pastar y levante la cabeza? Que es tarde y el guepardo la comió. La velocidad de Messi, la fabricación inesperada de la luz, su desborde, requiere de un instante. Messi no toma carrerillas. Por lo demás, andar es bueno, te lo dicen los médicos.

JUAN TALLÓN

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