Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

 
Una escena de “Mudbound: El color de la guerra”, adaptación de una novela de Hillary Jordan dirigida por Dee Rees. CreditSteve Dietl/Netflix

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Esta película es selección de la crítica de The New York Times.

Mudbound: El color de la guerra es una película sobre cómo cambian las cosas, de manera lenta, dispar y dolorosa. Sin embargo, también trata sobre cómo no cambian: muestra que las fuerzas obstinadas de las costumbres, los prejuicios y el poder empantanan a las personas en un solo lugar e impiden el progreso social.

Ambientado principalmente en el delta del río Misisipi justo después de la Segunda Guerra Mundial –cuando las medidas discriminatorias seguían siendo la ley en Estados Unidos– el filme dirigido por Dee Reespone a prueba y complica esa teoría postulada por William Faulkner: el pasado ni siquiera es pasado. Es un trabajo de imaginación histórica que aterriza en el presente con una fuerza inquietante e iluminadora.

La inspiración para el guion (que la directora escribió con Virgil Williams y que está nominado al Oscar) es una novela de Hillary Jordan. Ese libro sobre la historia racial del sur estadounidense llega a tener momentos de redención en los que los personajes blancos quedan claramente divididos entre los honrados y los malvados, y los personajes negros son presentados como seres nobles, pero la película se resiste a caer en esa tendencia. Las personas que muestra, integrantes de dos familias unidas por el odio, la economía y la suerte, son complicadas y sus heridas siguen abiertas.

La fotógrafa, Rachel Morrison, le da vida a la tierra, la flora y el clima para enfatizar el poder elemental y arcaico de la historia. Las implicaciones modernas de la trama son mostradas con delicadeza por un elenco de actores sutiles y por la capacidad de Rees para ilustrar los matices psicológicos centrándose en los momentos más silenciosos y las emociones que no se proyectan.

Mudbound es un gran lienzo cinematográfico para una trama extensa y coral. En este filme hay media docena de voces distintas que reflexionan sobre el significado de lo que sucede en la pantalla; eso podría distraer o confundir a la audiencia, pero es impresionante cómo termina por imprimirle una estructura casi musical y un sentimiento de gravedad moral a la película. Lo que sucede es una tragedia colectiva en la que cada una de las personas involucradas tiene experiencias distintas.

Reseña: ‘Mudbound: El color de la guerra’, una épica sobre las crueldades cotidianas

 
Mary J. Blige y Carey Mulligan CreditSteve Dietl/Netflix

Los Jackson son una familia de agricultores arrendatarios negros que han logrado, a lo largo de años de esfuerzos, tener algo de estabilidad y cierta esperanza de que las cosas mejorarán en el futuro. La tierra que trabajan es comprada por Henry McAllan (Jason Clarke), cuyas habilidades de negocios y de agricultura no empatan con sus ambiciones, por lo que él y su esposa, Laura (Carey Mulligan), terminan dependiendo de Hap y de Florence Jackson (Rob Morgan y Mary J. Blige). Mientras, Jamie (Garrett Hedlund), el hermano menor de Henry, se vuelve amigo del hijo mayor de los Jackson, Ronsel (Jason Mitchell). Ronsel y Jamie son veteranos de la guerra y su camaradería natural rompe con las reglas de la segregación racial, algo que enfurece en especial al padre de Jamie y Henry, un hombre viejo y odioso a quien llaman Pappy (Jonathan Banks).

La villanía de ese personaje raya en la caricatura, pero Mudbound no indica que esa es la representación más insidiosa de las ideas de una supuesta supremacía blanca, porque la película nunca sugiere que el veneno del racismo se presenta tan solo en las actitudes. Hap y Florence, por ejemplo, se enfrentan a un sistema de expropiación de tierras mientras intentan mantener a sus hijos y preservar su dignidad; el sistema —o la herencia del pillaje, en palabras del autor Ta-Nehisi Coates— está diseñado para que sigan siendo pobres, dependientes y viviendo en la precariedad. Su trabajo se vuelve la fianza para Henry, en medio de su incompetencia y mala suerte; los logros de los Jackson son ignorados para mitigar los fracasos de él.

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Jason Mitchell y Garrett Hedlund como compañeros veteranos CreditNetflix

Sin embargo, los integrantes más empáticos del clan McAllan —Laura es una mujer musical y bien leída, arrastrada al campo por su esposo y Jamie es un alma poética, pero disoluta— son, de cierto modo, más peligrosos para los Jackson. Ronsel recorrió el mundo y probó la libertad, por lo que las reglas estrictas rápidamente convierten a su hogar en un sitio intolerable. Y Jamie, a quien le gusta obviar las normas locales, no logra entender la asimetría de su amistad con Ronsel, una actitud que les acarrea terribles consecuencias. No diré cuáles son, aunque Mudbound empieza con alguien cavando una tumba y luego regresa en el tiempo.

En el camino suceden muchas cosas; quizá demasiadas. Sí hay partes de la trama que podrían haberse suprimido y giros que parecen demasiado improbables. Pero Rees también sabe que no todo se trata de la historia: lo que pasa es menos importante que a quién le pasa.

Y el público también puede disfrutar los momentos cotidianos —cómo Hap y Florence se comunican sin palabras; los recuerdos de la guerra que comparten Jamie y Ronsel; la paciencia solitaria de Laura; la inseguridad de Henry— y las actuaciones llenas de gracia que les dan vida a esos momentos.

La manera en la que se destacan los momentos de ternura y decencia son una prueba de la maestría de esta película, que recrea un mundo donde la crueldad es lo normal y la injusticia parece ser tan implacable como el clima.

https://www.nytimes.com/es

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