File:U.S. Department of Energy - Science - 119 009 007 (9575298701).jpg“La suerte favorece sólo a la mente preparada”, acertó alguna vez el científico Louis Pasteur. Y es que el fenómeno también conocido como casualidad tiene un rol prominente en muchas de las cosas que suceden tanto en nuestra vida privada, como en cuestiones colectivas, históricas y políticas. En el universo de la ciencia y en muchos de sus más importantes hallazgos esto es igualmente cierto —es el caso de la curiosa historia del descubrimiento de la penicilina o el de los rayos X.A pesar de que la casualidad no puede estudiarse de una forma rigurosamente científica, la evidencia circunstancial de la importancia de este fenómeno en los avances de la ciencia y la tecnología humanas es, quizá, lo que hace que tantos inversionistas, públicos y privados, apuesten grandes cantidades de dinero al año en investigaciones de corte científico alrededor del mundo.

Como concepto, entonces, la suerte o casualidad toca la ciencia de una forma no cuantificable sino más bien filosófica o conceptual. En este contexto, recientemente, el Consejo Europeo de Investigación asignó 1.4 millones de euros al científico e investigador social Ohid Yaqub para reunir evidencia sobre el papel que juega la casualidad en los descubrimientos científicos, una inversión singular que, sin embargo, ha arrojado resultados profundamente interesantes.

Yaqub desarrolló un método para hacer esta investigación. Al definir la casualidad en la ciencia como algo que no resulta solamente de “accidentes felices”, el científico ha definido cuatro tipos: el primero incluye los descubrimientos casuales que surgen de la investigación en un campo específico de la ciencia y que resultan en un descubrimiento en otro campo (como cuando 1943, investigaciones sobre las causas de explosión del gas pimienta, llevó a la idea de usar la quimioterapia para tratar el cáncer); el segundo tipo son aquellos descubrimientos que resultan de investigaciones que no tienen un propósito definido y llegan a conclusiones exitosas (como cuando Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X mientras jugaba con un tubo de rayos catódicos); también existen los descubrimientos que resultan de la investigación de un fenómeno específico y  cuyas conclusiones llegan a través de métodos no planeados (como es el casó de la vulcanización del caucho, que sucedió cuando Charles Goodyear comprobó lo efectos del calor sobre este material por accidente); finalmente, existen los descubrimientos científicos que responden a necesidades o preguntas que surgen más adelante en el tiempo (el vidrio de seguridad que se usa en los parabrisas de los coches se observó por primera vez en un frasco de laboratorio que al caerse no se rompió).

Habiendo hecho esta clasificación, Yaqub recorrió archivos y revisó cientos de casos de descubrimientos científicos accidentales. En todos los casos encontró ciertos elementos que se repetían, factores que de alguna manera están conectados a esta clase de sucesos como, por ejemplo, los errores, la capacidad de hacer observaciones astutas y un cierto grado de desorden controlado (que permite que ocurran sucesos inesperados, pero cuyas causas pueden ser rastreadas). Finalmente, el científico encontró que en la mayoría de los casos existía una trabajo colaborativo, que incluía redes de personas.

El experimento de Yaqub (que trabaja en la Universidad de Sussex, en el Reino Unido) sigue activo y, el científico espera que su método de clasificación permita saber más sobre la frecuencia de esta clase de incidentes y encontrar elementos más claros sobre su naturaleza y significado. Así también, los estudios de Yaqub podrían resultar en mayor información para los inversionistas y, por otro lado, en la capacidad de científicos en todo el mundo de crear las condiciones adecuadas para que estos incidentes ocurran.

Lo que hace fascinante este estudio no radica solamente en las posibilidades científicas que ofrecerá, también resulta emocionante (y, sobre todo, fuera de lo común) por unir dos mundos aparentemente dispares: el aspecto numérico y cuantificable de la ciencia, con la magia inexplicable de la casualidad.

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Imagen: U.S. Department of Energy, Public Domain