También su amistad fue arte

Balthus, Alberto Giacometti y el pintor André Derain no se parecían en nada, pero se admiraban

Desde la izquierda, Derain, Balthus, Alberto y Annette Giacometti, en los cincuenta.Desde la izquierda, Derain, Balthus, Alberto y Annette Giacometti, en los cincuenta. ALEXANDER LIBERMANGETTY TRUST

Picasso había puesto el mundo de la pintura patas arriba, pero Baltasar Balthus, aunque lo admiraba y eran amigos, se había negado a caer en sus redes. Picasso le dijo: “Eres el único pintor de tu generación que me interesa. Los demás quieren ser como Picasso. Tú no”. Balthus (París, 1908-2001), buscaba el secreto de la pintura en Poussin, en Masaccio, en Piero della Francesca, en Courbet y en ese camino encontró al escultor Alberto Giacometti y al pintor André Derain con los que formaría un triunvirato de amistad, ya legendaria, en el París de la última posguerra mundial. No se parecían en nada, pero se admiraban.

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André Derain, (Chatou, 1880- Garches, 1954), el mayor de los tres, de cuerpo grande y pesadas carnes era un pintor fovista, escultor, ilustrador y escenógrafo, maestro indiscutible, muy popular y aunque acabó colaborando con el régimen de Vichy, no dejó de ser venerado. Balthus lo pintó de pie con una bata de rayas y la mano en el corazón. En el retrato aparece una joven desnuda, Sonia Mossé, una modelo judía de Balthus y de Derain, que murió en un campo de exterminio. O tal vez se trataba de Raymonde, la amante del pintor.

El escultor suizo Giacometti, (Borgonovo, 1901-Coira, 1966), seco, sobrio, de rostro acuchillado de arrugas verticales bajo una pelambrera electrizada había llegado a través del surrealismo a una metafísica de la soledad, que transmitía a sus hierros erizados por una corriente espiritual. Esculpía, forjaba al fuego, dibujaba, escribía. “El arte me interesa mucho, pero la verdad me interesa mucho más… porque cuanto más me acerco a ella, más se aleja”. En busca de esa verdad absoluta parece que se dirigen sus figuras de caminantes obcecados.

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En cambio, Balthus tenía un aire gatuno y había rodeado su vida de un misterio que basculaba entre la miseria y el delirio de grandeza. “Necesito un castillo como el mendigo necesita un mendrugo de pan”, decía. De hecho, Balthus habitaba en el château de Chassy, de cuatro torres, destartalado, casi en ruinas, lleno de goteras, en compañía de su sobrina adolescente Frédérique, a la que había convertido en su modelo y amante. El pintor presumía del título nobiliario de conde de Rola, tal vez falso, extraído de un oscuro pasado aristocrático heredado en Polonia. Giacometti se rebelaba cuando iba a visitarle y lo recibía un criado con librea sabiendo que su amigo podía estar a punto de morir de hambre.

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Si Giacometti tenía el mismo aire místico de sus caminantes solitarios y Derain solo se movía por la emoción del color, a Balthus le acompañaba el escándalo lascivo de su pintura. En uno de sus cuadros aparece una adolescente morbosamente sentada con las piernas abiertas enseñando las bragas y a sus pies un gato, que no es sino un trasunto de Balthus, da lengüetazos a un plato de leche. Pero el pintor se disculpa: “Solo una vez pinté un cuadro a modo de provocación. En 1934 expuse en la galería Pierre Loeb, escondida entre bastidores, La lección de guitarra que se consideró demasiado atrevida en una época de provocaciones cubistas y surrealistas”. Muestra una escena lésbica muy tórrida entre dos adolescentes, con la misma composición de la Pietá de Miguel Ángel, en la que ambas se percuten el sexo como si se tratara de un instrumento musical. En medio del escándalo de esa exposición Balthus conoció a Derain y se hicieron amigos.

Los desnudos de Derain son muy carnales, pero limpios y sin una veladura de morbo que enturbie la emoción de la mirada más allá de la plástica. En cambio, Balthus, con ese aire de vampiro solitario, elegante y lunático estaba obsesionado en pintar la angélica inocencia de las niñas desnudas, que parecían soñar con los ojos abiertos y captarlas en el punto culminante anterior al placer solitario. Contra quienes le acusaban de saciarse con el erotismo de esas adolescentes, él afirmaba que pretendía lo contrario, rodearlas de un aura de silencio, de profundidad, de vértigo a su alrededor buscando, como Lewis Carroll, el secreto profundo, primitivo, inocente y desconocido del ángel que habita en el alma de las niñas. Pese a todo, aun hoy algunas de sus obras están vetadas en exposiciones.

Balthus llegó a la vejez alto y flaco. Y al final mientras la condesa Setsuko, su última esposa, vestida con kimono, realizaba la ceremonia del té frente a la alta montaña suiza como una geisha en la mansión de la Rossinière, las adolescentes que habían pasado por sus cuadros, Michelina, Katia, Natalie de Noailles, Anna, Sabine y Frédérique puede que le perturbaran la memoria, tal vez de forma diabólica. Frente a estos tres artistas se trata de saber si Balthus pintaba aquellos cuerpos púberes desnudos a modo de una oración que le llevaba a Dios a través de su belleza; si André Derain consideraba el paisaje como una forma de sentimiento, o si Giacometti pensaba que la verdad de la escultura estaba en forjar la cabeza y el resto del cuerpo solo eran antenas. En todo caso, aquí están los tres artistas reunidos para demostrar que la amistad también fue un arte.

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