Un poema de DAVID ARAUJO

Un poema de DAVID ARAUJO

EL SEÑOR DE LA GUERRA

I

Sabías que las dejaría

allá lejos, en nuestra isla,

bautizadas con los nombres más curiosos:

Cosmos, Energía, Progreso,

Investigación y Desarrollo.

Sabías que las dejaría

allá lejos abandonadas, esclavizadas,

sudando, estorbándoles el cuerpo,

adorando a mi gemelo, el de la máscara de cuero,

el de los mil azotes, el de la sensibilidad de fogata.

Sabías que no era por ellas

ni por el método de marcar a fuego

las manos a las nalgas como pinturas rupestres,

sino por ese manantial en el que descansaba en paz

y despertaba al alba y me levantaba listo para la guerra.

Sabías que no eran ni son las Luces ni la Moneda,

sino la Voluntad, desbordada, de Conquistarlo todo,

con gloria, de querer con fuerza infinita,

menos trabajo y más consuelo, como lo prometían.

Sabías de mi cansancio de años:

demasiado agotado para escuchar

demasiado necesitado de una mamada.

Todo por ti, todo por el Imperio. 

II

Tantos nombres, tantas máscaras,

los mismos gestos, las mismas prácticas:

el Conquistador

el Libertador

el Salvador.

Esa Voz que vuelve y vuelve,

unos ojos detrás de otros ojos

en una habitación a oscuras

vigilando, posándose, derritiéndose como un iceberg

al ver los cuerpos de marfil negro

que vienen al río a lavarse en caravanas

y descomponerse

en tantos nombres, tantas máscaras,

en los mismos gestos, las mismas prácticas.

Y esa Voz se levanta y anda y anda,

una y otra vez,

como Un falo guiando al pueblo,

un arpón de amor señalando una dirección,

un camino:

“Ahí levantaremos nuestra casa,

ahí erigiremos este tótem donde alguna vez hubo una mujer

capaz de acostarse con todos los animales del Paraíso”.

Y un ejército de mujeres corre a ver el sueño de Simón Bolivar

hecho realidad:

-Dorado, que quemas dorado, aquí te secas y mueres dorado.

-Esta marca, Amor, este número, es por una buena causa. Para salvar a mi hijo.

-¿Qué deseas de esta lengua que me has enseñado? ¿Qué quieres por una moneda?

Y esa Voz que vuelve y vuelve,

unos ojos detrás de otros ojos,

mirando desde la tierra

una pantalla allá en el cielo

vigilando, posándose,

derritiéndose como un iceberg

al ver un espectador gruñir, correrse

sobre tantos nombres, tantas máscaras,

sobre los mismos gestos, las mismas prácticas.

III

La máscara es un campo de batalla

que libra y borra todas las fronteras

y las trincheras no son más que suturas

de alguna herida recibida hace tiempo,

donde recibimos las cartas de alguna

de nuestras madres y con sorpresa

abrimos el paquete y nos sonreímos

al ver que junto a las fotos que envían

de todas esas bellas máscaras a la mesa,

en familia, nos han agregado un poco

de buen tabaco que liamos con las mismas

hojas que nos han llegado desde el Imperio

y las fumamos, inhalamos y exhalamos

y nos preguntamos sin preguntarnos,

¿cómo pueden salir de esas máscaras

las palabras de Dios si comen de la carne

de otra de las tantas máscaras de Dios?

Y luego, por alguna razón, recordamos

la historia que leímos cuando eramos niños

sobre un tigre, tan abominable y hermoso

como una máscara que les preguntaba

a sus comensales en una Última Cena,

“¿quién entre todos ustedes se atrevería

a quitarme el collar?”. Y nos contestamos,

con esa respuesta a la que nunca llegamos

sino por trampa, adelantando las páginas,

“La puede quitar quien se la ha puesto”.

IV

Orando, golpeando el miembro contra los muros,

vuelvo a pensar en esa máscara de cuero,

en ese nombre prestado

pintoresco como un gran boulevard,

con la que lograba entrar a la gran fiesta entre amigos,

donde me apabullaban con preguntas de todo tipo:

-Estuviste perdido tanto tiempo.

-Cuéntanos, ¿cómo es la Tierra?

-¿Cómo lograste salir de casa?

Y yo sólo lanzaba cerillos desde la hamaca

a la alberca, donde veía salir a Greco, renovado,

con la espalda negra, chamuscada por el sol.

-Todo está bien -les hubiera contestado

mientras los miraba desde la sombra de las palmeras,

con otros ojos detrás de estos ojos, inmutable,

acechando como una bestia, vigilando que las piezas

permanecieran cada una en su lugar,

“Tantos secretos, amigos. Pero hoy no. Hoy no”.

 

David Araujo (León, 1987), poeta y artista visual. Es autor de los libros de poesía Poemas para leer en el Imperio (2015), Prótesis americanas (2015), El señor de la guerra (2015), Campos de concentración de bolsillo (2014), Mi lucha (2013), Estudio sobre los girasoles de hierro (2013). Ha publicado tanto su obra poética como gráfica en diversas revistas y fanzines nacionales e internacionales. Actualmente inicia la dirección de la editorial SSF Press (Spiritual Sensuality Foundation Press) junto al poeta y artista mexicano J. Mauricio Orozco.

Colaboración: Aurelio Macó

http://www.revistaelhumo.com

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