La cuarta ola

La clave para entender la desigualdad entre hombres y mujeres es el poder, pero, por fin, el feminismo lo mira de frente y quizás anuncie así la llegada de una nueva fuerza transformadora. Es normal que este proceso genere inquietud

La cuarta ola
RAQUEL MARÍN

 

Hay algo que estos días inquieta en la conversación pública, la sacudida de una ola avasalladora construida con la extraña adhesión de complicidades entre desconocidas que simplemente afirman “yo también”. Y, sin embargo, no es nuevo: ocurrió cuando reclamamos ser parte del Contrato Social de la modernidad, cuando quisimos votar o cuando pretendimos hacer nuestra la vieja premisa ilustrada de que también somos soberanas de nuestros cuerpos y espíritus. Pero no bastaba con pedir la mitad de un mundo hecho, pues, al entrar a formar parte de su elaboración, nos percatamos con Simone de Beauvoir de que el nuestro “era un mundo que pertenecía a los hombres”. Ese clásico instante homérico en el que el impertinente Telémaco manda callar a su madre, nos explica Mary Beard, constituye el lugar fundacional desde el cual la experiencia humana se identifica con la experiencia del hombre. Y así, Penélope será la encarnación viva de una cultura en la que el silencio de la voz diferente de la mujer ofrece la clave crucial para entender el orden del mundo.

Aunque a menudo parezca que el feminismo surge de la nada como un tábano, en realidad siempre estuvo ahí. Existía —lo cuentan poetas y filósofas— mientras se definían los contornos del poder y cómo encajábamos en él; o cuando se delimitaban el éxito y el reconocimiento públicos. También cuando se articulaban los términos de la expresión individual, la racionalidad, el dominio de la naturaleza; mientras se exploraba el mundo y se cartografiaba, al fundar países, escribir constituciones, formular teorías sobre el universo y también en el arte. Estos dominios expresaban un imaginario cultural, social y simbólico que producía significado, y ya sabemos que la construcción de sentido no es indiferente a la producción de relaciones de poder.

La experiencia femenina fue apartada y silenciada de los discursos que construían el conocimiento, las palabras y el orden de las cosas. Aún hoy debemos recordar que los conceptos no encajan de una manera natural en el mundo, que contienen una carga valorativa y se envuelven en prejuicios. Lo vemos con el entendimiento tan estrecho de lo que significa la violencia, y en cómo fue preciso buscar las palabras adecuadas para otorgar nuevos significados que expresasen de qué manera —tan mundana a veces— se mermaban las oportunidades y los derechos de las mujeres. Resuenan aquí las palabras sabias, precisas, de Iris Young, pues lo hicimos esperando “evocar reconocimiento e, incluso, un poco de placer”.

Nos lo quisieron explicar, de una forma muy gamberra, las Guerrilla Girls durante la década de los ochenta. La mayoría de los desnudos de nuestros museos representaban cuerpos de mujeres; la mayoría estaban hechos por hombres. El arte era el dominio más gráfico para explorar en qué sentido la mujer era el objeto histórico de la representación, mientras el hombre era el sujeto que la representaba. Como Flaubert, “él hablaba por ella y decía a sus lectores en qué sentido era ‘típicamente’ mujer”. Así que tuvimos que desentrañar por qué nuestra definición social como mujeres nos colocaba en una inevitable situación de vulnerabilidad. Pero no se optó por la censura o la imposición dogmática de una manera de estudiar el canon. Paul Preciado lo explicó bien al definir el feminismo como “uno de los dominios teóricos y prácticos sometidos a mayor transformación y crítica reflexiva”. Sobre ello habían insistido voces como las de bell hooks, Angela Davis, Spivak o Despentes: se trataba de crear visiones alternativas a las miradas hegemónicas tanto dentro como fuera del feminismo.

Ningún discurso humanista como este ha experimentado hasta qué punto la censura o el silencio siempre serán algo “necesariamente incompletos”, pues mediante su negación, inevitablemente, se recupera para la conversación pública aquello que se quiere silenciar. Lo hemos comprobado recientemente con el secuestro de Fariña. Estamos en un momento en el que se pretende hacer categoría de la excepción, y saltan las alarmas ante un puñado de casos particulares que aspiran a enmarcar los términos del debate bajo la idea de una persecución o una ilusoria caza de brujas (¡De brujas, nada menos!). Ciertamente produce sonrojo.

Quizás sea porque estos ejemplos se siguen analizando desde una ceguera histórica. Incluso se habla de puritanismo en el país que contempló estupefacto cómo una limpiadora de hotel, mujer y negra, terminaba con la carrera política de uno de los hombres más poderosos del planeta. Por mucho que se intente defender a Strauss-Khan con el argumento de que fue presa de una emboscada, es difícil imaginar de qué manera Christine Lagarde habría mordido ese mismo anzuelo. Hay algo en esta forma de abuso de poder que solo puede entenderse desde su ejercicio como un atributo natural, definitorio de la virilidad. Pero también a partir de una tradición democrática, la norteamericana, que, sin un pasado aristocrático como el francés, ha interiorizado la idea de igualdad como una forma de ser de la sociedad misma, a pesar de que su realización sea todavía un objetivo lejano. Es indudable que el mismo pensador que nos explicó aquel país se preguntaría hoy si algo así habría podido suceder en Francia. “¿De verdad esto va de puritanismo?”, habría exhortado Tocqueville.

La clave para entender lo que ocurre es el poder. En realidad, siempre lo fue; pero, por fin, el feminismo lo mira de frente y quizás anuncie así la llegada de una nueva ola en su intensa historia. Es normal que genere inquietud, y Beauvoir lo sabía: “Es necesaria mucha abnegación para rechazar una posición de Sujeto único y absoluto”. Porque no solo se amenaza una condición de privilegio estructural, sino el sentido de una identidad que brota de las profundidades de nuestra propia tradición. Es parte del camino de un proceso silencioso que nos acompañó desde el inicio, y ese debería ser el marco de reconocimiento que posibilite una conversación pedagógica que explique por qué esto no es una guerra.

Pero también habría que preguntarse hasta qué punto es necesario mostrar nuestras heridas mediante testimonios personales, pues para algunas personas compartir su trauma también puede convertirse en una forma de violencia. Y lo más importante: no garantiza que se visibilice como un problema social. Aunque es políticamente decisivo que pidamos esa cuota de poder a través del reconocimiento, también es crucial pensar, con Judith Butler, cómo mantener “una relación transformadora” con las reglas que definen lo que merece ser o no reconocido; captar en todo momento la naturaleza específica del poder y dar con la correspondiente forma de resistencia. Hay que evitar que el feminismo también pueda devenir en un cliché, pues todo cliché, a base de repetirse, pierde su fuerza transformadora.

Máriam Martínez Bascuñán es profesora de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

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