La tercera especie: el carbono alterado

La tercera especie: el carbono alterado

Seres de carbono y seres de silicio. La futura convivencia que preocupa a apocalípticos como Elon Musk –que ya ve el alzamiento a la vuelta de la esquina–, y también a los expertos menos agoreros, ha tenido siempre dos protagonistas claros: humanos y robots. No son tantos los que han pensado en la tercera y definitiva especie: el carbono alterado. Personas mejoradas mediante tecnología o, dicho de otro modo, cíborgs.

El gurú de la inteligencia artificial Ray Kurzweil, teórico del transhumanismo al servicio de Google, lleva tiempo hablando del concepto de singularidad: en cosa de unas décadas, de aquí a 2045, los cacho carnes (que diría el bueno de Bender) nos fusionaremos con las máquinas y multiplicaremos a lo bestia nuestra aún limitada capacidad intelectual.

A ese futuro, o uno bastante parecido, nos traslada la nueva e infravalorada creación de Netflix Altered Carbon. No es la obra maestra que HBO se sacó de la manga con Westworld, pero invita a meditar sobre un sendero poco transitado de la inteligencia artificial: cómo cambiaremos los humanos cuando nuestra esencia pueda traducirse a unos y ceros.

En la serie, los humanos portan una especie de circuitos («pilas», amén del doblaje) que almacenan todo lo que nos define salvo el cuerpo (o «funda»). La muerte «real» solo es posible si ese prodigioso chip es destruido y no existe una copia de seguridad almacenada para la resurrección. Los ricos y poderosos no solo cuentan con backups que se transmiten constantemente vía satélite a alguna ubicación segura, sino que además poseen ejércitos de clones de su anatomía dispuestos a alojarlos de inmediato. Los pobres deben conformarse con la funda que tenga disponible el de la morgue.

Los consiguientes debates acerca de la identidad y la vida eterna se suceden, opacando por desgracia al que, de lejos, es el más original de los curiosos personajes del futuro. El verdadero protagonista de Altered Carbon es, o debería ser, un hotel con escopeta que rinde un homenaje constante, desde su nombre a sus modales, a la figura y obra de Allan Poe.

La inteligencia artificial que gestiona (y es) el desértico establecimiento que sirve de cuartel general a los héroes se aleja, y mucho, del habitual retrato cinematográfico de las máquinas. Si bien es capaz de auténticas carnicerías cuando se requieren, al más puro estilo killer robot, el bueno de Poe encarna todos los valores que nos gustaría ver en una IA: ama y comprende a los humanos, es leal, compasivo, servicial hasta el extremo, capaz de realizar sacrificios por una causa justa y tiene una brújula moral ajena a los maniqueísmos. Ni es un trozo de código desprendido de toda emoción ni uno de esos superordenadores malignos que Hollywood repite hasta la náusea.

En un mundo de cíborgs donde las personas han perdido buena parte de su humanidad, un ser compuesto de algoritmos es el mejor representante de los valores que supuestamente nos distinguen. Si así es cómo será el carbono alterado, mejor que reine el silicio. Con gente (artificial) como Poe, a quien debería temer Elon Musk es a sus propios congéneres. En nuestra manos está alcanzar la singularidad, si es que anda cerca, con la conciencia limpia y la esencia de una pieza. Nosotros somos el autor que tiene que escribir a Poe. Que no se tuerzan los renglones de código.

https://www.yorokobu.es/

Deja un comentario