Por un momento puede ser difícil de aceptar, pero lo más probable es que la vida no tenga sentido ni propósito definidos. Puede ser duro de admitir porque usualmente aprendemos o se nos enseña a creer lo contrario, y puede ser que mucha de nuestra vida la pasemos empeñados en responder esa pregunta. ¿Por qué estamos vivimos? ¿Cuál es el sentido de vivir? ¿A qué vinimos a este mundo? Si a esas cuestiones a las que damos tanta importancia respondemos con una nada tajante, diciendo que no hay ni un porqué ni un sentido ni un propósito, posiblemente sintamos cierto vértigo bajo nuestros pies, como si el suelo que creemos real se disolviera de pronto y nos descubriera un vacío infinito por el cual estamos a punto de precipitarnos.

¿Pero qué pasa si, por un momento, dejamos de pensar en esa caída y miramos a la nada de otra manera? Si nos atenemos a la evidencia física y biológica, lo cierto es que la vida es un accidente. Nietzsche se dio cuenta de ello, y no ha sido el único. “En un apartado rincón del universo, centelleante entre incontables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que ciertos animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más arrogante e hipócrita de la ‘Historia Universal’ –pero sólo un minuto”, escribió el filósofo al inicio de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Y vale la pena reparar en este verbo: “inventaron”. Todo en el ser humano es invención, siempre lo ha sido, pero en la medida en que nadie nunca nos ha disputado nuestras teorías sobre el mundo y la realidad, siempre las hemos creído ciertas, incontestables, tan unidas a los fenómenos como los fenómenos en sí, como si fenómeno y teoría fueran una y la misma cosa.

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Mirar por encima de esto puede ser angustiante, es cierto, pero también liberador. Darse cuenta de que todo lo humano es una invención cultural y colectiva puede arrebatarnos ciertas estabilidad de pensamiento y experiencia pero, si lo miramos de otro modo, nos entrega de lleno a la posibilidad de la creación ex nihilo. Como cuando estamos frente a una hoja en blanco y sobre su nada podemos hacer lo que queramos: dibujar, rayar, escribir, anotar, sentar las bases de una novela, componer dos o tres rimas, esbozar la casa de nuestros sueños… o dejarla en blanco.Ese es, en parte, el sentido del “optimismo nihilista” que se propone en el video que ahora compartimos, elaborado por el canal filosófico de difusión Kurzgesagt. La unión de estas dos palabras, sin duda, resulta extraña, pero vista a la luz de ese sentimiento, resulta coherente.

¿Por qué no pensar que la nada es el mejor contexto para crear algo? Si la vida no tiene sentido ni propósito, ¿no es esa la mejor condición para inventarnosnuestras propias condiciones de vida?

Imágenes: 1) Gabriel Caparó-Flickr 2) Dominio público

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