Tres historias sobre el infinito o los atributos de la divinidad (2/3)

  1. El saber

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Alguien se interna en la Red y pregunta: ¿Cómo esconder las cosas de valor? Y le responden de inmediato con claros y contundentes consejos, en breves líneas o un video, que el mejor lugar es el lugar donde no podrían estar. Otra u otro decididamente va hacia el portal, digamos de Apple para averiguar sobre un adaptador de corriente USB o del Instituto Nacional de Estadística del Perú para averiguar sobre la paternidad o maternidad precoz en la Región Ucayali (¿cuántos son padres entre los trece y lo dieciséis?), y le responden con la precisión de las imágenes o los cuadros estadísticos. Pero también hay otros saberes que no están en la Red, por el momento. Entonces, otra u otro le pregunta a la abuela, o al abuelo que fue cocinero durante años en un barco mercante, cómo se prepara un revuelto de erizos porque quiere prepararlo él mismo o ella misma y porque no hay en el mundo un placer culinario más grande que ése. Luego, saciado el placer del cuerpo, lo embarga un sentimiento de solidaridad con el mundo y decide compartir la receta en la Red. Así, a veces lentamente, a veces con la celeridad del resplandor, la Red se lo va tragando todo. Su apetito de información es insaciable.

Un buen día, un muchacho se despierta con los ojos legañosos, o es una muchacha que se despierta abanicando lentamente las pestañas, y abre la laptop o el celular inteligente y ve la hora, el clima (porque con el Niño a cuestas los cielos andan en desorden), las fotografías de las amigas y los amigos que ahora se pasean por la muralla China. Luego pregunta por los zapatos de temporada, ya es hora de estrenar algo nuevo; luego pregunta, en un arranque de espíritu patriótico, por la tripulación del monitor Huáscar del Almirante Grau, aquella gloria militar durante la Guerra del Pacífico, y se entera que en la tripulación había más que caballeros de los mares (y claro, presta atención a quien dice cholos y negros, y quién andinos y afros, y quién tripulación diversa culturalmente, y quién no dice nada y se supone que todos era unos caballeros de origen europeo y muy educados). Luego pregunta por la palabra ocuviri que le acaba de venir a la cabeza y le gusta cómo suena, aunque ya no sabe dónde la oyó (podría haber sido en el paradero de autobuses que está a un par de cuadras de la casa o en la cola para entrar al concierto metalero del viernes pasado), y le responden que ocuviri es una localidad de los andes peruanos, en la Región Puno, y que akaviri es el nombre de una raza de humanoides en un videojuego, y que okushiri es un pequeña isla del norte del Japón.

Luego pregunta (algo que siempre ha tenido atravesado en la garganta como una pepa de durazno) qué pasa cuando un árbol se transforma en madera y la madera en una casa y la casa, por un descuido o una venganza inusitada, en fuego y el fuego en humo y el humo en qué. Le dicen que hay varias respuestas, las espirituales que hablan del neuma y la reencarnación (¡los árboles también son seres vivos!), las religiosas que hablan de la voluntad divina, las físicas que hablan de la transformación constante de la materia, y otras más. Se decide hoy por la respuesta física, le ha surgido de pronto un apetito de saber científico, y la respuesta la lleva o lo lleva por una serie de vericuetos físico químico matemáticos y termina en que un agujero negro se lo traga todo y en que la materia se neutraliza con la antimateria (¿eso quiere decir que desaparece así como desaparece una aplicación de la pantalla con control-Q o command-Q y no queda nada?).

Después de varias horas o varios días o toda su vida hasta el presente, el muchacho o la muchacha observa la pantalla con agradecimiento. Me resuelve los problemas, me absuelve las preguntas, se dice. Sabe tantas, pero tantas cosas. Su saber es infinito: ¡Lo sabe todo! Sabe lo que pasó, lo que está pasando y lo que pasará después (contiene las predicciones de los sabios y los agoreros). Sabe lo que ocurre con el mundo con la vida y con la gente. Luego se da cuenta de que sabe sobre él o ella misma. Sabe su nombre, sus diversos avatares, quién es su familia, quiénes sus amigos, dónde vive, cuáles son sus videos preferidos. De pronto en la pantalla surgen unos grandes ojos que son los ojos del saber. Que son los ojos que lo saben todo y que ahora lo miran o la miran. Siente un gran respeto por esos ojos, es la sabiduría misma. Los ojos se abren muy grandes y siente que atraviesan las fronteras de su piel, que saben de sus pensamientos secretos, de sus sentimientos puros y de los decididamente bajos. Que sabe lo que él o ella no sabe de sí mismo o sí misma. Y eso sobrepasa cuanto puede sentir y adviene la veneración. Adviene el sometimiento a ese saber infinito que es de otro orden. Se mira a sí mismo o sí misma en la mirada de esos ojos. La mirada que proyecta el ser que es.

Por FERNANDO RIVERA 

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