Tres historias sobre el infinito o los atributos de la divinidad (3/3)

  1. La ubicuidad

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Una persona tiene un problema. Se acerca a un árbol, piensa y repiensa en el problema y sospecha que tiene la solución. Luego, va, hace lo que tiene que hacer, y resuelve el problema. Está feliz. Recuerda al árbol, podría decirse que le trajo suerte. Otro día, está en un dilema, se acerca al árbol porque cree que el árbol tiene buena vibra. Y en efecto, allí junto al árbol, resuelve el dilema. Se dice con los días, con las semanas, que ese árbol tiene algo especial. Se convierte en su amuleto inmueble al que acude con esperanza y, cada vez más, cierta fe. Incluso algunas veces va porque sí, porque lo carga o la carga con energía positiva, porque allí se siente, como se dice, feliz.

Una mañana de primavera, esta persona se muda a otra ciudad, pero no abandona al árbol, le toma una fotografía y se la lleva como recuerdo. O para recurrir a él en caso de algún apuro, aunque ya lleva en la memoria grabada una imagen de él que es mucho más intensa y presente que la foto grabada en la memoria del celular. Imagen que puede activar simplemente al cerrar los ojos y pensar en su tronco rugoso, en sus hojas que flotan en el sitio con el soplo del viento. Usa la fotografía cuantas veces puede. En el nacimiento de Jorgito, en el primer día de la escuela de Jorgito, en los días amargos después de la separación de Dany, en el examen de ascenso en el trabajo, frente al mar de la bahía para sentirse en compañía.

Otro día pierde la cartera, o se la roban, y con ella se va la fotografía. Pero no hay problema, tiene aún la imagen nítida del árbol en su memoria. Va a la casa, se detiene frente a la entrada para sacar la llave y ve al árbol proyectado sobre las placas de madera de la puerta. Se da cuenta que más importante que el árbol mismo con su tronco rugoso que raspa las palmas de las manos cuando se lo toca, con sus hojas secas que caen sobre las cabezas en otoño, es la imagen del árbol. No tan precisa ni tan exacta como el árbol tangible porque éste cambia cuando las estaciones del año cambian. Esta persona sabe ahora que la imagen no la abandonará jamás.

Entonces puede proyectar esa imagen del árbol, que no es precisamente su imagen o sólo es la imagen de un momento determinado del árbol, en cualquier superficie, lisa o porosa, irregular o plana. Puede incluso proyectarla sobre el mar cuando contempla la bahía desde un malecón, o sobre el humo, un humo algodonado que puede ser blanco o rojo, o sobre la espalda luminosa de Dany que ha regresado en un reencuentro fortuito que no se repetirá jamás. Se siente agradecido o agradecida por esa imagen que acompaña en las buenas y en la malas, por el árbol que imprimió en su ser la forma indeleble de su cuerpo vegetal. De pronto, descubre en un momento que no puede ser sino epifánico, que el árbol está en todas partes. Que el mundo, es un mundo árbol. Que él o ella vive como una pequeña hoja que flota en su sitio en el cuerpo de un gran árbol. Árbol que aparece con el simple gesto de su mirada.

Por FERNANDO RIVERA 

https://sobrelarena.blogspot.mx

Imagen: Árbol de fuego Carlos Toledo

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