A James Dean, un poema de Frank O’Hara

dean nyc copia

Imagen: Guilmo

 

Dadme la bienvenida, si queréis,
como el embajador de un odio
que sabe su causa
y no os envidia vuestro capricho
de acabar con él.
Por un joven actor estoy rogando
paz, dioses. Solitario
en las calles vacías de Nueva York
soy los sucios pies y la cabeza de esta ciudad
y él está muerto.
Se ha chocado contra vuestro muro
de aire, vuestra hybris, corriendo
hacia vuestras alturas y vosotros
le habéis echado de vuestra mesa
que está construida, cuán injustamente
para nosotros! No sobre árboles, sino sobre nubes.
Hablo por uno cuya suciedad
es como la suya, de soberbia
y velocidad y vuestro terrible
ejemplo más cercano que el discurso de las sirenas,
un espíritu ávido de castigo
que es vuestro único reconocimiento.
Paz! Para ser fiel a la ciudad
de las ratas y para amar la envidia
de los monótonos, bocazas manchados
por un arcano desánimo
latiendo calladamente en la percepción
de la desesperanza y del escándalo
con un vigor antinatural. Sus sueños
son suyos, como lo son los lavabos
de una gran terminal de ferrocarril
y las lentejuelas de un muy pequeño,
muy gordo párpado.
Yo asumo
esto y vosotros tomáis
el hilo de mi vida entre vuestros dientes,
hilo de hojalata deslustrado con el abuso,
todavía oiréis
mientras la bestia en mí mantenga
su poder taciturno de cerrar mis párpados
en lágrimas, y mis entrañas se muevan
en la búsqueda innoble de todos los mundos
en los que me habéis dejado solo, y sería
la dolorosa distracción de,
mientras convocáis vuestro ejército de angustias
que es un millón de burlones vasos sanguíneos
en los ojos y en los oídos
en ese instante antes de la muerte.
Y
los serviles que le rodeaban críticamente,
esperando lánguidamente a una
impertinencia final para rebelarse
y esclavizarlo, jóvenes estrellas y otras
cosas relucientes en la pocilga
embistiendo hacia el lodazal en su vana
polillosa adoración de cuidados
tacaños y anquilosados respetos
presentados a ellos mismos, vosotros los conservasteis,
como un hospital preserva a sus camilleros.
Son estos vuestros santos de los últimos días,
estos empalagosos mirones, sonámbulos
musculosos, esos escenarios para los que
ninguna palabra suficientemente vacía
se ha escrito, esos exhibicionistas en
cabinas bien escondidas, esos chupadores de ombligo?
¿Es cierto que vosotros altísimos, celebrados
entre moscas amorosas, odiáis el prodigio
y la invención de sus nervios?
Ocultar vuestra luz
de esmeradas trayectorias!
vuestro amor
debería ser difícil, como el suyo fue duro.
Orificios de dolor por las avenidas
de globos de saliva luminosos respiran
el perfume de su carne inocente
como humo, la elevación temporal,
el entusiasmo post-cancer
de actitudes viles y labios finos como velos,
ocultos en el descuido de vuestras tijeras.
Los hombres chillan desde la tumba mientras que todavía viven
y ahora yo soy la voz de este muerto
tartamudeando, un poco en la tierra.
Tomo
el alimento de sus pálidos ojos verdes
por el cual evitaré
que las flores crezcan, vuestras flores.

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