Cuba ha sido durante décadas un emblema de la izquierda, que agitó su bandera como símbolo de la resistencia frente a un imperialismo que hostigaba la isla y aplaudía sus logros en educación y sanidad mientras rebajaba a simples daños colaterales los atropellos a los derechos humanos y la represión a los opositores. Finalmente, ha acabado siendo una obsesión para la derecha, un obstáculo para la extensión de ese liberalismo tan benéfico que ha matado de hambre a millones de personas en América Latina y que ponía frente al espejo a las democracias títeres y las dictaduras de encargo financiadas por la CIA en el continente. De ahí el inusitado interés que despierta un país aparentemente insignificante en el contexto mundial.

La revolución llegó a hacer lo más difícil. Formó a médicos que han logrado que la esperanza de vida de los cubanos y la mortalidad infantil sea similar a la europea. Cerca de 50.000 de estos profesiones trabajan en 63 países y, como destaca Fernando Ravsberg en Le Monde Diplomatique, proporcionan el 80% de las divisas del país. De sus aulas han salido educadores que erradicaron el analfabetismo, físicos, arquitectos e ingenieros. Que todos esos cerebros vean pasar la vida sentados en el malecón o vendiendo puros a los turistas es el verdadero drama de un país que ha convertido en enemigos de la revolución a muchos de los que debían ser sus beneficiarios.

Cuba no ha sido la sangrienta dictadura que la propaganda estadounidense y el exilio de Miami se ha empeñado en presentar sino una muy sui generis en la que la recepción con la disidencia en cualquier visita de Estado era tan obligada como tomar un mojito en La Bodeguita del Medio. Pero ni el feroz bloqueo es coartada suficiente para privar de libertad a un pueblo que merece prosperar y enterrar en el desván de la historia las cartillas de racionamiento y a los comisarios políticos que vigilan en cada esquina las actitudes contrarrevolucionarias. Es a los cubanos y no a ninguna superpotencia a quienes corresponde decidir su futuro.

De la esclerosis del régimen era consciente el propio Raúl Castro, quien ha venido denunciando la corrupción, la discriminación racial, la gerontocracia, la planificación centralista y a unos burócratas que han boicoteado las tímidas reformas económicas porque el mercado negro y la doble moneda les han permitido  vivir como maharajas de Kapurthala con guayabera. De nada sirve permitir la importación de automóviles si se imponen precios de 250.000 euros para un Peugeot 2008.

La esperanza de un salto hacia delante se llama Miguel Díaz-Canel, delfín de Raúl y previsiblemente en las próximas horas el nuevo presidente de Cuba tras unas elecciones interminables que comenzaron con la elección de representantes municipales. Este ingeniero eléctrico de 57 años, hijo de un tornero y de una maestra de escuela, representa, o así se quiere ver, una nuevo aire, unas nuevas maneras desde sus primeros años en Santa Clara, cuando vestía pantalones cortos, iba en bicicleta y permitió el florecimiento de lo impensable: un importante movimiento de rock y un reducto de diversidad simbolizado en el Mejunje, el primer centro cultural dirigido por la comunidad LGTBI.

Díaz-Canel llegó al Gobierno en 2009 como ministro de Educación Superior, puesto desde el que renovó los contenidos de los planes de estudio en un país en  el que era más fácil encontrar a un físico nuclear que a un electricista. Dicen que impulsó la digitalización en los centros  y, quizás por eso de dar ejemplo, se convirtió en el primer alto funcionario que se dejó ver con una tableta en las reuniones donde sus pares garabateaban cuadernos con bolígrafo. Cuatro después fue nombrado vicepresidente: “No es un escalador elegido al azar. Su trayectoria comenzó hace treinta años, en la parte inferior de la escalera”, dijo entonces de él Raúl Castro para justificar su nombramiento.

Con el aliento en el cogote del propio Raúl y, especialmente, de su hijo Alejandro Castro, el coronel que dirige la comisión de Seguridad y Defensa y controla a la Policía y las Fuerzas Armadas, no es previsible que la de Díaz-Canel sea un revolución dentro de la revolución aunque sí debería pasar página a toda una época. Veremos si la nueva y vigilada estrella es capaz de brillar o se apaga como una cerilla.

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