Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Iñaki Berazaluce

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Tal día como antier, hace 75 años, Albert Hoffman salió de su trabajo en loslaboratorios Sandoz en Basilea y cogió su bicicleta para volver a casa pedaleando, como solía hacer. Aquel día había entrado en contacto con un compuesto químico en el que estaba trabajando, el LSD-25, y aquel paseo vespertino se convirtió en el primer viaje de tripi de la historia. Y nada volvió a ser lo mismo.

La dietilamina de ácido lisérgico –”mi hijo problemático”, como le denominó Hoffman, convertido en inopinado inspirador del movimiento psicodélico– desestabilizó los cimientos de la sociedad occidental en los años 60, y como tal fue condenado al ostracismo por la policía del pensamiento: a pesar de sus prometedores efectos terapéuticos, el LSD se prohibió en Estados Unidos en 1966, junto con otras drogas psiquedélicas que resultaban una amenaza para el establishment.

Como es evidente, la prohibición no hizo desaparecer sino mutar la apariencia y la administración del LSD. Si hasta entonces lo administraban señores con bata blanca, en comprimidos o gotas, en el desconcertante contexto de una clínica psiquiátrica, la ilegalización trajo consigo el ‘tripi’: un cartoncito empapado en LSD y con dibujo alegórico al alquimista que fabricó el ácido. Bicicletas, doble gota, Panoramix, Cat Freddy, fresas, Simpsons, supermanes, Smileys, micropuntos, soles sonrientes… El tripi se convirtió en arte (y, por supuesto, también tiene su museo).

Hemos pedido a un selecto grupo de psiconautas que nos cuenten sus aventuras con algunos de estos tripis de leyenda. Los relatos nos han llegado por Facebook, correo electrónico, mensajes de voz de WhatsApp, bis a bis… y en comunicación directa con el ajo, por supuesto.

Fresa

Circa 1993

“Nos comimos medio tripi cada uno en una acampada en la sierra de Madrid. Éramos cuatro amigos en un entorno de ensueño. Cuando aquello empezó a subir me vi poseído por el espíritu de Chiquito de la Calzada. Al principio nos hizo mucha gracia pero horas después no podía dejar de hablar y moverme como Chiquito… “¡No puedorrrr! ¡Suéltame, pecadorrrr!”. En un momento dado tuvimos la genial idea de escalar una pared. Sin cuerdas, de tripi… Me caí desde cinco metros y me golpeé la rabadilla con una roca. Cuando llegué a mi casa al día siguiente mi madre me miró espantada: “¿¡Qué te ha pasado, hijo mío? ¿te han sodomizado?!”.

Jairo Velázquez

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Foto: Farmer Dodds, Flickr.

Dragón naranja doble gota

1994

“Éramos cuatro amigos. Nos comimos un dragón entero, con patas y todo, media hora antes de la visita al Castillo del Rey Loco, en Munich. A los 45 minutos todo empezó a temblar, todo se empezó a transformar… Éramos parte de una visita guidada. Al llegar a la “sala de los Cantores” vi un fresco que representaba un bosque y recuerdo meterme dentro de él porque veía moverse los árboles, el agua, las ardillas, escuchar el viento… Al volver al grupo nos dimos cuenta de repente de que todos los turistas eran en realidad agentes de la KGB, con su gabardina, pistola, bigote y sombrero. Me miré a un espejo y mis cejas eran sendos puentes romanos de los que brotaban agua. Nos metimos sin querer por una escalera y ahí entré en una espiral de irrealidad de la que sólo quedó un 0.2% de consciencia. Al verme tan fuera de mí, mi amiga Patri me dio un Valium -una llave de salida para el tripi- y sólo con tocarlo con la lengua volví de repente al castillo, a la visita turística y la realidad.”

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Foto: Blotter Art.

Bicicletas

1997

“Corría el año 1997. Era el primer evento que R. y yo teníamos que cubrir como reporteros para la revista Heavy Rock: se trataba de la segunda edición del Festival Viña Rock, en Villarrobledo, Albacete. Tocaban Hamlet, Def Con Dos, Extremoduro, y Reincidentes, y Soziedad Alkóholika. Condujimos hasta allí en un coche que alquilamos junto con F, con quien compartíamos piso aquel curso de segundo de Periodismo. Decidimos adquirir para la ocasión veinticinco tripis doble gota, el dibujo completo de una bicicleta, el mítico grabado que conmemora el famoso viaje de Albert Hofmann sobre dos ruedas. Pues bien, al llegar, parapetados con nuestros bártulos periodísticos, comenzamos a introducircartoncitos amarillos en las botellas de cerveza y los minis de kalimotxo, a modo de calentamiento para entonarnos un poco antes de que dieran comienzo los conciertos. Una hora después, había desaparecido el festival, se había diluido la música en directo, y allí yacíamos los tres, con la realidad completamente desintegrada, revolcándonos por los suelos. No nos habíamos movido del aparcamiento. Teníamos que escribir, habían confiado en nosotros para cubrir el evento. No hubo modo humano de salir de aquel celestial infierno. Mientras F conversaba con las hormigas, R temblaba, temiendo haberse vuelto loco, y asegurando que se iba a morir. Transcurrieron eras geológicas hasta que su ansiedad se calmara. Recuerdo vislumbrar un campo abierto, de champiñones gigantes, que se presentaban atemorizantes cuando intentábamos atravesar al más allá. Así que allí nos quedamos, dentro y fuera del coche, lejos del festival, flipando y viajando por los intrincados caminos de la psicodelia, hasta el día siguiente. Disolución del ego, descomposición del tiempo y el espacio, y además recuerdo que hacía viento, mucho viento. El artículo lo titulamos «Lo que el viento no se llevó», y la crónica del viernes la escribimos preguntando a la gente su opinión sobre el concierto del día anterior. Inauguraba Vantroy. El sábado la cosa cambió. Zona VIP, conciertos, fotos, entrevistas. No volvimos a probar los secantes hasta pasados muchos días. Sé que no era el mejor contexto para viajar con herramientas tan poderosas. Lo sé ahora: por aquel entonces, con veinte años recién cumplidos, doy fe de que no lo sabía…”

Igor

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Gotas (muchas)

2005

“Un tipo me compró un gotero de LSD puro (creo que pagó 150 euros). Unos días después recibí una llamada suya: su novia se había tomado, no una gota, como le dije, sino el tubito dosificador entero, unas 15 dosis. La chica se quería morir y el sujeto quería que yo me responsabilizara. “No es responsabilidad mía, sino tuya, pero no quiero que la chica sufra, así que iré”. Y fui, en plan Señor Lobo: “Necesitamos un cuarto en penumbra y con alfombra, muchos cojines y almohadas, música clásica y un gatito o un perrito. Tu novia lo va a pasar fatal durante las próximas diez horas pero a partir de entonces va a tener el mejor viaje de su vida”.

Luciano, camello de LSD

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Fat Freddy

2003

“Yo vendía tripis en Brasil, pero llevaba años sin comerme ninguno, porque me parecían bastante flojitos comparados con los que tomábamos en los 90 en Sevilla. Un día me invitaron a uno -pon que era un Fat Freddy, porque no me acuerdo del dibujo- y tuve un viajazo memorable. Recuerdo que iba andando por las calles y en el momento que paraba y dejaba de hacer mi ser se evaporaba y desaparecía. Sólo cuando volvía a caminar o a moverme me convertía de nuevo en persona, ignorando completamente de dónde había venido. Una rayada maravillosa”.

Alicia

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Bicicletas 50 aniversario

Circa 2008

“Me las regaló un amigo de Granada y me los llevé India. En Hampi me encontré con dos amigos, un alemán y una chica, y una luna llena subimos a la montaña Matanga, que tiene un templo en su cima. En su momento parecía una buena idea. En la cima tuve una experiencia aterradora: me puse a mear desde el borde del precipicio y tuve la sensación de que el chorro de pis tiraba de mí desde el vacío. Entonces me lancé al suelo y pedí un rescate a mis amigos. Cuando volvimos al pueblo ya estaba amaneciendo, paramos a tomar un chai en una puestito y empezamos a fantasear con la idea de recorrer la India en rickshaw. A los pocos minutos apareció un tipo vestido de naranja conduciendo un rickshaw de color dorado. Nos contó que venía de Benarés con su familia y que el rickshaw estaba en venta. Interpretamos sy aparición como una señal y, como no podía ser de otra manera, se lo compramos. Pero eso es otra historia…”

Geriberto

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Black Acid

Años 90

“Íbamos a una rave en la que pinchaban los Chemical Brothers en una nave industrial a las afueras de Washington D.C. Quedo con cinco o seis amigos y nos tomamos medio tripi negro por cabeza. Como no nos subía nos tomamos una pastilla. Al rato, ya impacientes, sugerí fumarnos un porro de marihuana… y aquello fue el acabóse. En cuestión de 15 minutos perdí a todos mis amigos y no los volví a ver en toda la noche. Las siete cabezas explotaron al mismo tiempo y cada un emprendió su odisea: uno se subió en un taxi y pagó ciento y pico dólares para que le llevara de vuelta a su casa. A otro le arrestó la policía, le llevaron al hospital y desde ese día, esta persona que tenía problemas con el alcohol dejó de beber para siempre porque tuvo una visión de lo que iba a ser su vida si no paraba de beber. Yo me pasé toda la noche dando vueltas por el perímetro externo porque no me veía capaz de llegar a la pista principal, por que sentía que había una especie de infierno, un Sodoma al que no me atrevía a franquear”.

Arturo

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Imagen: Blotter Barn.

Gotas de LSD puro

1994

“Tardé tiempo en enterarme que mi padre guardaba LSD puro en la nevera, en un bote de colirio. Tenía 16 años y un día me tomé una sola gota diluida en agua. Si cierro los ojos todavía puedo recordar aquel sabor, levemente amargo. Me pasé toda la noche solo en casa aprovechando que aquel día mis mayores se habían ido a un concierto. En cuando empezó a subir aquello me dije que no podía tener miedo porque nadie iba a prestarme auxilio aquella noche. Mientras el techo de la habitación empezaba a “respirar” y la cortina de la ventana ensayaba una extraña danza estando cerrada, decidí –literalmente- mirar de frente a la lisergia. Me desnudé y me fui a un espejo grande que había en el salón. No sé el tiempo que pasé observándome, pero recuerdo que lo hice como si fuese con unos ojos nuevos. Vi el espíritu y vi cómo mi cuerpo como si fuese una armadura que protege una llama que le es, precisamente, lo que le aporta vida y conocemos como espíritu. Aquel viaje duró más de 6 horas y me cambió para siempre”.

Antonio Baltasar

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Cartón

2010

“Una amiga y yo fuimos al festival Mar de Músicas de Murcia con 18 años recién cumplidos. Íbamos buscando MDMA -no lo habíamos probado nunca, pero parecía lo apropiado para un concierto-. En lugar de eso conseguimos un tripi que nos vendió un punki. Bueno, más bien cartón de embalar marrón en el que -aseguraba- había puesto LSD. Le pagamos 15 euros por el tripi. Lo perdimos. Le compramos otro. “Tomad sólo un cuartito”, nos insistió. Tomamos un cuartito mientras veíamos a Lori Meyers (ya, no era el mejor plan) y como aquello no hacía nada nos tomamos el otro cuartito. Entonces entramos en una espiral de bendita locura en la que nos pasó de todo: estábamos convencidas de que nosotras habíamos creado el mundo, pero no podíamos entender por qué la gente -la habíamos creado nosotras- era tan fea. La pista de baile era una especie de cúpula venida del mundo exterior que amenazaba con engullirnos. Intimidante y fascinante. Cuando por fin logramos llegar a la tienda de campaña nos pasamos cinco horas riendo como locas”.

Inés

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

Micropuntos

Verano del 94

“De fiesta con un compañero de mi curso de inglés. Yo tenía 23 años, él 17 y no se había drogado nunca. Yo algo más. Entramos en la discoteca Heaven, muy de moda en aquella época. Encontré un dealer y le compré todo lo que tenía: éxtasis y micropuntos. Nos comimos medio micropunto cada uno (y las pastis) y pasamos una noche enloquecida por todos los after de Londres, con la luz del Big Ben perpetuamente sobrevolando sobre nosotros. Tenía que acompañar al chaval a los baños porque aquellos bujarras se lo intentaban follar a la mínima. Al día siguiente yo estaba refulgente pero sospecho que mi compañero de farra nunca volvió a ser el mismo”.

Iñaki

Diez tripis de leyenda (y sus locas aventuras)

BONUS TRACK: El hombre que fabricaba el 90% del LSD del mundo

http://blogs.publico.es/strambotic

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