La inmortalidad a la vuelta de la esquina

Se cumple el décimo aniversario de la muerte del guionista Rafael Azcona, que se despidió de la vida con estas dos palabras: “Ya está”

Rafael Azcona, retratado en Madrid en 2006.
Rafael Azcona, retratado en Madrid en 2006.RICARDO GUTIÉRREZ

 

La Pascua cayó en pleno equinoccio de primavera en 2008. Ese año los cristianos celebraron la Resurrección el 23 de marzo y a la mañana siguiente de gloria, entre aleluyas y campanas, también pasó a la inmortalidad Rafael Azcona. Los amigos lo supimos unos días después porque había dejado escrito que no se diera a nadie la noticia de su muerte hasta que su cuerpo hubiera sido incinerado. Fue una elegante manera de esfumarse de este mundo por la puerta de atrás, ya que nos ahorró contemplar destruido aquel rostro, que tantas carcajadas albergó. Cuando Azcona supo que su enfermedad era un morlaco imposible de lidiar, dejó de ver a los amigos y solo atendía por teléfono o email con el humor y la generosidad de siempre. Su retiro de preparación para abordar la barca de Caronte duró un año. Estuvo bien, sin sufrir demasiado, revisando sus primeras novelas, escribiendo algunos guiones. “Le sobraron solo ocho días”, me dijo su médico. Se despidió de la vida con estas dos palabras, las últimas, bien sencillas. “Ya está”, dijo y a continuación se largó sin más.

Han pasado diez años de su muerte. La Academia de Cine acaba de celebrar un homenaje en memoria de este guionista genial y en el acto han hablado los amigos, sus compañeros de oficio, sus admiradores. Durante un tiempo en los almuerzos los amigos inclinábamos su silla contra la mesa para tenerle presente. Solo faltaba ponerle plato, cubierto, servilleta y llenarle el vaso de vino. Lo hacíamos a veces. Con ocasión del décimo aniversario de su muerte la editorial Pepitas de Calabaza ha publicado una recopilación de sus primeros escritos (1952-1959), dispersos en varios diarios y revistas, Viaje a una sala de fiestas, que contienen todas las semillas del genio de este escritor, el humor ácido, el ingenio irónico, la percepción lúcida, la literatura pegada a la vida de los seres subalternos que se mueven en la parte sumergida de la historia. Es un Azcona puro con el oído ya desarrollado para captar el sonido auténtico de las palabras.

En las vacaciones de pascua del año anterior a su muerte, cuando todo Madrid huía hacia las playas, le pregunté: “Rafael, ¿tú no sales?”. Me respondió: “Yo ya salí de Logroño”. En efecto, un amor contrariado y el sueño de ser escritor lo trajeron a Madrid en 1950. Después de realizar la visita obligatoria al café Gijón y calentar el peluche sin más esperanza de gloria que soñar con un imposible pepito de ternera, se empleó de contable en una carbonería, luego fue recepcionista en un hotel de mala muerte, y vivió en una pensión de la plaza del Carmen especializada en opositores a Correos de donde sacó su novela Los Ilusos, una obra maestra del realismo social. Su padre era azconiano, sastre y cojo, cantaba fragmentos de zarzuela en el taller y las oficialas hacían los coros, había fundado una cuadrilla de toreros, afición heredada por su hijo, que un día soñó con ser novillero con más miedo que arte. El amor contrariado que había dejado en Logroño le propició los primeros versos en las justas poéticas del café Varela a cambio de que no le obligaran a consumir ni un café con leche y le dieran el agua gratis. De esa bohemia lo A Rafael Azcona lo definían sus zapatos, resistentes, cómodos, apropiados para el barro,  preparados para no pisar ninguna mierda ni tener que meterse en charcos innecesarios

Yo admiraba mucho los artículos y dibujos de Azcona de esa revista de humor, que siendo adolescente recibíamos en casa. Uno de mis propósitos al llegar a Madrid era conocer a este personaje. Alguien en el café Gijón me dijo que solía andar por el Comercial. Empecé a merodear por allí hasta que un día después de comer descubrí que en el local casi vacío un tipo repantigado en uno de los peluches dormía la siesta con la cara cubierta con una servilleta blanca. Le pregunté a un camarero si por allí caía alguna vez el famoso humorista y dibujante Rafael Azcona. El camarero me dijo: “Es ese señor que está debajo de la servilleta”. No me atreví a despertarlo, pero después de varias consumiciones, viendo que no arriaba el paño para mostrar su rostro, abandoné el establecimiento. Me consolé pensando que, al menos había visto qué jersey y pantalones vestía, qué zapatos calzaba de mi héroe. Como a muchos hombres enteros, a Rafael Azcona lo definían sus zapatos. Usaba un calzado resistente, cómodo y apropiado para el barro, aunque los zapatos de Azcona eran de una marca especial: habían salido de fábrica preparados para no pisar ninguna mierda ni tener que meterse en charcos innecesarios. Siempre miraba dónde ponía el pie. Tal vez esa lección la había aprendido una noche oscura en aquella Ibiza prehippy cuando volvía a casa en bicicleta después de una fiesta y llevado por la emoción poética le dio por levantar los ojos hacia las estrellas y se dio un batacazo. Una y no más. Había que dejar las constelaciones en su sitio allá arriba y poner la metafísica al nivel de las hormigas. Puede que el mundo de Azcona haya pasado, pero su genio seguirá siempre en pie.

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