Madre naturaleza, vuélveme árbol

El ser humano tiene muchas cosas que aprender de las plantas: por ejemplo, su forma de acceder al mundo de manera no propietaria

Madre naturaleza, vuélveme árbol
PACO PUENTES

El año pasado mi amigo Cornelio Robles me invitó a la pequeña localidad chaqueña de Itanambikua a festejar el arete guasu, la “fiesta grande” de los guaraní, el acontecimiento en que el mundo de los vivos se junta con el mundo de los muertos y las ánimas de los seres queridos regresan a bailar con nosotros. Todo el pueblo se había reunido en el patio de una casa, alrededor de un gigantesco algarrobo. Cornelio me explicó que el arete guasu, la fiesta más importante de los guaraní, se lleva a cabo en una casa donde existe este árbol, que es parte fundamental de la comunidad: bajo el algarrobo los guaraní reciben a los amigos y a las visitas, los abuelos cuentan las historias de los antepasados y el chamán realiza el ritual visionario de la gran fumada. Me pareció curioso que este árbol inmenso y majestuoso propiciara el encuentro ultraterreno, pero también pude ver por qué: bajo el tórrido sol del Chaco, la generosa sombra del algarrobo era un consuelo. Tres días después, con las imágenes de lo vivido flotando en la cabeza, regresé a la ciudad a enterarme de que el centenario jorori que veo desde mi balcón será talado pronto para construir en su lugar el moderno edificio Jorori Towers.

Son pocas las comunidades que respetan a los árboles y a las plantas. Para la mayoría, esos seres extraños que nos rodean y que conforman el 99.9% de los biomas del planeta son apenas paisaje decorativo o material para el extractivismo salvaje. Sin embargo, los últimos trabajos científicos y biológicos muestran lo mucho que nos perdemos con una concepción tan limitada. En Las canciones de los árboles (Turner), David Georges Haskell habla del sistema increíblemente sofisticado de alianzas interespecies que establece un árbol para sobrevivir los rigores del bosque: cada rama está ocupada por pequeños y complejos microclimas compuestos por cactus, líquenes e insectos; los biólogos trabajan usualmente a nivel del suelo, pero se cree que la mitad -¡sí, la mitad!- de las especies del bosque habita en las copas de los árboles. “Donde el arte de la guerra está desarrollado de forma tan suprema, la supervivencia paradójicamente implica rendirse, abandonar el yo para unirse con aliados”, afirma Haskell.

Ese abandono del yo es quizás lo que resulte más misterioso del mundo vegetal. Los animales producimos nuestro yo a partir de la actividad cerebral, pero las plantas carecen de cerebro y de sistema nervioso. Esto ha llevado a creer que las plantas son seres inferiores, pero en realidad hay numerosos beneficios en la naturaleza descerebrada de las plantas: en “The Intelligent Plant”, Michael Pollan observa que las plantas se organizan como una “red sin líder”. Imagina que te cercenaran el 90% del cuerpo y que tus miembros volvieran a crecer: eso es exactamente lo que hace una planta, y es una propiedad que no posee ningún animal. El sistema modular y descentralizado de las plantas les permite regenerarse ante los ataques de los animales; para los seres que no caminan, carecer de cerebro es una ventaja.

Todo este trabajo científico en torno a las plantas también influye en el pensamiento ambiental. En Plant-Thinking. A Philosophy of Vegetable Life, el filósofo Michael Marder señala que el ser humano tiene muchas cosas que aprender de las plantas para un mejor relacionamiento con la biósfera: por ejemplo, su forma de acceder al mundo “de manera no propietaria”, y su capacidad para nutrirse de todo lo que la rodea no para ella misma, porque no tiene un yo autónomo, sino para traspasarle poder a los demás, sean los demás otras plantas o minerales o los seres humanos mismos. Al revés de los seres humanos, asimilar al otro es para la planta salirse de sí misma. Así, quizás si seguimos el ejemplo de las plantas podríamos invertir nuestra actual relación perjudicial con el medio ambiente.

Si bien las plantas rara vez aparecen como sujetos en los libros, la literatura latinoamericana tiene un par de libros notables que abordan el mundo vegetal de una manera sui generis. Uno de ellos es La Vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera, novela alucinatoria y feroz que presenta a un personaje que, a medida que se adentra en la selva castigada por la explotación del caucho, va perdiendo la razón y siente que los árboles le susurran y lo quieren atrapar. Sacudido por el yagé, un compañero de viaje se comunica telepáticamente con los árboles y los escucha quejarse de “la mano que los hería, del hacha que los derribaba”. En la maravillosa novela Eisejuaz (1971), de la argentina Sara Gallardo, un indio mataco, a contrapelo de lo que le enseñaron los misioneros cristianos, busca a Dios rezándole a los animales y a las plantas en un monte cada vez más cercado por el avance destructor de la civilización. Ante el ocaso de la cultura indígena, cada vez más obsoleta en el mundo moderno, el mataco reflexiona con una metáfora vegetal: “Es difícil cumplir en este mundo de sombras. Pero no podemos llorar por lo que somos. Solo decir: ‘Aquí estoy, y en mi ceguera digo: bueno. Así como dice en su ceguera la semilla que nada sabe, y nace el árbol, que ella no conoce’”.

El poeta y protoecologista boliviano Man Cesped escribió hace casi un siglo: “Madre naturaleza, vuélveme árbol”. Aquel canto expresa el anhelo por conectar con el profundo enigma de los seres vegetales, esas vidas silenciosas y elusivas que son el portal a una forma más colaborativa de relacionarse con el mundo.

Liliana Colanzi (Santa Cruz, Boliva, 1981) es autora de los libros Vacaciones permanentes, La ola y Nuestro mundo muerto.

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