¿Postcristianismo?

Solo el 22% de las bodas que se celebran lo hacen por el rito católico, cuando en el año 2000 eran el 75%

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Mientras los obispos estaban esta semana reunidos en la Conferencia Episcopal analizando, entre otros temas, el papel de los cristianos laicos en la sociedad o cómo organizar los seminarios, varios medios de comunicación recordaban algunos datos interesantes del proceso de secularización en España. Por ejemplo, solo el 22 por ciento de las bodas que se celebran lo hacen por el rito católico, cuando en el año 2000 eran el 75 por ciento.  Desde el año 2006, el número de ciudadanos que se confiesan católicos ha descendido 10 puntos. Según los datos oficiales, el 66,9 por ciento de los españoles se declaran católicos; solo el 13, 9 por ciento confiesan que van a misa los domingos. Un número que, por otra parte, en cifras absolutas no es nada desdeñable.

En estos días de coincidencias, la editorial Encuentro recibía los primeros ejemplares de una joya editorial que pondrá muy pronto en el mercado. Se trata del último libro del cardenal Ángelo Scola, arzobispo emérito de Milán, titulado «¿Postcristianismo? El malestar y las esperanza de Occidente». La pregunta de partida, con un certero diagnóstico que se puede aplicar a nuestra realidad, es si se ha agotado la fuerza fascinante del anuncio de un Dios que sale al encuentro de nuestra esperanza, si se ha agotado el cristianismo. De entre los relatos más significativos en la modernidad, el que nace de la fe cristina ha sido protagonista indiscutible, ¿sigue siéndolo ahora? La progresiva reducción de la práctica cristiana indica que se está derrumbando el cristianismo convencional, lo que no implica que se esté derrumbando el cristianismo. De hecho, como se puede comprobar en el día a día de la Iglesia real, aparecen iniciativas ilusionantes que impactan en la vida de las personas. Ahí tenemos algunos casos de sorprendente éxito como los retiros de Emaús o los nuevos métodos de formación en la experiencia cristiana al estilo Life teen. Estamos ante una nueva oportunidad para mostrar la relevancia pública de la fe que representa un bien para la persona y la sociedad. Es cuestión de partir del núcleo interior y no de las exigencias de quienes marcan la agenda política.

 

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