‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

‘Wild Wild Country’: no hay guion que supere un documental así

La eterna disputa entre realidad y ficción es un combate de escaso interés, como lo son todos aquellos decididos de antemano. A la ficción no solo se le exige que sea buena, también ha de parecerlo. Real. Verosímil. No basta que los hechos sean entretenidos, tienen que guardar cierta lógica y resultar creíbles. La realidad, obviamente, no se enfrenta a ese problema. Vale todo. Un día puedes salir de tu casa rumbo a la oportunidad de tu vida y llega un autobús, te atropella y te quita del tabaco. Esas cosas pasan, pero prueba a escribirlo en una película, verás dónde te mandan.

Por eso, por más que un experimentado guionista quiera exprimir hasta la última gota de su imaginación para parir una obra magnífica, nunca podrá competir con algo como Wild Wild Country. A lo largo de sus seis capítulos (de una hora de duración), el espectador tendrá que pellizcarse en repetidas ocasiones para creerse la narración. De hecho, si fuera ficción, el primer impulso sería desconectar. Sin embargo, como sabemos que es real, toda la atención se centra en saber cómo fue posible. Por eso la realidad siempre gana.

Cuanto menos se sepa a la hora de enfrentarse a esta nueva producción de Netflix, mejor. Aunque valga como mínima sinopsis que la serie documental recoge las aventuras y desventuras de una secta liderada por un gurú indio llamado Bhagwan. Del apellido tomarían el nombre sus seguidores, los rajneeshes. La congregación se inicia en su país natal, pero tras algunos problemas legales deciden mudarse para construir desde cero una ciudad. Así, como suena.

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El resultado es que miles de excéntricos desembarcan en medio de ninguna parte. Concretamente, en un minúsculo pueblo de Oregón. En el Oregón de 1981, si es que aquello ha cambiado mucho desde entonces.

Los documentales, al igual que cualquier obra audiovisual, basan su éxito en la pericia para transmitir la historia. En cómo se presenta y se dosifica la información. Y Wild Wild Country lo hace de manera magistral. El arranque utiliza las declaraciones actuales de algunos vecinos de Antelope, el pueblo en mitad de la nada. Ellos rememoran cómo vivieron la llegada de unos invasores con prendas rojas de pies a cabeza.

El espectador, que también se enfrenta a lo desconocido, queda inmediatamente identificado con ellos. Para mayor impacto, las entrevistas se entremezclan con imágenes de archivo de la llegada de los rajneeshes.

Ya desde la misma presentación se apunta la comisión de delitos. Como esos sucesos tardarían mucho en llegar, aquí se adelantan en forma de píldoras. Sin desvelar nada concreto que arruine la sorpresa, pero insinuando el impresionante lío que se formaría con aquellos tipos.

A continuación se introduce a Ma Anand Sheela. Aún no lo sabemos, pero será la gran protagonista de la historia, ya que la secretaria y portavoz del gurú participará en escándalos mayúsculos. De nuevo, otra píldora informativa con imágenes de los 80 para ponernos en antecedentes. Y llega el primer bombazo: el tiempo ha pasado y esa señora que camina de espaldas por el bosque, con aire apacible y pinta de pasar las tardes colaborando con una ONG, es ella. El documental ha conseguido su testimonio. Y va a contarnos paso a paso todo lo que sucedió con su secta.

La narración la completan varios rajneeshes, ahora convertidos en personas de aspecto respetable que peinan canas. Como la comuna estaba repleta de cámaras de vídeo y la televisión alimentó el escándalo durante años, todo cuanto desvelan se confronta y completa con las imágenes de lo que afirmaban hace más de tres décadas.

Estos personajes también son impagables: un abogado de éxito que lo deja todo para seguir al líder, una mujer que parece no haber roto nunca un plato, pero termina reconociendo ante la cámara un intento de asesinato. También la encargada de la comunicación. En aquella época, todos idolatraban al gurú, que acumulaba más lujo del que podía disfrutar. Algunos de ellos, incluso, lo siguen haciendo hoy. Y hasta se aferran a su legado.

Por más momentos inverosímiles que ofrezcan, que hay varios, ninguno de ellos aguanta la comparación con Ma Anand Sheela. Ella es el documental. Es un personaje imposible, que esconde bajo su quietud una fiera capaz de pasearse por los platós norteamericanos exhibiendo un carisma y un modo de expresarse que ya querría para sí la estrella de rock más transgresora. Y no titubea a la hora de amenazar, de forma no siempre velada, a cualquiera que osara interponerse en su camino.

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¿Y por qué este documental de Netflix supera a cualquier serie de ficción? Porque abundan cosas que, si leemos en un guion, tildaríamos de locura y tacharíamos con rotulador rojo. Como muestra, ni al villano más arquetípico de una historia de superhéroes se le ocurriría el plan que lleva a cabo la portavoz de la secta para ganar las elecciones del condado de Wasco. Es tan retorcido y desprovisto de toda ética que, de no estar viéndolo con tus propios ojos, jamás pensarías que sucedió. Te lo cuenta un amigo y vas corriendo a Google a desmentirlo.

Algunas locuras son desveladas en los inicios, como la manera en la que se levanta la ciudad. De un campo yermo terminan sacando agricultura sostenible. De la nada absoluta, del polvo, construyen multitud de casas, instalan un sistema de tuberías y una estación eléctrica. Si hasta terminan con su propio aeropuerto… Todo lo necesario y más, listos para albergar una comunidad de diez mil personas.

Los directores juegan continuamente con el espectador gracias a la forma de desgranar los hechos. Si al principio lograron la identificación con los vecinos, en cuanto les dejan hablar un poco más comprendemos que sus argumentos son ridículos. Se convierten en caricaturas, esgrimiendo razonamientos absurdos y escandalizados por las prácticas sexuales que tenían lugar en la comuna. En un abrir y cerrar de ojos pasan de apacibles lugareños a rancios que rechazan al extraño con un crucifijo en una mano y un arma en la otra.

Aunque el documental presenta los claroscuros de todos. Ni deja a títere con cabeza ni apunta con el dedo a nadie. Hablan los hechos. Así, los seguidores de la secta, el gurú y sus secuaces, los vecinos de Antelope y las autoridades tienen trapos sucios que la serie se encarga de sacar a la luz sin pudor alguno.

Y todo ello con un ritmo narrativo impecable que se mantiene de principio a fin. Entre la sorpresa de los capítulos iniciales y el interés de cómo se cerró aquella locura hay episodios intermedios que siempre reservan un giro final. La bola se hace más y más grande y, cuando parece que va a detenerse, sigue aumentando.

Normalmente, las obras de ficción versan sobre temas universales que se repiten a lo largo de los tiempos. Los relatos se sirven de algunos de ellos para articularse. Sin embargo, aquí da la sensación de que están todos. Amor, dinero, muerte. Tribunales, fe, mentira, sensacionalismo, traición, crimen, patriotismo, sexo, espionaje, racismo, matrimonio, política. Todo eso y mucho más. Cualquier cosa imaginable. Por increíble que parezca, Wild Wild Country ha llegado para que el espectador alucine comprobando que sí, que todo aquello sucedió de verdad.

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