Futuro esplendor: Poemas de Florencia Madeo Facente

Futuro esplendor: Poemas de Florencia Madeo Facente

No se imprimen los objetos: se piensa en ellos, se los trae de regreso al presente de la escritura. En ese sensible cambio de procedimiento, acaso el único posible, las imágenes se enturbian. La función del poema es registrar ese proceso. Mientras tanto, al fondo de las escenas domésticas otras cosas suceden: se nombra la devastación y de pronto el poema es el paisaje de la devastación.

Hoy en «Futuro esplendor», estos poemas de la argentina Florencia Madeo Facente: bellas casas con filtraciones, a punto de inundarse.

 

 

RETRATO DE UNA INUNDACIÓN QUE OCURRE EN OTRA CASA

Una gotera marcó, durante pocas noches,
el tiempo de esta casa.
La escuchaban con las medias puestas.
Salían de la cama y caminaban dando brincos como los gorriones
pero las medias se enfriaron y les agarró fiebre.

«Chicos, la inundación se llevó nuestra casa.
Ahora está en un lugar mejor».
Hay que volver a comprar camas,
tomar fotos para los portarretratos
(lo peor de una inundación,
perder las fotos).
Pero la mente es amante de los rincones
que permanecen oscuros.
No importa elegir entre un sillón verde o gris.
Ya no se almacenarán los últimos cambios.
Los adultos de la casa no tenían su fe
puesta en los objetos,
y sin embargo…

Pocas cosas de verdad quedan.
El gato duerme sobre la lámpara
que fue necesaria para encontrarlo.

QUERÍA HABLAR DEL TIEMPO

Se acabaron esos jugos, no los venden más.
¿Te diste cuenta? Jamás volví a ver una de esas
botellas.
Pienso en las botellas que sacaron del mercado
como un carnicero en su dedo
durante un día de lluvia.
Deben quedar algunas en el interior,
viste que siempre hay cosas viejas, no les pasa el tiempo
como acá.
Ahora pienso en botellas pequeñas
arrinconadas en una fábrica grande y oscura
—a una mujer la pone triste
que internet sea el canal más seguro
de conexión con los hijos que tiene en la ciudad—.
Aun pensando cariñosamente en el tiempo, no conseguimos
nada, ni segundas oportunidades.
En este poema quiero hablar de eso.
Un hipopótamo flota entre las hojas
con cara de acostumbramiento a lo cotidiano.
Un faro se entristece cuando una nena cierra su cuento
«y al final todo se apaga.»
y firma.
Lo más fácil para aprender la lección sería repetir en coro
que las botellas tardan billones de años
en degradarse; sin embargo, no es una religión
aceptable.

Quería hablar de todo esto y de lo que el tiempo es capaz
de perdonar.

Que haya cosas silenciosas como la nieve
no significa que existan momentos de detención, de reposo,
dentro de los que el tiempo se sumerge.

Ahora, frente a mí, un hombre en el colectivo ocupa un asiento individual
y usa su celular roto.
Sobre un fondo azul floreado, en letra Comic Sans gigante
escribe:
Hoy un ángel se fue al cielo
y me protege.

UNA CIUDAD EN SILENCIO

Y agarró la bola de nieve del living,
la sacudió y dijo: así es la guerra.
Yo solo veía los copos artificiales
algo agitados y molestos,
pero no por eso menos dulces.
Una vez, un adolescente
del hotel donde estábamos
puso explosivos en un balde con sapos
y nos hizo mirar.
Agarré la bola para dejarla sobre el mueble de madera.
Decía: Neuquén.
Neuquén, quiero que estés en silencio ahora, y en tranquilidad.
Cubrí la superficie con un trapo, como si fuera un animal
después de la anestesia que no puede recibir luz.
Qué aburrido, una ciudad en silencio—dijo él, riéndose.
Debe estar llena de viejos.

LO POSIBLE

Es imaginable
que esta casa nuevamente se pueble
de personas en situación de riesgo,
que tengas que arreglártelas para simular
su infancia
como hicieron con la tuya, a ver qué cuentos
elegís, a ver qué miedos te recorren cada vez
que les preparás una sopa instantánea.
En ese momento,
mamá y papá asomarían sus cabezas
desde las macetas como gordísimos tomates
controlando y resguardando estrictamente tus movimientos
y los de tus hermanos:
sabíamos, sí, que la vida no acabaría
en nosotros, pero uno nunca está preparado. Al final,
preparados o no, todo fue posible.

Lo posible nos pone, de nuevo, cara a cara con lo imposible.

¿Fue Aristóteles el que dijo que saber algo
implicaba lograr comunicarlo?

¿Cuál va a ser nuestra respuesta
cuando ellos indaguen hacia dónde
se dirige la música de todo lo muerto
que encuentran en la calle o en el patio
y que es su única imagen para la desolación?

Lo posible —de eso tendríamos que ocuparnos nosotros,
con toda la fuerza de los de parientes vivos—
consistiría en dar cuerda otra vez, y agrandar dentro de ellos
cierta fe particular,
como las manchas solares
en los pinos cercanos, o como se agrandan las semillas
llenándose de una rara motilidad.

5.

Pensá en esos puestos de flores
y diarios que quedan abandonados
tras el inicio de un terremoto.


Foto Florencia Madeo FacenteFLORENCIA MADEO FACENTE (Buenos Aires, 1992). Pasó fugazmente por la carrera de Letras y actualmente estudia para ser profesora de Filosofía. Trabaja en la enseñanza de español para extranjeros. Concurre al taller de Paulina Vinderman desde el 2017 y está preparando su primer libro.

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