La cárcel y la gloria

La cárcel y la gloria
RODRIGO JIMÉNEZ (EFE)

AHÍ DONDE LO ven, el jugador no está enfadado. Al contrario, acaba de meter un gol y muestra de este modo su alegría. Significa que algunas expresiones, según en el contexto en el que se den, quieren decir una cosa o la otra. Aquí quieren decir la otra. O una, no sé, quizá me estoy haciendo un lío. La cuestión es que trato de imaginar a un matemático en el trance de recibir la llamada de Estocolmo. Le acaban de conceder el Nobel. ¿Se arrancaría violentamente la camisa y recorrería el pasillo de su casa en la posición de Ronaldo frente a la mirada estupefacta de su esposa e hijos? No me parece probable. Estas expresiones de felicidad solo se dan en el deporte, y quizá no en todos (Nadal, cuando gana, se arroja al suelo). No digamos si el Nobel es el de Literatura. El de Literatura queda bien recibirlo con cierta pesadumbre, incluso renunciar a él, aunque no a su dotación económica. Está documentado.

Si usted va por la calle y le viene de frente un tipo en calzón corto, con el torso desnudo, los brazos en actitud agresiva y la boca abierta, como si rugiera o tratara de expulsar un alien que ha inflado anormalmente todo su sistema muscular, usted correría espantado en la dirección contraria. Y al tipo lo detendrían ipso facto. El contexto de nuevo. Situaciones por las que en un sitio te podrían llevar a la cárcel, en otros te conducen a la gloria. De hecho, los espectadores del partido, lejos de mostrarse asustados, respondieron a la expresión del futbolista con una aclamación histórica. Ahora bien, lo que uno se pregunta es cómo será este hombre ­enfadado. 

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