La «oscura» molécula que facilita que disfrutemos del mal ajeno

La oxitocina, la hormona del amor, tiene su lado oscuro ya que es la encargada de modular la envidia

La «oscura» molécula que facilita que disfrutemos del mal ajeno

En el siglo IV el monje Evagrio el Póntico (345-399) estableció en ocho el número de las pasiones humanas pecaminosas: ira, soberbia, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula y lujuria. Poco tiempo después el asceta rumano Juan Casiano (360-435) le corrigió, eliminando la vanidad y la cobardía e introduciendo la pereza.

La envidia, el sexto pecado capital, es considerada uno de los pecados más vergonzantes y menos placenteros, sin embargo, es el más social de todos ellos. Pero, ¿qué tiene que decir la ciencia al respecto? ¿Desear lo ajeno tiene bases bioquímicas?

Si nuestro organismo fuese una gran ciudad el hipotálamo sería la farmacia, puesto que es allí donde se «cocinan» todas nuestras emociones. A pesar de tratarse de una minúscula región cerebral en ella se producen multitud de sustancias químicas –péptidos- que constituyen los ladrillos de las neurohormonas y los neurotransmisores. Entre estas sustancias se encuentra la oxitocina, la llamada «hormona del amor».

El lado oscuro de la oxitocina

La oxitocina tiene una enorme importancia en nuestra forma de comportarnos en sociedad, ya que juega un papel fundamental en multitud de respuestas como son la agresividad, la generosidad, la empatía, la confianza y la envidia.

Diferentes estudios han demostrado que cuando una persona tiene una emoción positiva hacia otra, la oxitocina la fortalece; por el contrario, si la empatía va en el sentido opuesto, esta hormona se encarga de suscitar emociones negativas. De esta forma, podríamos decir que la oxitocina es un potenciador de los sentimientos sociales.

Hace años un grupo de investigadores de la Universidad de Haifa (Israel) realizó un curioso estudio en cincuenta y seis voluntarios, en los que trataban de analizar la relación que existía entre el comportamiento humano y la oxitocina.

Para llevar a cabo el estudio los científicos administraron oxitocina sintética mediante inhalación a la mitad de los participantes, mientras que a la otra mitad les suministraron placebo. A continuación, ofrecieron a los participantes tres puertas, al tiempo que les explicaban que detrás de una de ellas había mucho dinero y que en el supuesto de que la acertasen se lo podrían quedar.

Placer en el fracaso ajeno

Además, les explicaron –para complicar más el estudio- que cada uno de ellos estaba compitiendo con otra persona, aunque en realidad lo hacía contra una computadora.

Los investigadores observaron que bajo los efectos de la oxitocina los participantes mostraron una mayor envidia cuando obtenían menos dinero y mayor regocijo que los participantes que recibieron placebo, cuando ellos eran los ganadores. En definitiva, la oxitocina tiene un lado oscuro, es la responsable de nuestra envidia.

En un artículo publicado por la prestigiosa revista Science, otro grupo de científicos, en este caso japoneses, dio a conocer un aspecto muy curioso relacionado con la envidia: puede llegar a producirnos placer. ¡Algo verdaderamente asombroso!

Mediante resonancia magnética funcional estos investigadores comprobaron que cuando a una persona que envidiamos tiene una desgracia –económica, personal, laboral…- nuestro cerebro reacciona liberando oxitocina y dopamina –la hormona del placer-, lo cual nos produce una sensación de bienestar.

Este sentimiento es lo que en español conocemos como «regodearnos» y que en alemán se denomina «schandenfreude», un término que ha sido adoptado por otros idiomas y que se podría traducir como «regodearse del mal ajeno». ¡Qué mala es la schandenfreude!

Una última curiosidad, el calificativo «capital» referido a los pecados, no guarda relación con la gravedad de los mismos, sino que indica que de ellos emanan el resto de los pecados.

http://www.abc.es/ciencia

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