El mundo Mundial 11: La resaca, la cruda, el guayabo, la goma

El mundo Mundial 11: La resaca, la cruda, el guayabo, la goma

Ahmed Musa, delantero de la selección de Nigeria, celebra su segundo gol contra IslandiaCreditMark Ralston/Agence France-Presse — Getty Images

La columna El mundo Mundial de Martín Caparrós en The New York Times en Español comentará día tras día lo que suceda en Rusia 2018.

Hoy es el día de la resaca —o si acaso guayabo, cruda, goma—: ayer la Argentina sufrió uno de los grandes cachetazos de su historia futbolera y todavía no nos levantamos. El castigo llega por sacudones, por oleadas: una pelea inesperada, un famoso que insulta, otro rumor de despedidas, la conciencia creciente del fracaso, la obligación de ver un partido impensado.

Sí, es verdad. Héteme aquí, escribiendo sobre Islandia-Nigeria. Islandiaes un pequeño país de más de 334.000 habitantes hiperricos y tan civilizados escondido en las brumas del norte, cuya selección nunca jugó un Mundial. Nigeria, en cambio, es un gran país africano y petrolero de 190 millones de habitantes pobres y amenazados por Boko Haram que cada tanto llega a los octavos del torneo. Y yo soy más que nada argentino, de un país mediano sojero y endeudado de casi 45 millones de personas que nos creemos el non plus ultra del fútbol mundial. Y aquí estoy, mirando un partido que, hace unos días, habría desdeñado con la altivez que —dicen— nos caracteriza.

El partido es, como se debe, tosco, torpe: grandotes rubios contra grandotes negros y una bola en el medio que los sufre en silencio. Pero de su resultado depende la clasificación del artista antes conocido como “El Mejor del Mundo” y sus fans, tras mucho llanto y mucho grito, esta tarde nos dedicamos a las cuentas. El partido, como se debe, no ofrece mucho más que su posible resultado. Antes, tres horas antes, había habido emociones: Brasil y Costa Rica.

El mundo Mundial 11: La resaca, la cruda, el guayabo, la goma

Neymar, delantero de la selección brasileña, pide una falta durante el partido contra Costa Rica en San Petersburgo. CreditGiuseppe Cacace/Agence France-Presse — Getty Images

Los argentinos somos gente de prejuicios. Y uno de los más firmes consiste en creer que los brasileños son personas despreocupadas y felices. Pero tienen competidores serios. Cada vez que sale una de esas extrañas encuestas que miden las felicidades de los pueblos, en América Costa Rica gana fácil. Costa Rica es un país feliz, un país que proclama su felicidad, propagandiza su felicidad, rentabiliza incluso su felicidad pero en el fútbol su única opción es sufrir tanto: se atrinchera, resiste, espera que el sufrimiento extremo la haga feliz más tarde.

Y Brasil la tenía arrinconada. Al principio, había jugado poco, pero no como quien no puede jugar más; jugaba poco como quien sabe que puede y no tiene ganas de esforzarse. Así que en el segundo tiempo decidió que ya era hora de acabar con esa farsa y se lanzó adelante, y ahí chocó con Keylor Navas.

El señor Navas es un raro personaje: lleva cuatro temporadas de arquero titular del Real Madrid, ha ganado tres Champions seguidas y varias otras copas y de tanto en tanto salva a su equipo y de tanto en tanto se equivoca, y nunca tuvo el puesto asegurado. Todo el tiempo lo amenazan con comprar otro —más alto más bonito más Instagram— pero él reza y resiste. Y esta tarde, en el Mundial siguiente a ese Mundial que lo instaló en el mundo, volvió a ser, igual que aquella vez, el héroe. Brasil lo acribillaba, Keylor resistía: dramático, agónico, lo paraba todo.

Hasta que pareció que un penal lo destruía: Neymar, que está llevando el arte de caer a nuevas cumbres, se derrumbó en el área y el árbitro pitó. Pero alguien le dijo que lo revisara y —nuevos milagros de la técnica— lo revisó y cambió su fallo. El VAR en todo su esplendor, y los cataplines del señor Björn Kuipers, el árbitro holandés. No fue lo suficientemente audaz para ser consecuente y sancionar a Neymar por su arte escénico, pero al menos no le regaló el gol.

El mundo Mundial 11: La resaca, la cruda, el guayabo, la goma

Keylor Navas, el portero de Costa Rica, resistió los embates de Brasil. Hasta que la escuadra brasileña, en tiempo de compensación, anotó dos goles. CreditGeorgi Licovski/Epa-Efe/Rex/Shutterstock

Así que Keylor siguió resistiendo y los ticos caminando sobre vidrios y brasas hacia la felicidad de empatarle a Brasil, de seguir en la lucha. El problema es que, en general, cuando todo se juega a diez metros de un arco, la pelota termina por meterse en ese arco. Y que el tiempo no se acaba antes de tiempo y el minuto 91 es tan malo como cualquier otro: fue entonces cuando Coutinho lo logró. Así que al fin Brasil ganó y va a pasar sin grandes aspavientos: con lo justo, como quien puede pero todavía no tiene tantas ganas. Como si fueran tan felices que no precisan esforzarse.

Y después llegó el gran partido de la tarde. Lo miré, lo sufrí y les voy a confesar algo espantoso: grité el gol. Sí, acabo de gritar un gol de Nigeria. Se puede caer más bajo, pero todavía no sé cómo. Aprendo, aprenderemos.

Nigeria gana: por primera vez en este campeonato, un resultado que los argentinos festejamos. Con sus contradicciones: queríamos que ganara, no queríamos que jugara demasiado —para no asustarnos—. Nos complació y, al mismo tiempo, puso a Islandia en su lugar: esa excusa de que era un buen equipo se va deshilachando. Nigeria tampoco lo es; al fin y al cabo la tarea de la selección argentina no es tan difícil o es la más difícil: el martes debe jugar contra sí misma. Si gana, si se gana, podrá seguir en este camino de miserias. Si se pierde o se empata, todo será como es ahora.

Mientras tanto, nadie sabe bien qué pasa en la concentración argentina: dicen que más que bronca hay silencios espesos, deprimidos, más que ganas de revancha voluntad de fuga, pero los rumores son exactamente eso. Y por eso nadie sabe tampoco qué jugadores, qué planteo, inventará el señor Sampaoli para tratar de ganar esa final que les permita llegar a los octavos de finales. Si algo no le ha faltado es inventiva; eso que otros, malignos, han llamado despiste o improvisación o inepcia extrema.

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