La vejez de Maradona

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Desde la noche del martes, el símbolo del Mundial de Rusia no es el letargo de Messi, ni la catástrofe de la selección alemana repitiendo el destino de la Wehrtmacht en Leningrado, sino la imagen de Diego Armando Maradona borracho perdido, oscilando entre el éxtasis y el rigor mortis. Los pioneros de la iglesia maradoniana sabían lo que se hacían cuando fundaron la nueva religión: nunca antes, ni siquiera con la pelota en los pies, Diego había estado más cerca de ascender a los cielos. Tanto que en algunas de las fotos, con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro espachurrado por la emoción, parecía un cóctel entre un ídolo maya y la Virgen del Rocío a punto de cantarse una saeta a sí mismo.

Nadie logró explicar jamás cómo Maradona podía correr tan rápido y moverse con tanta agilidad con ese torso de tonel y esas piernas resumidas. Ahora ya sabemos que su velocidad era la de la caída libre, acelerada a medida que se acerca el costalazo contra el suelo. Maradona ha vivido tanto y con tanta urgencia que ha dejado atrás la defensa, la portería y el estadio, aunque no el público ni la enfermería. En La juventud, la gran película de Paolo Sorrentino, sale de vez en cuando un doble de Maradona que en realidad parece el triple. Gordo y abotargado, pasea su físico desmesurado por la piscina de un hotel de lujo y juega a lanzar una y otra vez una pelota de tenis a la estratosfera mediante el toque prodigioso de su empeine. Por momentos da la impresión de que Sorrentino está usando la cámara lenta, como en los documentales sobre colibríes, quizá porque sólo la cámara lenta podía captar sus movimientos.

Como en otros muchos juguetes rotos, el furibundo ejercicio de autodestrucción acerca al héroe a la comunidad de los simples mortales. Sábato escribió que nunca se debía juzgar a un hombre que ha subido a la cumbre del Everest por su torpeza al coger los cubiertos en la mesa, pero ¿qué otra cosa nos queda? El martes, dando tumbos en el palco, Maradona emuló la estampa de Francis Ford Coppola sentado en su viñedo de California junto a una joven admiradora que había venido a verlo en busca de un recuerdo: “¿Sabes?” decía con nostalgia el viticultor que décadas atrás había filmado Apocalypse Now y la trilogía de El Padrino, “yo antes era Coppola”. Con sólo 58 años a sus espaldas, apenas seis más que yo, parece que hubiera vivido trece o catorce vidas, aunque sólo en una de ellas fue realmente el Pelusa.

Maradona refugiado en diversas clínicas de desintoxicación. Maradona agrediendo a un periodista. Maradona rompiéndole un vaso en una cabeza a una mujer. Maradona esnifando las rayas de un campo de fútbol. Es difícil conciliar esas imágenes con el gol inmortal en que esquivó a seis jugadores ingleses en el Mundial de México y con los dos scudetti que le regaló al Nápoles en la mejor época de su historia. En la ciudad italiana todavía se le recuerda con la devoción debida a madonnas y emperadores, y una pintada en la entrada del cementerio del Poggioreale advierte a los muertos: “No sabéis lo que os habéis perdido”. Dicen que al día siguiente apareció otra pintada de ultratumba: “¿Quién ha dicho que nos lo hemos perdido?”

David Torres

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