Los nuevos sonámbulos

La Unión Europea vive una crisis existencial que puede desembocar en su desintegración

Emmanuel Macron charla con Angela Merkel durante su encuentro en Alemania el 10 de mayo.
Emmanuel Macron charla con Angela Merkel durante su encuentro en Alemania el 10 de mayo. THILO SCHMUELGEN REUTERS

 

En Sonámbulos, el historiador australiano Christopher Clark examina los orígenes de la I Guerra Mundial y destaca la ceguera de los dirigentes políticos de entonces, que, aislados de las realidades del mundo y de la gente, precipitaron la guerra que provocó el suicidio de la Europa liberal y engendró los totalitarismos del siglo XX.

Cien años después del final de la Gran Guerra, la Unión Europea vive una crisis existencial que puede desembocar en su desintegración. Y la culpa es de una nueva generación de sonámbulos. Las bases de la integración del continente a partir de 1945 fueron la resistencia frente a la URSS, las garantías de seguridad de Estados Unidos, la paz franco-alemana, el principio de legalidad y los mercados. Esas bases han quedado obsoletas.

La Europa rica, envejecida y desarmada sufre los ataques de los yihadistas y las democraturas y está rodeada de guerras. Estados Unidos, que garantizaba la estabilidad, el capitalismo y la democracia, se ha convertido en un grave riesgo con Donald Trump, empeñado en destruir el sistema multilateral y desestabilizar la UE. Y los populismos son un cáncer que corroe la democracia y roba legitimidad a sus valores, empezando por la democracia iliberal de Viktor Orbán, que crea imitadores y despierta pasiones nacionalistas y xenófobas.

Europa se ha desmoronado por etapas: la ampliación improvisada tras la caída de la Unión Soviética; la creación del euro sin las normas e instituciones necesarias para afrontar las crisis ni los ajustes debidos a la inflación y la devaluación, con el resultado de una gran divergencia entre las economías del norte y del sur; el contagio de la crisis financiera de EE UU al euro; la llegada incontrolada de inmigrantes desde 2015. Todo ello ha desencadenado una indignación que se ha intensificado desde el Brexit, contra la gestión del euro, el empobrecimiento de las clases medias, los perjuicios de la globalización el desmembramiento territorial de los Estados y su impotencia, sobre todo frente a la inmigración.

Europa y los Estados miembros están paralizados, debido a discrepancias fundamentales y visibles en el distanciamiento entre Francia y Alemania. Discrepancias a propósito del refuerzo de la eurozona, donde el modesto acuerdo sobre un presupuesto de inversiones y la conversión del mecanismo de estabilidad en un fondo monetario europeo encubren el enfrentamiento por la sucesión de Mario Draghi al frente del BCE. Sobre las cargas impositivas a los gigantes de internet, las sanciones a Rusia tras la anexión de Crimea y la invasión de Ucrania o la relocalización de los inmigrantes.

Europa tiene que reinventarse para sobrevivir. Y, para ello, los sonámbulos deben despertarse. No sirve de nada condenar el populismo e indignar a los ciudadanos con lecciones de virtud de las élites; hay que abordar las causas. Recuperar los países y los Estados frente a la tiranía de las comunidades y las minorías. Recordar que la seguridad es la condición primordial para la libertad. Subrayar que la libre circulación requiere el control estricto de las fronteras exteriores.

Las prioridades son conocidas: simplificar y reforzar la eficacia de las instituciones europeas con una dirección fuerte, en lugar de multiplicar cargos y personas incapaces; reafirmar la soberanía comercial tecnológica y fiscal de Europa frente a los gigantes del siglo XXI, y convertir el euro en una moneda internacional; fomentar un crecimiento incluyente, especialmente para los jóvenes, con inversiones masivas en educación; invertir en seguridad.

Pero todo depende de una prueba decisiva: la solución de la crisis migratoria. Las próximas elecciones europeas serán un referéndum sobre la Unión, la inmigración y los refugiados. Será una derrota si no se hace un nuevo reparto basado en la convergencia de las leyes de inmigración y asilo, pero también en la voluntariedad de la acogida de refugiados, la recuperación del control de las fronteras exteriores y ayudas masivas a África condicionadas a la readmisión de los migrantes.

En 1935, en Viena, ante el ascenso del nazismo, Edmund Husserl subrayó que “la crisis existencial de Europa no tiene más que dos salidas: o su decadencia y su hundimiento en el odio al espíritu y en la barbarie, o su renacimiento gracias al heroísmo de la razón”. Debemos escoger entre decadencia y renacimiento. No basta con afirmar que Europa debe tomar las riendas de su destino: hay que pasar de las palabras a los hechos.

Nicolas Baverez es historiador.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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