Decían los palanganeros del PP -y lo repitió hasta el último minuto Albert Rivera, mamporrero mayor del reino- que apostar por la moción era irresponsable y antipatriótico, cuando lo verdaderamente irresponsable y antipatriótico era seguir apoyando a este concilio de enterradores que han devuelto a España varias décadas atrás, no sólo en índices económicos, sino también en términos culturales, por no hablar de cuestiones como la libertad y los derechos civiles. Rivera defiende un patriotismo de fútbol y zarzuela que consiste en ejecutar desahucios, apalear ancianos, prohibir libros, encarcelar raperos y políticos, robar a manos llenas, matar inmigrantes a pelotazos, condecorar vírgenes de madera, proteger torturadores y rescatar banqueros.

La actuación de Mariano en el tramo final del debate sobre la moción de censura fue un resumen perfecto de su gestión de gobierno: se metió en un restaurante a las dos de la tarde, se escondió dentro de un cachopo y ahí esperó los acontecimientos. Después de todo, en España dimitir es un verbo que siempre ha sonado a espía soviético. Parecía una noticia de chiste, un presidente refugiándose ocho horas en una partida de mus el día de su cese, pero es el problema de tener un presidente de chiste. Atrincherado en el primer plato, alargó la sobremesa hasta las diez de la noche, esperando  ese golpe de buena fortuna que hasta la fecha le ha permitido vadear los peores temporales, desde los hilillos del Prestige a la rajada intempestiva de Bárcenas, sin mover un pelo. Una lástima que no pudiera comparecer por plasma, como la princesa Leia sobre la calva de R2D2, pero la renuncia de Zidane debió de pasarle factura. Era un cadáver que no quería asistir a su propio sepelio y hasta el Real Madrid de sus entretelas le estaba quitando protagonismo.

En el Congreso de los Diputados, premonitoriamente, su asiento fue ocupado por el bolso de Soraya, una alforja de cuero negro tan monstruosa que de él, en cualquier momento, podía salir Mariano para soltar alguna de esas greguerías imborrables que son su marca de fábrica. Que el Demóstenes de un plato es un plato y es el vecino el que elige el alcalde tenga fama de orador brillante lo dice todo sobre la decadencia del arte de la oratoria y sobre el nivel de algunos periodistas parlamentarios. Era jueves de Corpus Cristi, la fiesta de la carne y la sangre de Cristo, y en lugar de la barba y las gafas de Mariano se erguía un paracaídas de diseño. Casi mejor, aunque tendrían que haber mirado dentro, a ver si encontraban otra plantación de sobres. La estruendosa ausencia de Mariano (cobarde, escurridizo, patético, volátil, incapaz de dar la cara a la hora de la verdad) era también el símbolo del respeto que le merecen los españoles, el parlamento, la democracia y sus mecanismos elementales: cero pelotero.

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