Mirar Japón para ver qué puede pasar mañana en Occidente

Mirar Japón para ver qué puede pasar mañana en Occidente

Japón no es todo geishas, pescado crudo y manga, también es un laboratorio. Su aislamiento en siglos pasados ha mantenido viva una cultura diferente, pero su demografía nos adelanta lo que empieza a suceder en América del Norte y Europa. Mientras el mundo va hacia la superpoblación, en Japón la población envejece y merma.

La tierra del sol naciente es una suerte de EPCOT, la ciudad futurista ideada por Walt Disney en 1968. La sigla significa Experimental Prototype Community of Tomorrow y fue un exabrupto de fe en el porvenir. Un sueño concéntrico, mezcla de centro administrativo y habitacional. Como una nueva Nueva York, pero bien planificada y rodeada de naturaleza.

Disney no estaba muy errado en su visión de una urbe capitalista y a la vez utópica. Cincuenta años más tarde los campos se vacían y millones de habitantes se concentran en megaciudades como Shanghái, Sao Paulo, Delhi, México DF. Pero ni siquiera el creador de Mickey podía imaginar el efecto que tendría tanta aglomeración humana.

Como cualquier gran economía mundial, las industrias niponas dependen de su fuerza laboral, de sus ciudadanos. Pero sus hombres y mujeres se distancian cada vez más, agotados por las largas jornadas, los viajes diarios desde sus ciudades dormitorios, y las presiones de sobrevivir el estrés. Sus relaciones sufren, y sin romance la población no crece.

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Los jóvenes japoneses no quieren aún más obligaciones, se rebelan contra la estrictísima ética de trabajo y el rol de proveedor y líder de clan que llevan cumpliendo desde hace siglos. Las mujeres japonesas, alejadas del hogar y dedicadas a su desarrollo profesional, no están dispuestas a lidiar con hombres a los que consideran dependientes y poco adultos.

Refugiados en la cultura otaku –una suerte de adolescencia para mayores—, prefieren echarse una novia virtual en Love Plus, y evitar así a una mujer decidida que probablemente les exija demasiado. Ellas están cada vez más centradas en su independencia económica, que implica independencia en todos los aspectos, y deben postergar las ganas de formar una familia.

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Nada de esto resulta difícil de comprender para quien habite una gran capital mundial. Pero el fenómeno resulta más extremo en una sociedad conservadora y estratificada como la japonesa, que funciona como una máquina de relojería, donde la necesidad de amar subsiste pero las complicaciones y exigencias de la logística diaria hacen que los deseos deban ser sublimados.

El abismo que separa a los géneros es inmenso. Pero en Occidente hemos visto Her y la visión del aislamiento urbano ha retumbado en las mentes como una explosión. El efecto inmediato de esta brecha es que nacen poquísimos niños. De hecho, un tercio de la población de Japón ya tiene más de 65 años, y la salud y el dinero para pasárselo en grande.

Son los miembros de la denominada Grand Generation, la misma que creó el milagro económico japonés de posguerra. Por un lado, estos ancianos energizan la economía; por otro, tensan al máximo los gastos de salud y de jubilación del estado. Y su número aumenta sin freno: en 2014 los fabricantesnipones comenzaron a vender más pañales para ancianos que para bebés.

Y lo mismo se percibe en otros países industrializados, donde los pensionistas le marcan el paso a la sociedad. Se estima que para 2020 los votantes estadounidenses de más de 60 años tendrán más poder en las urnas que los votantes de 18. Un caso similar es el de Gran Bretaña, donde quienes más votaron por el Brexit tenían más de 65. Alea iacta est.

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Mientras tanto, en el resto del mundo la población crece y crece. En la periferia del consumo y el bienestar, el amor y el revolcón sin anticonceptivos siguen siendo los pasatiempos más accesibles y populares. Y lo mismo ocurre en las nuevas potencias del llamado BRIC –Brasil, Rusia, India, China— donde la procreación sigue ganándole al confort y el consumo. Aunque no por mucho tiempo.

Las jóvenes sociedades de India, Brasil y China ya comienzan a desear productos y servicios de lujo, que les hagan sentirse empoderados y únicos. Estos fanáticos de las redes se están lanzando de cabeza a lo que un estudio de mercado chino denomina retail-tainment, es decir, la compra como entretenimiento. Un futuro en el Shanghái pronto se comportará como Tokio.

El único tema candente sobre el que este EPCOT asiático no ofrece pistas es el de la inmigración. Pese a las fricciones culturales y políticas que causan en Europa, el influjo de extranjeros ha sacado del atolladero a más de una nación moderna. Sin embargo, Japón ha demostrado ser impermeable al extranjero. El peso de su cultura tradicional –la marca país que exporta al mundo— es aplastante.

Sus inmigrantes son fundamentalmente asiáticos: chinos, coreanos, vietnamitas, filipinos. O nikkei, descendientes de las colectividades japoneses de Brasil y Perú. El resto de la población extranjera, ejecutivos y asesores técnicos occidentales, cumplen sus contratos y huyen de las islas. Por lo que Japón continuará siendo una burbuja asfixiante de homogeneidad destinada a sucumbir. Una llamada de atención importante a los países desarrollados que en la inmigración solo ven problemas.

Como repiten los personajes del filme Ghost Dog: «El Japón antiguo era un lugar bastante raro». Pero el Japón de la actualidad, con su impenetrable uniformidad, también lo es. Quizá por eso podemos darnos el lujo eurocéntrico de observarlo con distancia antropológica. Desde fuera.

Pero Japón no es una civilización lejana ni un zoológico cultural. En el fondo, son igual de raros que nosotros. Y esa es probablemente la mayor lección del laboratorio japonés: mejor no detenerse en apariencias, estéticas y diferencias. Transponer los preconceptos es mejor manera de conocer al otro. Y, al mismo tiempo, de vernos claramente a nosotros mismos.

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