POE+ de ARTURO CARRERA

 POE+ de ARTURO CARRERA

LA FAMILIA

Sobre la familia

de un dibujo cortado en

los colores

El vientre cortado,

los juguetes.

¿Para qué volver a la unidad?

La naturaleza era la imitación del padre,

la mirada ilimitada de la Madre: y el amor,

aunque probablemente no era el amor, reclamó

una breve caída sobre otros silenciosos

tiempos.

Reclamó los niños que se hundían

en el follaje estrenduoso,

en la espuma de las ramas. Reclamó todo

lo que fingía, para sí breves vidas, y

toda la pequeña presencia que ardía,

todas las misteriosas nominaciones, todas

las mentiras fugaces de unos gestos en púas:

el campo destruyó el dolor

y eso se percibía como prueba de soledad

en el paisaje.

Después el pisoteo,

la masacre del deseo: el no poder

reducir a común denominador materno

el padre malo y el abuelo tramposo.

La mirada dulcísima en esa noche

que sólo se abriría para dormir…

que acaso ya no sostenía

un ritmo: grillos esquizofrénicos.

¿Amantes?

Cuerpo fascinante y pequeña dominación.

Vibración de unas caricias que todavía crujen

en nosotros como suavísimos derrumbes de luz.

¿Amantes?

Y en la felicidad de los gritos

¿quién consintió apoderarse

de un nombre único pero querellante?

¿Quién, durante la vida,

en el vapor urticante

de todo un secreto?

EL AGUA ROSILLA

in memoriam Silvia Redondo

¿suena un teléfono?

Es imposible, aquí, en el campo.

A menos que obedezcamos

a otras razones, a otras malas costumbres

iconográficas.

Es un pájaro que suena igual;

o la mixtura informe de dos frases

trinadas, que saltan a la vez de un gaznate

abierto al cielo,

a otro…

volcando una materia multicolor y

tan densa en “estados” que…

Ningún orden nos vincula al pasado.

No obstante…Eramos el sentido

de una desaparición, la pérdida absoluta

del sentido: nos buscábamos como piedades

escondidas, todavía invisibles, todavía

impalpables.

EL POTLATCH DE LAS SIESTAS

Un coloquio remoto se hundía en la exageración

(miniatura de una incertidumbre

que lo amparaba): Algo querrá ahorrarnos

siempre, la pena de la escritura

El campo.

Todas sus cruzadas de comadronas

invisibles.

La arena de oro el sentido y del sentido,

madres desaparecidas. Vuelvo a una patria

de terrores pueriles y asaltos

a la pequeña oscurecida urbe

de la memoria: Oh, tristeza

Me has enfrentado al lujo insoportable

de mi desnudez.

Aquí está el mapa de lo reído y de lo

por reir.

Los lugares que deslizan su ritmo reificado

El tiempo

que contrae

el abismo

de los niños.

Hay que enfermarse.

Hay que enloquecer.

“Hay tres minas jugando

al Ludo, podés creer?”

-dijo Mariano.

“Parece que juegan y

cuando las mirás fijamente

desaparece el tablero”.

“Estás en pedo -dijo Julio.

“Más borracho que ellas”.

Busca el agravio de la alucinación

compuesta (se despereza en estos

campos)

Sus patios para dar mis vueltas.

Sus sótanos para retocar heroicamente

los homenajes al cuadrado.

El campo.

Unas cartografías silbadoras. Colores

repetidos en los timbres, oh, monjes:

Vosotros que de la plegaria hicisteis

una partitura, un mapa para el acting

de escoger de la luz la calentita sombra

quejumbrosa.

Vosotros,

para quienes el mal y el bien

son el paisaje: el paseo más puro

de la contemplación

Estamos en Indio Rico,

a escasos kilómetros de Pringles y

es la industria de los noveleros,

con sus flechas de macizo oro y sus

boleadoras de pepitas áureas forradas

de billetes de cuero…

Estas son dunas, dunas mínimal, y

estas son napas con láminas de mica

traspapeladas.

Ahora estoy en Pringles,

en la azotea de mi casa donde soy Vatek,

con mis astronomías lanares y gozo,

como también de día gozo, tendiendo

desnudo la ropa: paso por el silencio

costumbres que el almuédano corta

al llamar a la Meca: duda, por todas

sus geometrías secretas donde la luna

entierra unas cerezas frías…

Hijo,

y padre.

Pero con un juego limpio

bajo la nariz ganchuda: el amor,

el equilibrio tumultuoso del “galpón”

donde unos tumultuosos quemaban los

juguetes y el trigo.

Malones.

Malones señores pintados con su crueldad

que cunde como el fuego del deseo

en la pampa.

Pero hay el barullo de lo pequeño, aún,

cruzando el cielo matizado sobre

cardos y escobas albinas y estolas plateadas.

El brillo del panadero, erizo suavísimo

con su relámpago tieso de madrugada,

y también el llanto,

el llanto ameno del siringo, angustiante,

y prolongado…

Estímulo de la secreta alegría de la sensación

de simular tantos discursos y prometer más

mímicas,

más mordeduras.

Algo que quiere ahorrarnos

la pena de la escritura: No hace mucho le

dije a Emeterio: No he fundado ningún sistema

nuevo de lectura; nada original: ni siquiera,

volverme imperceptible… ahora enmascararnos

los brazos, las manos… (No dijo nada y después

pensando que iba al mar con los chicos dijo:

“Comprate una sombrilla, es algo que puede

durarte años”).

Genet sabe que el goce le es negado por

principio -dijo Sartre.

¿Yo busco el agravio de la muerte?

No; enumero el sentido de una desaparición

escrupulosa:

el arco iris no.

los niños no.

un amor no.

un cuerpo que al pasar

deja que el deseo nómade se precipite en él

como una nevisca incandescente,

como una lluvia

fulminante. No.

una idea célibe no. viuda no.

una frase fastuosa que aparece

en la mitad de un ingenuo

momento,

de una ingenua desaparición

Del campo. No.

Del fauno o silvano que aflojó los cordones

soltó los ojos en los manojos de doradas

espigas. No.

Un sileno no.

Un coribante con su falo serruchado

en la mano,

bailando y restallando de dolor,

bailando y restallando. No.

Genet sabe que el goce

le es negado por principio:

Natachita me trajo su libro de cuentos

y Natacha, la madre, leyó en ruso.

Un cuento que no entendí, pero que

disfruté bestialmente

como una bestia que se sale de su ajustada

maya.

Natachita me miraba.

Liliana agachó la cabeza y alzó, imperceptiblemente,

los difíciles hombros: Ella también escuchaba…

Natacha cantaba, en realidad, ese cuento

maravilloso. Cuando terminó, alguien dijo: “¡Qué lindo!”

Natacha se apresuró a explicarnos que era un cuento

que le leían asiduamente a Pushkin.

Me despedí de todos ellos, como siempre,

besando a cada niño: coronando con un acto de

malsana estupidez aquella estupenda “lección”

de poesía.

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