Tabla rasa

Los genes están implicados en el desarrollo del cerebro y su estructura sináptica.

Tres bebés frente a una escultura de ADN.
Tres bebés frente a una escultura de ADN. JAMIE GRILL / GETTY IMAGES

 

La psicología del siglo XX ha estado dominada por el mito de la ‘tabula rasa’, que sostiene que el ser humano nace como una pizarra en blanco, libre de sesgo biológico alguno y preparada como una esponja para absorber los flujos incesantes de la cultura y el entorno, que son al final los que estructuran nuestra mente. El psicólogo norteamericano B. F. Skinner (la B es de Burrhus, aunque esto no suele decirse), muerto en 1990, fue el máximo exponente de esa doctrina, llamada ‘behaviorismo’, aunque su fama entre el gran público se debió más bien a su invención del Air Crib, una cuna insonorizada, esterilizada y acondicionada que, según él, aportaba el entorno óptimo para el crecimiento hasta los dos años de vida del niño. Son las ideas raras a las que conduce la religión de la tabla rasa.

Ningún animal nace como una pizarra en blanco, y los humanos no íbamos a ser la excepción. Desde Copérnico, una de las principales ocupaciones de la ciencia ha sido destronarnos de esa condición de excepcionalidad que nos empeñamos en sostener contra los vientos y las mareas de la realidad. Ni somos el centro del sistema solar, ni de la galaxia, ni del universo ni del multiverso. Tampoco somos el clímax de ninguna creación ni la perla de la biología. No somos más que un chimpancé algo rarito. Todos los talentos humanos de los que estamos tan orgullosos como especie –el lenguaje, la matemática, la poesía, la ciencia y el arte— hunden sus raíces en el pasado de la especie, y mucho más allá.

Un corolario de todo esto es que nuestra inteligencia viene afectada por los genes. Si esto te suena raro, es que eres víctima de una superstición psicológica. Son los genes quienes construyen nuestro cerebro durante el desarrollo fetal –por eso los perros no aprenden idiomas ni aunque los metas media vida en el Air Crib de Skinner—, quienes rigen la proliferación de nuestras neuronas y la formación de nuestras sinapsis. Cuando aprendemos algo, son esos mismos genes quienes se reactivan para generar nuevas sinapsis y circuitos. ¿Cómo no va a haber genes de la inteligencia, por el amor de Dios? Sostener eso es como creer en los ectoplasmas.

Danielle Posthuma, jefa de genética de la Universidad de Vrije, en Ámsterdam, acaba de demostrar la existencia de 1.016 genes asociados a la inteligencia. Están implicados en el desarrollo del cerebro y su estructura sináptica, y sus variantes tienen que ver con el alzheimer, la esquizofrenia, el déficit de atención y otras penalidades. Esa es la verdad. Lo demás son cunas climatizadas.

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