“Amado,
¡No, me dejes! Oh, querido por los hombres,
¡No mueras, no dejes que te alejen de mí!”.
Es el llanto de Gilgamesh cuando acariciaba el cuerpo sin vida de su amado Enkidu en sus brazos.
“Tocó su corazón, pero no latía.
Luego él veló la cara de Enkidu, como un viudo a su novia”.

Pasan unos 4500 años de estos versos, recitados por el rey sumerio de Uruk. ¡Si hoy volviesen a través del túnel de tiempo a esta región, Gilgamesh y su pareja Enkido, de melena larga “como mujeres” y vestido con “ropa femenina”, –como lo describen las tabillas–, y con el que “vivía como matrimonio”, serían lapidados!

En este extenso armario que es Oriente Próximo la expresión pública del amor y deseo, no solo de las personas LTGB, sino también cuando es manifestada por heterosexuales, está perseguida. Los mandatarios de la región se sienten más cómodos haciendo apología de guerra y odio que promoviendo y repartiendo la felicidad. Por lo antinatural de sus ideologías, sus súbditos logran burlarse de mil maneras de los controles, duplicando su identidad: una de cara a la galería, recatada y ajustada a las normas; otra en privado y en coherencia con su pensamiento.

Rescatando la memoria

¿Sabían que el primer revolucionario socialista de la historia, el iraní Mazdak (m. 524), también proclamó el amor libre? Seguidor de Zaratustra, Mazdak encabezó un vasto movimiento popular, que exigía a los emperadores persas, además de la igualdad de los ciudadanos, la socialización de la propiedad y de los bienes, la implementación de una agricultura comunitaria y el principio “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, la estatalización de la propiedad de las herencias, la suspensión del servicio militar en favor de la paz, la separación de los sacerdotes del poder, un programa de ayuda a los pobres, el vegetarianismo, y también el desmantelamiento de la institución matrimonial religiosa –que convertía a las mujeres en la propiedad privada del hombres–, y una sexualidad libre. Los señores adinerados no sólo se habían apoderado de los recursos del país, sino también de las mujeres, dejando a miles de hombres sin poder formar una familia. Los reyes y los sacerdotes les acusaron de portadores de ideas aberrantes y de querer “compartir a las mujeres decentes en sus comunas”. Los mazdakíes, con 300.000 seguidores, llegaron a tomar el poder en varias provincias de Irán, hasta que fueron aniquilados en 524: cerca de 3.000 activistas fueron enterraron vivos bajo cemento. Luego, se declaró ilegal tanto el amor libre como la económica comunitaria.
En aquellos siglos, otro hecho transformaba la vida sexual de los hombres iraníes: la entrada de miles de adolescentes, vía migración o la trata, procedentes de regiones conquistadas por el imperio persa. Los de la clase alta contrataban naricas, jóvenes imberbes o “muchachos afeminados”, que hacían de amante de los señores, o trabajaban de escanciadores en las tabernas siempre masculinas. Es posible que el termino español marica se haya introducido al castellano a través de los marineros íberos que paseaban por el Golfo Pérsico.

La invasión árabe-islámica en Irán en el siglo VII sólo agravó este abuso a los menores. La dictadura religiosa, con las estrictas normas sexuales elaboradas en la península arábiga, la mirada binaria al ser humano que llega a prohibir que un hombre se vista de mujer y viceversa, la segregación y la ocultación de la mujer y los duros castigos previstos para los infractores, propagó la pederastia y también la homosexualidad forzosa, en las que las niñas y los adolescentes varones eran las principales víctimas: ellas, porque la religión legalizó el matrimonio de los hombres con niñas de cualquier edad y en número indeterminado (cuatro esposas oficiales e infinitas concubinas); ellos, porque se llevaban el castigo más severo si eran descubiertos, y no sólo por pertenecer a las clases pobres, sino también porque la religión es más impecable con el que juega el papel pasivo de una relación de poder y dominio. Poetas iraníes como Abunawaz (s.VIII) se rebelaron contra el culto a la abstinencia y tristeza defendido por el clérigo con poemas báquico, cantando al amor homosexual.

Los harenes de los aristócratas de la Edad Media de Damasco y Bagdad se iba llenando de tantas niñas y mujeres que les fue imposible poder atenderlas. Con el fin de impedir una revuelta sexual entre sus prisioneras, elevaron los muros de los castillos, pusieron guardianes eunucos para vigilarles, y castigaron a las soahikis, mujeres que buscaban afecto y sexo entre sus compañeras. Mientras, en Irán los emprendedores vieron buen negocio en los burdeles masculinos legales llamados Amard Jané (Casa de los no-hombres), que competían con los Ghahwe Jané (Casas de café), a los que satíricamente se llamaba Ghahbe Jané (Casa de putos). En ambos lugares se explotaba a adolescentes varones huérfanos o de familias pobres, que servían vino, bailaban y prestaban otros servicios a los clientes.
Es la misma época, el matemático Omar Jayyam fue perseguido por los fundamentalistas, más por negar el cielo y la otra vida que por su homosexualidad y su vida hedónica: tuvo mucho cuidado en utilizar en sus cuartetos términos de género neutro para referirse a sus amantes: “Este cántaro fue un día, como yo, un enamorado / de su joven amante, por su cabello prendado…”.

La sociedad se rebelaba contra el fanatismo: el término lavat (de Lut, el personaje bíblico) que en el islam hace referencia a la sodomía, en Irán fue dado a los bandidos Robin-hudianos, y también a los hombres solteros que en los barrios hacían de confidentes para los vecinos. Se les reconocía por sus vistosos mostacho y un pañuelo de seda atado al cuello. Cuando un padre de familia tenía que ir de viaje de negocios o a la peregrinación, le entregaba la llave de su casa a estos caballeros, quienes a cambio le brindaban un pelo de su bigote envuelto en un pañuelo blanco, como señal de su hombría y honradez. Los lutissobrevivieron a la modernización de la era de Pehlevi, y desaparecieron definitivamente con la teocracia islámica en 1979.

Durante el siglo XX, Oriente Próximo estaba bajo el dominio de las fuerzas seculares árabes, turcas y persas, que a pesar de rechazar la homosexualidad, no la perseguían. Es más, en Irán hubo hasta matrimonio gay: en 1976, el arquitecto y pintor Bizhan Saffari (hijo de un general) contrajo matrimonio civil y religioso con el diseñador Sohrab Mahavi en el lujoso hotel Commodore de Teherán.

Las opciones sexuales y las identidades

El asalto de las fuerzas de la derecha religiosa a la escena política y social ha echado a perder gran parte de las conquistas sociales, sobre todo en lo que ataña a las libertades personales. Desde Arabia Saudí, hasta Egipto y Marruecos, los hombres adultos establecen relaciones sexuales con chavales sin considerarse gays: forman familias con mujeres, y echan cana al aire con un varón siempre más joven: por ejemplo, cuando sus esposas están embarazadas.

“Dios te está mirando” es la frase que se repite en los aseos de los colegios femeninos de Arabia. En este país, es más fácil para los hombres y las mujeres tener relación con personas de su mismo sexo que con otras. Los creyentes “desviados” suelen recurrir la espiritualidad, desechando la doctrina religiosa con dos argumentos: que Dios es misericordioso y compasivo, y por lo tanto les perdonará, o que es el destino determinado por el Dios, quien les creo así y cuya voluntad se debe respetar.

Desde que la Unión Soviética despenalizó la homosexualidad en 1917, muchas naciones han seguido su camino. Es el caso de Jordania, que en 1951 dejó de perseguir los actos homosexuales entre mayores de 16 años, igaul hizo el Reino Unido en 2001.

La lucha contra la queerofobia continúa en Oriente Próximo, y a veces deja algún logro: en 2017, Pakistán expidió el primer pasaporte de tercer género a la activista transgénero Farzana Riaz, que puede marcarse con una “X” en vez tener que elegir entre “hombre o mujer”.

http://blogs.publico.es/puntoyseguido