Líbranos de los puros, Señor

Sin duda cada relevo es distinto y obedece a distintas circunstancias. Pero, sea como sea, en estas semanas se ha comprobado que este es un país de vaivenes y extremos, y de éstos no se sabe nunca cuál es peor. Uno de los más perniciosos efectos de la insoportable y prolongadísima corrupción de políticos, constructores y empresarios es que —en apariencia— se ha pasado a lo opuesto. De boquilla, claro está; sin entrenamiento previo; sin tradición de honradez; con los aspavientos y la ira inquisitorial de los conversos, es decir, de los hipócritas. Es como si se hubiera iniciado una competición por demostrar quién está más limpio, quién es más puro e incontaminado, quién más intransigente con los podridos, quién defenestra mejor a los sospechosos. Y claro, no nos engañemos: este, como Italia, es un país secularmente indulgente con los hurtos, las picardías, la transgresión leve, los pecados veniales, las pillerías. Es más, ha admirado todo eso, tácita o abiertamente. Ha envidiado a quienes osaban cometerlos y se salían con la suya y rehuían el castigo. No es esta una actitud de siglos remotos. Hace pocos años causaba incredulidad que, sabiéndose cuanto se sabía de la corrupción del PP de Valencia, este partido siguiera ganando allí elecciones generales, autonómicas, municipales, una y otra vez. Por no hablar del consentimiento catalán de décadas a los Pujol y al 3%. En casi todas las comunidades encontraríamos el mismo panorama, de Galicia a Baleares a Andalucía a Madrid.

Esto era lamentable (¿era?), pero era nuestra historia y la verdad. Ahora, de repente, el país se ha llenado de virtuosos que miran con lupa hasta el más insignificante curriculum de cualquiera, para ver si ha mentido o lo ha inflado, algo que probablemente hace o ha hecho el 80% de la población con curriculum. Se escudriñan las declaraciones de la renta, como si hubiera algún español (¿el 5% quizá?) que jamás hubiera intentado mejorar su tributación con algún recurso legal o semilegal. En esto, además, es difícil que nadie esté limpio, porque Hacienda se encargó de que todos metiéramos la pata: lo que un año admitía, al año siguiente o dos ya no, y a veces la falta era retroactiva. Uno ve clamar al cielo a políticos de lo más dudoso (ver a Monedero o Hernando con el manto de la Inmaculada produce irrisión), acusando con el dedo al individuo caído en desgracia o víctima de una cacería. Lo mismo a periodistas y tertulianos, muchos de los cuales habrán incurrido exactamente en lo mismo que el linchado de turno: lejos de mostrarle comprensión o solidaridad, se ensañan con él, sin caer en la cuenta de que ellos pueden ser los próximos. El resultado de esta falsa furia purificadora es el habitual en casos así: todo se agiganta y no hay matices; cualquier pequeña omisión es presentada como un grave crimen; alguien con una multa por haber aparcado mal corre el riesgo de acabar inhabilitado para cualquier cargo público, o docente, o empresarial; se confunde una infracción con un delito; se considera corrupto a quien meramente fue mal aconsejado o cometió un error; la buena fe está descartada y se presupone siempre la mala.

Pero, como nuestra tradición es la que es (y éstas no cambian en un lustro ni dos), todo este espíritu flamígero es impostado, farisaico, artificial, suena a fanfarria y a farsa. Después de hacer la infinita vista gorda ante la corrupción más descarada, ahora toca no pasar una, con razón o sin ella. Darse golpes de pecho y exigir a los demás (eso es invariable: a los demás) una trayectoria sin tacha en todos los aspectos. Y aquí ya no apuntaré porcentajes: niños aparte, no hay en España un solo ciudadano con una trayectoria impoluta en todos los ámbitos de la vida. Lo peor es que quienes mejor lo saben son los políticos, los periodistas y los tertulianos que (con la honrosa excepción, que yo sepa, de Nativel Preciado y Carmelo Encinas, justo es reconocérselo) se han puesto últimamente el disfraz de la Purísima, sin pecado concebida.

Javier Marías

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