Una vida en una billetera

Una vida en una billetera

CreditBrian Rea

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Estoy en mi escritorio, con la billetera de mi hijo frente a mí. Es un modelo estándar, de cuero; está repleta, desgastada y le cuelgan hilos como si fuera chaleco de vaquero. Le pedí a Zach que la cambiara e incluso tenía una apartada para él. Pero quería esta vieja, por el hábito y una frugalidad típica que creo que le heredé.

Sé lo que hay dentro: tres billetes de cien dólares y unos 140 más divididos en fajos de veintes o diez. A veces lo regañaba por andar con tanto efectivo. Pensaba que eran preocupaciones muy exageradas, incluso después de que uno de los juegos de póquer de bar a los que le gustaba ir en Madison, Wisconsin, fue asaltado a punta de pistola. (Esa noche, qué bueno, él no estaba en la mesa).

Mi esposa y yo acordamos que tenía una percepción de riesgo como la de un adolescente, que su lóbulo frontal apenas estaba por desarrollarse para empatar con sus 26 años.

Adentro, junto con el efectivo, está su primera y única tarjeta de crédito; es una Visa del banco local. Ya mandé una solicitud para que sea cancelada. Debajo de la tarjeta bancaria hay una del seguro que le dieron en el trabajo. Seguramente aún son visibles las huellas del empleado en la sala de emergencias que anotó los datos.

También hay otras cuatro tarjetas del seguro, caducas, junto con la de su servicio dental. Nunca lo convencimos de que era buena idea usar hilo dental; esos consejos tan estridentes de que mantuviera bien cuidados sus dientes para la vejez parecen ecos crueles.

En los momentos en que meditaba sobre mi mortalidad, había pensado en escenarios en los que mis hijos tenían que revisar mis pertenencias. El orden ha quedado perversamente invertido.

En un bolsillo delantero hay un pase anual para el salón Geeks Mania Arcade, cuyos dueños hace poco cambiaron el esquema de entrada: de meter monedas a cada máquina a un pago de 15 dólares para que juegues donde quieras durante veinticuatro horas. A Zach no le gustó el cambio. Si le dabas 15 dólares en monedas podría jugar durante semanas en sus máquinas favoritas de pinball. Era todo un mago del pinball y hasta viajaba a torneos. Cuando salíamos a comer pizza muchas veces dejaba juegos gratis acumulados en las máquinas.

Detrás del pase hay una tarjeta para cocteles gratis en el sitio local para jugar boliche. Con regularidad ganaba premios, como los tragos gratis, en el torneo mensual de pinball que se disputaba ahí. Como no bebía, me los regalaba para que se los diera a su exentrenador de tenis, a quien sí le gusta disfrutar de unos tragos en el bar de ese boliche.

He jugado tenis toda mi vida y era profesional en clubes; pensé que ese deporte era uno de los regalos que le podía transmitir de manera competente a mis dos hijos. Zach, como buen hermano menor, muchas veces iba a las sesiones de su hermano mayor. Quería probar que era igual de digno de atención, entonces tomaba varias pelotas y se ponía a lanzar y golpearlas sobre la red de la cancha de al lado durante la sesión de una hora.

Cuando su hermano empezó a jugar en torneos locales, Zach se la pasaba pidiéndome permiso para hacer lo mismo. Era muy pequeño para su edad y, francamente, poco atlético en los sentidos tradicionales; sus pares corrían mucho más en el futbol y eran mucho más altos en el básquetbol. Cuando tenía 8 le dije que podía ingresar a torneos si mejoraba su saque, algo que pensé que le tomaría unos dos años.

Llevó una cubeta a las canchas locales y trabajó sin tregua hasta que admití que sin falla le daba al blanco. Jugó su primer torneo para menores de 10 en Janesville, a una hora de Madison. No ganó pero estaba emocionadísimo. Ahora hay un estante lleno de trofeos de tenis en su cuarto. Supongo que ahí los dejaremos. ¿Qué más podríamos hacer con ellos?

Después del cupón para cocteles hay una tarjeta de regalos para el cine local, que le dio su madre hace unos meses para su cumpleaños y al que aún le quedaban fondos. Como algunos hombres jóvenes, le gustaban más las películas de acción que los dramas. Le encantaba recitar partes de películas y quería que de inmediato supieras de cuál hablaba.

También está la tarjeta de AAA para asistencia automovilística que le compramos, sin pensar que la única vez que su vehículo necesitó una grúa fue cortesía del departamento local de policía, que lo llevó al depósito para cumplir los requisitos en caso de accidentes mortales. Se ve tan joven en la foto de su licencia de conducir, tomada cuando tenía 19 años, en 2010. La licencia enlista sus ojos azules y cabellera rubia, cortesía de mamá, y los 163 centímetros de altura, cortesía de papá.

La membresía de AAA se terminaba en diciembre. En mi calendario aún tengo escrito el recordatorio para renovarlo. Hay una foto aún más joven de él, en su tarjeta de débito tramitada cuando iba en la Universidad de Wisconsin, campus Eau Claire, que dudo ha tenido saldo desde que se licenció de Economía en 2014.

Al lado hay una tarjeta para el sistema de transporte BART que sacó para una semana en la que visitó a su hermano en San Francisco. (Se perdió la parada correcta y terminó en Oakland, pero pudieron reencontrarse poco tiempo después y todos nos reímos porque fue una experiencia de vida).

Mi esposa y yo recibimos esta billetera en las horas tempranas del domingo 22 de abril en la sala de emergencias del hospital universitario; estaba en una bolsa de plástico junto con algunas monedas sueltas y la llave del auto.

Luego hay varios cupones para acumular premios: una de Magical Movie, que supongo es un beneficio para usuarios frecuentes, y una del club del Hotel y Casino Potawatomi, en Milwaukee. Varias veces iba a sesiones sabatinas o a los torneos y jugó lo suficiente como para ganarse unas noches gratis.

Cuando Zach se graduó de la universidad, el casino local —que antes tenía puras tragamonedas— abrió una sala de póquer electrónico; se volvió cliente regular. Una vez fui para ver de qué se trataba y me hizo plática el gerente de la sala cuando le dije quién era.

“Ah, Zach es de los grandes ganadores”, dijo. Mencionó que no podía compartir la cifra exacta, pero recalcó con una sonrisa: “Si necesita un auto nuevo, está más que cubierto”.

Mi esposa y yo quedamos aliviados cuando cerró esa sala y Zach se concentró en planear una carrera; aprobó los primeros dos exámenes de cuatro horas de duración para ser actuario. El único objeto personal que su supervisor en la oficina nos regresó después del accidente fue la carpeta con la que estudiaba para el tercer examen. Quizá las matemáticas que revisaba lo hizo recordar el colegio, porque también se volvió un tutor voluntario regular en su antigua preparatoria.

En la billetera también hay una tarjeta de recompensas de la Serie Mundial de Póquer del Cesar’s Palace y otro de Boyd y de MGM. El verano pasado fue con su hermano a Las Vegas y jugó en uno de los eventos paralelos a la serie mundial.

Zach era un experto en los juegos desde niño, cuando exigía otra ronda de Serpientes y Escaleras o de Candy Land. A los 5, cuando parecía de 3 años, maravilló a un grupo de adultos en la tienda de electrónicos local al avanzar con facilidad varios niveles del juego de Oregon Trail que estaba en exhibición.

Mi esposa y yo recibimos esta billetera en las horas tempranas del domingo 22 de abril en la sala de emergencias del hospital universitario; estaba en una bolsa de plástico junto con algunas monedas sueltas y la llave del auto. Lo habíamos convencido de usar mi Mazda 2009 después de una larga batalla para que ya dejara el Camry de 1997 que había sido de su abuela y que ya no era confiable ni seguro.

Estábamos convencidos de que iba a estar mejor con las bolsas de aire por doquier. Protestó y dijo que al Camry viejo le quedaban unos 160 000 kilómetros más. Probablemente tenía razón. Le dijimos que me pagara 4 000 dólares por el Mazda, que era una ganga en comparación con los precios de reventa en listados como Blue Book.

No le avisé que ese dinero en realidad lo mandé directo a una cuenta de retiro a su nombre, donde también había estado mandando todos los cheques mensuales que nos daba para pagar renta desde que se mudó de regreso a casa tras graduarse. Queríamos que ya tuviera algo de inicio en sus ahorros para la jubilación.

Llevaba un mes con mi Mazda. Quizá no se sentía cómodo aún. Quizá la obsesión que yo había tenido con las rayaduras más pequeñas estaba muy presente en su subconsciente. Un sábado en la noche, después de uno de los torneos de póquer en un boliche local, se detuvo con el coche aún encendido para pedirle direcciones a un amigo que iba camino a otro juego de cartas.

Por alguna razón —un momento estúpido o descuidado— dejó el coche en neutro en vez de mover la palanca a “estacionado” y comenzó a rodar hacia el muro del boliche. Con una rapidez que nunca tuvo en las canchas de tenis corrió hacia atrás del auto pensando en frenarlo o en que no tuviera rayadura alguna.

El vehículo lo aplastó contra la pared.

De vez en cuando, en los momentos en que meditaba sobre mi mortalidad, había pensado en escenarios en los que mis hijos tenían que revisar mis pertenencias: que tiraban mis archivos a un bote de basura, regalaban mis libros a una librería de viejo y se reían de aquel hábito mío de guardar recibos por doquier.

Ese orden ha quedado perversamente invertido. Aquí estoy, en mi escritorio, con la billetera de mi hijo frente a mí. Sé lo que hay dentro. Ojalá alguien venga y se la lleve.

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