¡Ballena a la vista!

El avistamiento de cetáceos es una de las actividades más atractivas para los turistas que visitan las zonas de tránsito. Toneladas de plástico las amenaza

Una ballena jorobada salta junto a una pequeña embarcación en Puerto López (Ecuador).
Una ballena jorobada salta junto a una pequeña embarcación en Puerto López (Ecuador). JOSÉ JÁCOME (EFE)

Las ballenas son los mamíferos que más kilómetros recorren en busca de alimento o para reproducirse. Las jorobadas se alimentan en la Antártida y se reproducen en las costas de Colombia, Panamá o Ecuador.

Avistar uno de estos ejemplares es un espectáculo que muchos quieren experimentar. Ver la cola de una ballena hundirse en las profundidades del océano para coger impulso, sentir el vaivén del barco azotado por las olas provocadas por el salto de la jorobada o escuchar el bufido del espiráculo cuando sale a tomar aire y continuar su marcha es algo que pone la piel de gallina a quien lo vive y que transmite a quien escucha la historia.

Estos días, visitantes y foráneos han fletado varias embarcaciones en Ecuador para acercarse a las jorobadas que se reproducen en las aguas del Pacífico.

El avistamiento de cetáceos es una práctica habitual que celebran los organismos ecologistas, pues aunque puede suponer un peligro para los animales —que en ocasiones se sienten “agobiados” y cambian sus hábitos—, proporciona mayor beneficio económico que la caza comercial y promueve la protección de esta fauna.

Y es que hace unos años, la ballena jorobada era una especie en peligro de extinción por la caza furtiva; ya se ha recuperado y se estima que en los océanos hay más de 60.000 ejemplares.

Sin embargo, como el resto de la fauna marina, estos mamíferos se ven afectados por la contaminación. Las ballenas no dentadas se alimentan a base de pequeños peces y de kril, unos animales que se encuentran en la superficie, igual que las toneladas de plástico que flotan en nuestros océanos.

Según WWF, cada año se tiran al mar cerca de ocho millones de toneladas de residuos plásticos, que suelen acabar en el estómago de los animales, lo que puede causarles graves problemas e incluso la muerte.

En febrero de este año apareció muerto en las costas murcianas un cachalote que había ingerido hasta 29 kilos de plásticos. Se estima que el 90% de las aves y la mitad de las tortugas marinas han comido plástico alguna vez.

Está en nuestra mano cuidar los océanos para seguir disfrutando del espectáculo que nos ofrecen las ballenas.

https://elpais.com

Deja un comentario