El calor y el amor son iguales: queman

El turista enamorado contempla los termómetros urbanos. Se para delante de uno y espera la superación del fuego por el fuego

El calor y el amor son iguales: queman
MARCOS BALFAGÓN

Y el calor descendió sobre los seres humanos. Hay que huir de Madrid, de Sevilla, de Cáceres, de Córdoba, como sea. El turista enamorado asocia el calor al subdesarrollo. Una vez, cuando era un crío, leyó esta sentencia de Nietzsche que le dejó marcado para siempre: “El calor es enemigo de la civilización”. Claro que si eres capaz de aguantar 40 grados a la sombra, como está haciendo ahora mismo en Madrid, estás preparado para el infierno, para la guerra, para las bombas, para la evaporación de la carne en cualquier momento. Es un desafío a la naturaleza ponerse a pasear por la Castellana a las tres de la tarde por el mero placer de arder en soledad. El turista enamorado contempla los termómetros urbanos. Se para delante de uno y espera la superación del fuego por el fuego: espera que el 40 deje paso al 41. Ojalá lleguen los 42 grados. Nos asfixiaremos por amor. El calor y el amor son la misma cosa: los dos queman. Oh, Granada, arde ya. Oh, Jaén, arde en este delirio de amor. Nadie tiene hambre con un calor así, pero el turista enamorado no diría que no a una fabada rusiente, porque el calor pide más calor. El calor es como el sexo, una vez que lo pruebas no puedes parar si no hasta morir. Oh, calor, mátame. Los guiris morirán de tormento turístico hoy. Se quemará su piel en las playas. Serán, como en el chiste, gambas rojas con forma humana. El calor en España es arte. Es Picasso. Es Cervantes. Es un llamamiento universal a la vagancia. La huelga de taxistas se vuelve irreal, porque bajo el calor todo se torna imaginario y prescindible. Esa es la grandeza del fuego solar: hace que nuestro cuerpo se convierta en rey y soberano. Porque cuando un cuerpo suda bajo el terror de los 40 grados, comprende que no hay vida más allá de la carne y comprende que la política, la cultura, la sociedad son ficciones. Ah, el cuerpo, qué bien arde, concluye el turista enamorado. Pero no soy tonto, tengo que salir de Madrid o me quemaré vivo. Las estaciones de tren, de autobuses, los aeropuertos están rebosando cuerpos que sudan. Búscate una playa, échale cubitos de hielo a las olas del mar. Pero el turista enamorado se resiste a irse de Madrid porque quiere ver un espectáculo prodigioso, quiere ir a la Gran Vía o a la Puerta del Sol, para ver cómo los guiris se convierten en san Lorenzos, el santo que fue cocinado en una parrilla. San Lorenzo es el santo más español de la historia. Los guiris se queman en la pira española. El turista enamorado, por solidaridad y cortesía, quiere quemarse con ellos, quiere inmolarse con ellos, está dispuesto a untar una porra madrileña en una sangría caliente. Y de repente tiene una revelación. Le es dado contemplar el poder igualatorio del calor español: sudan los monárquicos como sudan los republicanos, suda la izquierda y suda la derecha, sudan los secesionistas y sudan los constitucionalistas. Suda el Rey de España. Suda Ada Colau. Sudan los nietos de Franco. Sudan los pecadores y sudan los santos. Suda hasta la Historia de España. Y el turista enamorado ve paz al fin. La paz del fuego sea con nosotros. Y sonríe.
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