El ocaso de la eminencia

¿Qué resuena, nos asombra o nos da sombra hoy precisamente mediante su altura?

Los niveles del horizonte han estabilizado una misma elevación sobre la que reposa nuestro actual caudal de creatividad, nuestro fast and furious mental o nuestro índice de velocidad e intercambio.

Atravesamos por una época en que lo urgente y cuantioso priva sobre la mejor calidad y sobre su posible textura, hoy impotente o revoltosa.

El desarrollo democrático en su versión más perversa ha venido a comportarse como una cosechadora igualitaria hasta lograr que parezca el sembrado como una interminable planicie de igual, mejor y peor. De confín a confín del mundo no hay ya sabios ni monumentos eminentes sino escuelas y universidades de prestigio; no hay líderes sino mostrencos vestidos de carnaval nacional.

Desde hace medio siglo, por lo menos, este latifundio mundial en el pensamiento y el arte, en los crímenes y en la ambición, han cambiado el technicolor de la parcela admirable en una monótona y gigantesca plantación.

Ya pues toda esa época y su mundo orondo han perdido su cara particular para uncirse a una misma carreta cuya visión obstaculiza su deseable horizonte. Poco a Poco la sociedad ha perdido así la imagen de sus hitos más ejemplares para plasmarse en una postal cuya visión emborrona aún más la indiferencia de alturas.

Todos los elementos sagrados de ayer yacen moribundos y también medio difuntos los ensoñados confites por los que se llamaba a combatir. Venir. En el interregno no hay reyes. Hay bufos, pederastas o impostores con sus figura de yeso.

¿A dónde asirse pues para no atontarse más? ¿De qué fe valerse para no resbalar? La respuesta se halla en las mismas generaciones que antes dejaron la huella de sus talones sobre los lodos del solar. Antes era la queja de la soledad en medio de nuestra sociedad orteguiana. Después fue La muchedumbre solitaria de David Riesman, Nathan Glazer y Reuel Denney en 1950, cuando la masa se había apelmazado ya. Ahora, la muchedumbre embarazada. Su interior se ha convertido en vecindario y su personalidad es la marca blanca de encarar el desayuno.

Allanados por la planicie, familiarizados con el desierto, ni en la seca política ni en la intelectualidad abrasada siquiera se llega ya a sentir sed. El mundo es lo que es. Estos son los datos. Hoy por hoy son los que se perpetuan.

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