El Papa debería volver al psiquiatra

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Si es usted católico y homosexual, lo siento mucho, pero tiene usted un problema bien serio y debería consultar a un psiquiatra. No lo digo yo, lo dice el Papa, cabeza visible de la Iglesia católica, lengua infalible del rebaño y una verdadera autoridad en cuestión de enfermedades mentales desde los tiempos en que el Vaticano ordenaba pegar fuego a libros, brujas, filósofos y científicos. Eso sí, si acude a la consulta de un especialista serio, no descarte que en vez de intentar corregir sus gustos desviados, lo trate directamente del catolicismo. La homosexualidad no se puede curar: la gilipollez sí, aunque es difícil.

A muchos ingenuos, no todos ellos católicos, les han podido sorprender las declaraciones de Bergoglio, un hombre al que suponían revestido de buena fe y armado de una escoba mágica capaz de limpiar la podredumbre secular de la iglesia gracias a su genuino acento latinoamericano. Más aun cuando Bergoglio ha especificado que lo mejor es empezar el tratamiento desde la más tierna infancia, en cuanto asomen los primeros síntomas de mariconería o tortillerismo, porque a partir de los 20 años la cosa ya se pone muy cuesta arriba y no queda más remedio que recurrir a un exorcista.

Como se ve, el Papa Francisco sigue al pie de las letras las enseñanzas evangélicas: que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. Con la izquierda pide perdón y enjuga lágrimas de cocodrilo por los miles de abusos cometidos y amparados en el seno de la iglesia católica; con la derecha repite el mazazo homófobo de siempre, condenando la homosexualidad al reino del pecado, la enfermedad y la impudicia. Dejad que los niños se acerquen a Freud. Tan intempestivas han sonado las palabras papales que el Vaticano, en la versión corregida de sus declaraciones, ha suprimido las referencias psiquiátricas. El mismo Bergoglio contó en cierta ocasión que, como buen argentino, durante una temporada visitó a una psicoanalista judía una vez a la semana, “para aclarar algunas cosas”. No dijo si fue para intentar remediar una infancia marcada por impulsos homosexuales latentes o por un Edipo mal resuelto, pero parece que aclararse no se ha aclarado mucho.

Para terminar de arreglar las cosas, el Papa ha recetado las excursiones infantiles al diván justo en mitad de la tempestad de mierda que vuelve a caer encima de la iglesia católica a raíz del escándalo de Pensilvania. Al igual que a otros ilustres jerarcas eclesiásticos, Bergoglio ve un niño y se le va el santo al sexo. Al Papa Francisco no lo tragan en el Vaticano por razones que tienen muy poco que ver con la teología y todo con el poder: por eso sus detractores están usando toda la artillería disponible, incluida la acusación de encubrir personalmente los abusos del cardenal Thedore McCarrick. Como el que está libre de pecado tira la primera piedra, el arzobispo Carlo Maria Viganò ha lanzado una carta de once páginas directa a la apostólica yugular del Sumo Pontífice. De este modo, las puñaladas traperas contra el Papa Francisco en los pasillos del Vaticano van dejando en pañales las intrigas contra Jude Law en la teleserie de Sorrentino. Son más bien los sacerdotes pederastas y sus cómplices y encubridores quienes deberían visitar no al psiquiatra sino a un capador de cerdos.

David Torres

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