Esto es lo que sucede cuando te metes una raya de coca

Iñaki Berazaluce

Esto es lo que sucede cuando te metes una raya de coca

La escena se repite cada fin de semana en miles de bares, restaurantes y garitos de todo pelaje: acabada la cena o recién pedido el cubata de turno, uno de los miembros -o miembras- del grupo alza las cejas, esboza una sonrisa y encamina sus pasos al baño, seguido por el resto de los componentes de la cuadrilla, separados por sexos o todos en feliz totum revoluntum, en función de la tolerancia del local en cuestión.

Todos saben, todos sabemos, adónde van: del camarero al resto de los clientes. No hay nada malo en ello, porque la ceremonia de empolvarse la nariz se hace con la debida discreción y, a fin de cuentas, ¿qué mal puede hacer una rayita de coca de tarde en tarde?

Hace años que el consumo de cocaína se ha normalizado en muchos lugares del mundo, especialmente en España, que año tras año aparece en las estadísticas entre los mayores consumidores del mundo per tocha. Muy pocos de los miles de esnifadores que cada día pasan por los baños, públicos o privados, para ponerse una loncha, una raya, una puntita o hacerse un “nevadito” establecen alguna relación entre su hábito y las miles de vidas que se sacrifican para que la farlopa llegue a sus narices.

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Los carteles de la coca se comportan como eficientes multinacionales en el entorno actual de prohibición de las drogas. Con el irresistible estímulo de un precio desorbitado, las mafias han creado un sistema capilar que es capaz de entregar un gramo de cocaína -“farlopa” sería el término más apropiado, pero ése es otro cantar- en menos tiempo de lo que Telepizza tarda en llevarte una pizza a casa.

Por supuesto, el consumidor final se mueve en la misma lógica evasiva,,, del capitalismo. Su único interés es que el producto tenga una calidad aceptable, que el camello llegue a su hora y que la policía no se entrometa en su derecho soberano a meterse uno o varios gramos, después de toda la semana “trabajando como un cabrón”. Al cliente sólo le importa el tramo final de la transacción, la que va desde la operación de compra hasta su nariz. El cliente ignora -o prefiere ignorar- los muertos, presos, sobornos, ejércitos, deforestación, atentados e incluso regímenes títere que han sido necesarios para hacer posible su hábito. Tal y como explica Roberto Saviano en su imprescindible libro-reportaje ‘Zero zero zero’, la cocaína mueve la economía mundial y se ha convertido en un valor refugio para los capitales volátiles en busca de rendimiento.

Alguien podría alegar que toda esta muerte y destrucción existe única y exclusivamente por la infame y estúpida “guerra contra las drogas” que Estados Unidos puso en marcha en 1971 y a la que se sumaron, con el fervor del converso, el resto de los países del mundo. Y tendrá toda la razón: no hay nada en la cocaína -el alcaloide presente en la hoja de coca- que le distinga de, por ejemplo, la cafeína, el principio activo del café, la otra gran droga estimulante que hace girar el mundo. Si en lugar de la cocaína algún lince de Washington hubiera propuesto prohibir el café, ahora serían (seríamos) millones de yonquis de la cafeína los que atracaríamos farmacias para poder pagar los 100 euros que costaría un café con leche (cortado con achicoria y Eko).

Efectivamente, es la prohibición la culpable de que 250.000 personas hayan muerto en México entre 2006 y 2018 por el narco en la imparable espiral de violencia que vive aquel país. Y la misma prohibición es responsable de que dos tercios de los presos penen en las cárceles de España por un delito en el que no hay víctima (excepción hecha esa entelequia llamada “salud pública”), como sagazmente concluyó Antonio Escohotado hace varias décadas. ¿O es que acaso alguien obliga al consumidor a comprar y meterse eso que llamáis equívocamente cocaína?

La prohibición es la culpable, sí, pero ése es el entorno en el que nos movemos mientras dure esta sinrazón, así que la próxima vez que te metas una raya de coca recuerda que también te estás metiendo la parte alícuota de violencia, muerte y destrucción que esa coca ha generado a este y aquel lados del Atlántico.

Dentro vídeo:

https://blogs.publico.es/strambotic/

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