HUEVO FRITO CUM LAUDE

HUEVO FRITO CUM LAUDE
(Imagen de Mariola Bogacki)
En cuanto alguien me dice: “es que la fritanga no es sana”, salgo corriendo, igual que si me dicen que admiran a Warhol como pintor o a Octavio Paz como poeta. Me da pereza tener que discutir de tanto lugar común. Uno es fritanguero, solanesco, machadiano, anticuado. En el cole deberían enseñar a los niños cómo pintar un atardecer, cómo hacer un verso y cómo freír un huevo. También deberían enseñarles a ser educados con los viejos, que robar está mal, que ensuciar la calle peor, que leer todos los días un rato no los privará de vivir, de besar a la novia, ni de matar marcianos en la consola, También a hablar, a discutir con elegancia y hasta con ferocidad pero nunca con los puños. Y por último deberían enseñarles que caminar, nadar, biciclear, respetar los árboles y fritanguear con aceite de oliva es muy bueno para la salud del alma y la del cuerpo, que es lo mismo. Pero claro, la escuela está para otras cosas accesorias que le importan mucho a Wert y a sus secuaces.

Tan difícil. O tan fácil hacer un huevo frito. Me gustan con pimientos fritos, con patatas fritas, con torreznos fritos (no puedo ser sublime sin interrupción, ya dije). Los españoles sin fritos seríamos otra cosa, marcianos o algo peor.

También me gustan con trufa de Teruel por encima o salpicados de caviar de Riofrío. Pero si alguien me invita a su casa a comer unos huevos fritos con patatas y virutas de jamón no tengo más que decir, ese amigo o amiga sabe cocinar y no necesita deslumbrarme con fuegos artificiales deconstruídos. Ese es el punto medio entre lo castizo y lo sublime.

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