La bota de Orwell, entre lazos y “samarretas”

Cuenta Orwell, al final del tercer capítulo de su Homenaje a Cataluña, que uno de los problemas a los que debían enfrentarse los milicianos, recién llegados al frente de Aragón, eran los “santo y seña”, formados por “palabras rimbombantes”, que muchos de ellos ni siquiera comprendían. Una noche, la contraseña era “Cataluña heroica” y “un campesino de cara redonda, llamado Jaime Domenech” le preguntó qué significaba eso. Orwell contestó que “heroica” era lo mismo que “valiente”. Al volver a la trinchera, cuando el centinela gritó: “¡Alto! ¡Cataluña!”, Domenech respondió: “¡Valiente!”, lo que le mereció un disparo que por poco acaba con su vida.

La bota de Orwell, entre lazos y "samarretas"

Ilustración: Tomás Serrano

Lo orwelliano no es sólo la atribución a las palabras de un significado opuesto al original, según las reglas de la “neolengua” de 1984: “la “mentira es la verdad”, “el amor es el odio”, “la paz es la guerra”. También es orwelliano que palabras sinónimas o gestos análogos puedan desencadenar respuestas antagónicas, según sean atribuidas al amigo o al enemigo, a los “buenos” o a los “malos”. Si Domenech hubiera dicho “heroica”, el centinela le habría abrazado por creerlo de los suyos; pero si decía “valiente”, necesariamente tenía que ser un “fascista”.

En eso ha degenerado lo de los lazos amarillos. Para un observador imparcial, tanto la iniciativa de colocarlos como la de retirarlos aparecen como muestras intercambiables de la tensión entre la libertad de expresión y el uso del espacio público. Tú colocas en la calle un mensaje que me resulta ofensivo; yo lo retiro, aunque te fastidie. Como mínimo, cada uno está en su derecho.

Hasta tratándose de las mismas palabras, hay veces que el orden de los factores sí altera el producto. Para media Cataluña los encarcelados por el 1-O son presos políticos. Para la otra media, sólo políticos presos. El que yo piense como la segunda, no es óbice para que admita el derecho a protestar de la primera. Con una única condición: que su libertad no invada la mía.

Para media Cataluña los encarcelados por el 1-O son presos políticos. Para la otra media, sólo políticos presos

Lo menos opinable debería ser la conducta a seguir por la Generalitat. Como cualquier otra institución, está sometida al principio constitucional de neutralidad de las administraciones públicas. Y eso es lo que flagrantemente vulnera, cuando cuelga de sus edificios pancartas o lazos amarillos, en solidaridad con los reclusos. Imagínense lo que se diría si la Delegación del Gobierno en Cataluña amaneciera una mañana con un enorme cartel, pidiendo que se castigue ejemplarmente a los golpistas.

Esa Delegación del Gobierno es, por cierto, la que debía haber reclamado al Tribunal Superior de Cataluña, de acuerdo con la fiscalía, la retirada de esos elementos partidistas, y doblemente contrarios a la legalidad, de la fachada del Palacio de la Plaza de San Jaime. ¿Pero cómo iba a hacerlo, si representa al mismo ejecutivo cuyo presidente ha recibido en la Moncloa a Torra, sin pedirle que se desarme antes de entrar y deje el lazo amarillo en la puerta?

Esta concesión simbólica, en un recinto oficial tan representativo, está teniendo peores consecuencias de las que podía imaginar Sánchez. Además de crear un precedente para que cualquiera que llegue a la Moncloa, lo haga en condición de hombre anuncio; además de consolidar la perversión de que el presidente de todos los catalanes pueda ejercer sus funciones institucionales azuzando a unos contra otros, las tragaderas de Sánchez con el lazo han dado ínfulas a Torra para convertir cada una de sus réplicas en un fortín, a defender por la policía autonómica.

En menos de tres meses, hemos pasado del momento en que la Fiscalía de Cataluña instaba a los Mossos a retirar los lazos de las calles, plazas y playas, para proteger la convivencia, a la situación actual, en la que la Consellería de Interior les insta a identificar a quienes los retiren, para poder multarles –pásmense-, por causar “daños” al mobiliario urbano.

Ahora es cuando se constata que Orwell ha vuelto a Cataluña, en pleno rebrote de su influencia global. Los lazos se han vuelto del revés: han pasado de ser un elemento testimonial de defensa de unas presuntas víctimas, a un arma intimidatoria de ataque contra los disconformes con el separatismo. Algo acorde a lo que propone Torra en relación con el Estado –pasar al ataque- y a costa de que la mentira sea la verdad; la guerra, la paz y el odio, el amor.

Los lazos han pasado de ser un elemento testimonial de defensa de unas presuntas víctimas, a un arma intimidatoria

Sería discutible que se ordenara a los Mossos retirar indiscriminadamente los lazos o las cruces. Habrá lugares, como las playas, en los que molesten a los demás, interrumpiendo el paso; y otros en los que no. Pero es indiscutible que lo que no puede tolerarse es que se les ordene perseguir a los que lo hacen.

Y menos con el argumento de que el “daño” al entorno no se produce con la adición de plásticos extraños, sino con su supresión. Como si hubiera que multar a quien limpia y no a quien ensucia, dicho sea en términos meramente ecológicos, sin tan siquiera pasar del significante al significado.

Como digo, Orwell, para quien tanto supuso Cataluña, vuelve a estar de moda en el mundo entero. La semana pasada Le Point le dedicó la portada, presentándolo como “el pensador más útil para hoy”. No es casualidad que 1984 y Animal Farm encabezaran las listas de libros más vendidos en Estados Unidos, tras la elección de Trump, y en Gran Bretaña, tras el Brexit. El antídoto del pensamiento, más que libre, insumiso, que protegió la conciencia de cientos de millones de lectores del veneno del fascismo y el comunismo, ha vuelto a recuperar esa “utilidad” ante el auge de populismos varios como el supremacismo norteamericano, la eurofobia británica o el separatismo catalán.

Sus libros se inscriben, como algunas de las obras clave de Swift, Voltaire o Gogol, en el género de las sátiras menipeas -inaugurado por Menipo de Gadara-, consistente en poner en evidencia, mediante la burla, no el comportamiento de un individuo, sino la conducta tribal de un grupo. Como Liliput, el castillo panglossiano del que parte Candide o el pueblecito al que llega Chichikov, la Oceania londinense controlada por la telepantalla o la granja en la que unos animales son más iguales que otros, no suponen sino retortas de laboratorio, en las que se reproducen los fenómenos que están sucediendo a gran escala en el exterior.

Para Orwell, lo que mejor representaba el futuro era una bota pisando un rostro humano. Algo así como el “ángel de la Historia”, al que, según WalterBenjamin, el huracán del progreso impide cerrar sus alas para aprender del pasado, pero a lo bestia. Y aunque Orwell desconfiaba de todas las ideologías, con sus “pequeñas nauseabundas ortodoxias”, la peor encarnación de esa bota era el nacionalismo.

Aunque Orwell desconfiaba de todas las ideologías, con sus “pequeñas nauseabundas ortodoxias”, la peor encarnación de esa bota era el nacionalismo

En un ensayo dedicado específicamente al tema, aclara que, cuando habla de “nacionalismo”, se refiere “al hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos” y “al hábito de identificarse con una determinada nación u otra unidad, colocándola más allá del bien y del mal y sin otro deber que apoyar sus intereses”. Lo diferencia del “patriotismo” que implica “la devoción a un lugar, sin la menor intención de imponerla a los demás”. Estamos de nuevo en la frontera traspasada por Torra: el patriotismo es defensivo; el nacionalismo, ofensivo.

Cualquiera diría que Orwell estaba previendo la Cataluña de hoy, cuando advertía que “todo nacionalista se obsesiona por alterar el pasado… y transferir a los libros de historia fragmentos de su mundo de fantasía”. Y no digamos cuando sentenciaba que “el nacionalismo es hambre de poder, alimentada por el autoengaño”.

Basta rastrear los medios digitales pagados por la Generalitat, con el fin de inocular sus consignas a una parroquia alienada por el modelo educativo, según los ritos de la servidumbre voluntaria, para darse cuenta de que el separatismo catalán se empeña en hacerse cada día más orwelliano.

Basta rastrear los medios digitales pagados por la Generalitat para darse cuenta de que el separatismo catalán se empeña en hacerse cada día más orwelliano

Se empieza llamando “unionistas” a los que se limitan a defender la preservación de lo secular e ininterrumpidamente unido; se continúa responsabilizando del conflicto de los lazos, no a quienes los ponen, sino a quienes los quitan; se sigue alegando que los amenazados no son los “guardias civiles andaluces” a los que se propone asar a la brasa, sino los dueños del restaurante que, en pleno escándalo, retira esa propuesta gastronómica del menú; y se termina vendiendo la “samarreta de la Diada de l’Onze de Setembre” en la propia redacción.

Sí, como lo oyen: una “samarreta” roja con el lema “Fem la República Catalana” y la representación de una montaña, cuya escalada pasa por el 1-O y tiene como último campamento base este próximo 11-S. Te la ofrecen en varias tallas, con mangas o sin mangas. En unos casos te la venden por 15 euros, junto a una mochila y un abanico; en otros, te la regalan si te suscribes al diario.

De lo que se trata es de garantizar la uniformidad de los asistentes a la próxima Diada, combinando las “samarretas” rojas con los lazos amarillos, para sumergir a cada individuo en la masa y distinguir a los buenos catalanes de los que no lo son. Esa misma doble función es la que cumplían los monos azules que identificaban a los miembros del Partido del Gran Hermano.

De lo que se trata es de garantizar la uniformidad de los asistentes a la próxima Diada para sumergir a cada individuo en la masa

Nunca, ni en las manifestaciones en defensa de la Constitución, ni en las de apoyo a las Víctimas del Terrorismo o en las históricas marchas contra el golpismo ha pretendido nadie uniformar a los participantes. La obsesión del separatismo por hacerlo llega hasta el extremo de que, en esas mismas redacciones -qué bajo ha caído el periodismo-, se ofrecen “samarretas” para niños, al precio reducido de 8 euros.

Luego ponen el grito en el cielo, cuando se les compara con los “camisas pardas” y se les recuerda el “Tomorrow belongs to me” de los jóvenes emponzoñados por el virus del supremacismo, en la escena del merendero de Cabaret. Pero esa abducción de la infancia, hasta hacerla militante, es uno de los aspectos más detestables del nacionalismo catalán, equivalente a la creación por el Gran Hermano de la Liga de Jóvenes Espías, naturalmente uniformada. ¡Quién mejor que un niño para vigilar que nadie quite los lazos amarillos que hayan puesto sus padres!

Sánchez verá lo que hace, mirando para otro lado, mientras los separatistas siguen incubando la tormenta del odio. De momento, su bota orwelliana ya pisotea, al menos a título declarativo, el rostro del rey Felipe: “Si vivimos, vivimos para pisar las cabezas de los reyes”.

¿No debería Carmen Calvo, que sabe algo de historia, advertir a los promotores de la campaña, lanzada este jueves en una marquesina de Barcelona, con la traducción de esta cita de Shakespeare -“If we live, we live to tread on kings”-, que el cadáver del verdadero Harry Percy, alias ‘Hotspur’ o ‘Espuela caliente’, el personaje al que se hace pronunciar la frase, fue descabezado, descuartizado y distribuido entre Londres, York, Newcastle, Bristol y Chester, para que el mayor número posible de ingleses pudiera comprobar el destino de quien se alza contra la integridad del reino, encarnada en su soberano?

 Pedro J. Ramírez

https://www.elespanol.com/opinion

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