La gula y otros vicios

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En la novela inacabada “Almas muertas” de Nikolai Gógol algo que sorprende es lo mucho que comen sus personajes. Uno de ellos se zampa un esturión entero. Ya sabemos que el escritor satírico muestra las debilidades humanas y una de ellas es la gula. Los personajes de Rabelais y Cervantes comen y beben o piensan en comer y beber. Eructos, borborigmos, flatulencias, vómitos, micciones y defecaciones. Si no recuerdo mal Vitelio, emperador de Roma (año 69), era un glotón tan tremendo que producía asco verle. Era capaz de comerse una vaca. A pesar de sus penosas súplicas lo mató la plebe de Roma y tiraron su cadáver a la Cloaca Máxima. En el cine “La gran comilona” de Marco Ferreri narra la historia de cuatro burgueses, hastiados de la vida y de sí mismos, nihilistas, que se reúnen en un palacete de París para comer hasta reventar. Esta película, como “Saló o los 120 días de Sodoma” de Pasolini no es apta para conciencias dignas. Ambas provocaron gran escándalo. Yo las considero altamente (o bajamente) morales, porque nos interpelan, nos sacuden, nos repugnan, son excesivas, intolerables. Nos ponen ante un espejo cuya imagen no soportamos. Y esto me trae a la memoria lo que escribió Baudelaire en “Mi corazón al desnudo”: “No comprendo cómo una mano pura puede tocar el periódico sin una convulsión de asco”. -“¿Dónde está la virtud? ¿No vivimos en la degradación?” se pregunta una conciencia sensible. Hace falta valor para mirar a la cara nuestra bajeza. “Sade, mi prójimo” tituló uno de sus libros Pierre Klossowski. Pasolini y Ferreri tuvieron el valor de mostrar (de forma exagerada y deliberadamente repugnante) lo que nos empeñamos en ocultar.

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Pintura de Sean Norvet

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